El Duque Que Nunca DebiÓ Amarme

CAPÍTULO 39 EL SECRETO QUE ALEXANDER LLEVABA CONSIGO

Edward cayó entre mis brazos.

Sentí su peso desplomarse contra mí y, durante un instante, el mundo entero desapareció.

No escuché los gritos.

No escuché los pasos.

No escuché el silbato del tren.

Solo escuchaba mi propia respiración y aquellas últimas palabras que Edward había pronunciado.

La segunda página está dentro de la persona que más amas.

Miré a Alexander.

Él me estaba mirando.

Su rostro había perdido el color.

No por el disparo.

Por la frase.

—Alexander…

No respondió.

Edward seguía consciente, aunque apenas.

La sangre comenzaba a manchar su camisa.

—¡Necesitamos un médico! —grité.

Varias personas se acercaron.

Alexander se arrodilló junto a su hermano.

—Edward.

Los ojos de Edward se abrieron.

—No…

—¿Qué?

—No dejes que…

Su voz se apagó.

Alexander lo sostuvo.

—¿Que qué?

Edward volvió a mirarme.

—No confíes…

Tosió.

—…en lo que recuerdas.

Después perdió el conocimiento.

—¡Edward!

Alexander levantó la mirada.

—Tenemos que llevarlo a un médico.

Dos hombres de la estación se acercaron.

Entre los tres conseguimos llevarlo hasta una sala cercana.

Yo caminaba detrás.

Mis manos estaban cubiertas de sangre.

La suya.

La de un hombre que había aparecido varias veces en nuestra historia como muerto.

Y que ahora podía morir delante de mí.

El médico cerró la puerta.

Alexander y yo quedamos en el pasillo.

Durante unos minutos ninguno habló.

Yo observaba mis manos.

No podía dejar de pensar en la sangre.

En la fotografía.

En las tres niñas.

En Lucía.

En Victoria.

En Eleanor.

En Walter.

En Edmund.

En Richard.

Y en Alexander.

Especialmente en Alexander.

Finalmente él habló.

—No me mires así.

Levanté los ojos.

—¿Así cómo?

—Como si tuvieras miedo de mí.

No respondí.

Porque sí tenía miedo.

Pero no de él.

Tenía miedo de aquello que pudiera descubrir.

—Edward dijo que la segunda página está dentro de la persona que más amo.

Alexander respiró profundamente.

—Sí.

—Y tú eres la persona que más amo.

Sus ojos se encontraron con los míos.

—Lo sé.

—Entonces dime qué significa.

—No lo sé.

—¿Seguro?

Su mandíbula se tensó.

—Sí.

—Alexander…

—Arabella, no estoy ocultándote nada.

—Todos dicen eso.

La frase lo golpeó.

Lo vi en su expresión.

—No soy ellos.

—Lo sé.

—Entonces confía en mí.

Me acerqué.

—Quiero hacerlo.

—Hazlo.

—Pero necesito entender.

Alexander tomó mis manos.

—Yo también.

Me quedé observándolo.

Había algo en sus ojos.

Algo que no podía identificar.

—¿Qué recuerdas de aquella noche? —pregunté.

—¿El incendio?

Asentí.

—Tenías diez años.

—Sí.

—Tu padre estaba allí.

—Sí.

—Edward también.

—Sí.

—Y Adrian.

Alexander apartó la mirada.

—No estoy seguro.

—Pero Richard estaba allí.

—Sí.

—Y Eleanor.

—Sí.

—Y mi madre.

Alexander asintió.

—Sí.

—Entonces todos ellos saben lo que ocurrió.

—Probablemente.

—¿Y tú?

Alexander tardó demasiado en responder.

—Recuerdo algunas cosas.

—¿Cuáles?

—El humo.

—¿Qué más?

—A mi padre gritándome que no saliera de la habitación.

—¿Por qué?

—Porque había hombres buscando a alguien.

—¿A quién?

Alexander cerró los ojos.

—A ti.

Mi corazón dio un vuelco.

—Pero yo era una niña.

—Precisamente.

—¿Por qué me buscaban?

—Porque ya sabían que eras importante.

—¿Cómo?

—No lo sé.

Lo miré.

—¿Y la habitación azul?

Alexander tragó saliva.

—Recuerdo haber estado allí.

—¿Con quién?

Silencio.

—Alexander.

—Con mi padre.

—¿Y?

—Con otro hombre.

—¿Quién?

Alexander negó.

—No lo recuerdo.

—¿Cómo puedes no recordarlo?

—Porque después del incendio mi padre me prohibió hablar de esa noche.

—Eso no explica nada.

—Tenía diez años, Arabella.

Su voz se quebró.

—No sabía qué era verdad y qué no.

Me quedé en silencio.

Él tenía razón.

Habíamos estado intentando reconstruir una noche ocurrida dieciocho años atrás a través de recuerdos fragmentados de personas que habían vivido el horror.

Era posible que los recuerdos hubieran sido manipulados.

Era posible que algunos hubieran sido inventados.

Era posible que incluso nosotros hubiéramos sido víctimas de una historia diseñada por otros.

Pero había algo que no podía ignorar.

La frase de Edward.

Dentro de la persona que más amas.

—¿Qué llevas siempre contigo? —pregunté.

Alexander frunció el ceño.

—¿Qué?

—Algo que nunca te quitas.

Pensó.

—Mi reloj.

—¿Ese?

Señalé el reloj de bolsillo.

Alexander lo sacó.

Era antiguo.

De plata.

Con un pequeño grabado en la tapa.

Un escudo de Ravenshire.

—Mi padre me lo dio cuando cumplí dieciocho años.

—¿Nunca lo has abierto?

—Claro que sí.

—¿Estás seguro?

Me miró.

—Arabella.

—Ábrelo.

Alexander abrió el reloj.

Dentro estaba la esfera.

Las agujas.

Nada más.

Lo giró.

La tapa posterior se desprendió.

Nos quedamos inmóviles.

Había un compartimento.

Oculto.

Muy pequeño.

Y dentro…

Una lámina de papel doblada.

Mi respiración se detuvo.

Alexander palideció.

—No sabía que estaba ahí.

Tomé el papel.

No era la segunda página.

Era demasiado pequeño.

Lo abrí.




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