La oscuridad volvió a tragárselo todo.
Durante unos segundos no escuché absolutamente nada.
Ni respiraciones.
Ni pasos.
Ni el crepitar de las velas.
Solo mi propio corazón.
Golpeaba con tanta fuerza que parecía querer escapar de mi pecho.
—Arabella…
La voz de Alexander llegó desde algún lugar cercano.
Extendí las manos hasta encontrar las suyas.
Sus dedos se cerraron alrededor de los míos.
—Estoy aquí.
—¿La viste?
—No.
—Pero escuchaste su voz.
—Sí.
Tragué saliva.
—Me llamó hija.
Alexander apretó mi mano.
No dijo nada.
No hacía falta.
Los dos sabíamos lo que aquello significaba.
La mujer del vestido rojo.
La mujer del abanico negro.
La mujer que había estado relacionada con el incendio.
La madre de Alexander.
La mujer que supuestamente había muerto dieciséis años atrás.
Y ahora estaba allí.
En las profundidades de Ravenshire.
Esperándome.
Una luz volvió a encenderse.
La Marquesa sostenía una lámpara.
—No se ha ido —susurró.
—¿Cómo lo sabes? —pregunté.
—Porque esa mujer jamás se va cuando sabe que tiene una audiencia.
Edward soltó una pequeña risa.
—Eso suena como si la conocieras demasiado bien.
La Marquesa no respondió.
Adrian avanzó hasta el primer escalón.
—No bajaremos.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque quiere que lo hagamos.
—Entonces precisamente por eso debemos bajar.
Alexander negó.
—No.
Lo miré.
—¿No?
—No vamos a jugar según sus reglas.
—Ella tiene a Gabriel.
—No sabemos si realmente lo tiene.
—Ella misma lo dijo.
—Puede estar mintiendo.
—¿Y si no?
Alexander permaneció en silencio.
Me acerqué a él.
—Si existe una posibilidad de que mi hermano esté vivo y encerrado ahí abajo, voy a buscarlo.
—Y si es una trampa, estarás caminando directamente hacia ella.
—Toda mi vida he caminado hacia trampas.
—No esta vez.
Su voz era diferente.
Más dura.
Más desesperada.
—No voy a permitir que te pierda.
Sentí que algo se quebraba dentro de mí.
—Alexander…
—No.
Se acercó.
—No quiero otra promesa. No quiero otra estrategia. No quiero otra mentira. Quiero que salgas viva de esta casa.
—¿Y tú?
—Yo ya estoy perdido.
—No digas eso.
—Es la verdad.
Levanté la mano y toqué su rostro.
—No estás perdido.
Sus ojos grises encontraron los míos.
—Mientras tú sigas aquí —dije—, no lo estás.
Durante un instante, nadie habló.
Entonces Edward carraspeó.
—Si terminamos con la parte en la que todos olvidamos que estamos a punto de morir…
Adrian lo miró.
—Podrías guardar silencio.
—Podría.
Edward sonrió.
—Pero no quiero.
La tensión se rompió apenas.
Solo un instante.
Porque desde el fondo de la escalera llegó nuevamente aquella voz.
—Qué conmovedor.
La mujer.
Mi sangre se heló.
—¿Dónde está Gabriel? —grité.
Silencio.
—Respóndeme.
La voz respondió:
—¿Quieres verlo?
—Sí.
—Entonces baja.
Alexander me sujetó.
—No.
La voz volvió a hablar.
—Alexander…
Él levantó la cabeza.
—No pronuncies mi nombre.
—Sigues siendo igual que tu padre.
—No soy él.
—Todavía no.
Sentí que Alexander se tensaba.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
La mujer rió suavemente.
—Significa que todavía puedes elegir.
—¿Elegir qué?
—A quién amar.
Alexander me miró.
Mi corazón se detuvo.
—No vuelvas a hablar de ella —dijo.
—¿Por qué? ¿Porque temes que Arabella descubra la verdad?
—Ya conozco suficientes verdades.
—No.
La voz se hizo más fría.
—Solo conoces las que otros han querido contarte.
La lámpara comenzó a parpadear.
Y entonces la voz dijo:
—Baja, Arabella.
—No.
—Si no lo haces, Gabriel morirá antes del amanecer.
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Dónde está?
—Debajo de la capilla.
—¿En la sala del Consejo?
Silencio.
—Sí.
Adrian dio un paso.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Porque la sala está sellada.
La mujer rió.
—Para ustedes.
Miré a Adrian.
—¿Qué significa?
—Que alguien la abrió.
La Marquesa cerró los ojos.
—Entonces ya estamos perdidos.
No bajé sola.
Aunque la mujer lo había exigido.
No podía hacerlo.
No cuando había aprendido que en Ravenshire cada puerta podía ocultar una muerte.
Descendimos por la escalera.
Alexander delante de mí.
Edward detrás.
Adrian cubriendo la retaguardia.
La Marquesa y Lord Hawthorne nos seguían.
Mi madre permaneció arriba.
No quería exponerla.
Pero antes de comenzar el descenso, se acercó a mí.
Me tomó el rostro entre sus manos.
—Si algo sucede…
—No sucederá.
—Escúchame.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Si algo sucede, recuerda que te amé.
—Lo sé.
—Y que todo lo que hice…
—Fue para protegerme.
Ella cerró los ojos.
—Sí.
La abracé.
—También me mentiste.
—Lo sé.
—Algún día tendrás que contarme todo.
—Lo haré.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Me separé de ella.
Entonces vi a Alexander observándonos.
Sus ojos mostraban algo que nunca había visto antes.
Compasión.
Quizá porque comprendía lo que significaba despedirse sin saber si volveríamos a encontrarnos.
Tomé su mano.
Y bajamos.
La escalera parecía no terminar nunca.
Cada peldaño era de piedra.
El aire se volvía más frío.
Las paredes estaban húmedas.
A medida que descendíamos, las voces de arriba desaparecían.