El Duque Que Nunca DebiÓ Amarme

CAPÍTULO 55 EL HOMBRE QUE ME ROBÓ DE LOS BRAZOS DE MI MADRE

—Yo fui quien te sacó de los brazos de tu verdadera madre la noche en que naciste.

No entendí las palabras.

Las escuché.

Las sentí.

Pero durante unos segundos fueron solamente sonidos flotando en aquel túnel oscuro.

Lord Hawthorne estaba frente a mí.

Vivo.

El hombre que durante dieciocho años había sido considerado muerto.

El hombre cuya ausencia había acompañado mi infancia como una herida silenciosa.

El hombre que había protegido mi nombre.

El hombre que había permitido que creciera creyendo que pertenecía a una familia que quizá nunca había sido la mía.

Y ahora acababa de decirme que él mismo me había separado de mi verdadera madre.

—¿Qué has dicho?

Mi voz salió tan baja que apenas pude reconocerla.

Lord Hawthorne levantó los ojos.

—Que fui yo.

Alexander se colocó a mi lado.

—Explícate.

Lord Hawthorne no lo miró.

Sus ojos permanecieron sobre mí.

—No quería que te llevaran.

—¿Quiénes?

Silencio.

—¿Quiénes querían llevarme?

Lord Hawthorne cerró los ojos.

—El Consejo.

Sentí que mi respiración se aceleraba.

—Siempre el Consejo.

Miré a Gabriel.

Luego a Edward.

Después a Alexander.

Todos parecían atrapados en la misma pesadilla.

—¿Y mi madre?

Lord Hawthorne bajó la cabeza.

—Estaba viva.

Sentí un golpe en el pecho.

—¿Dónde?

No respondió.

—¿Dónde estaba?

—En Ravensmere.

El nombre me produjo un escalofrío.

—Entonces Marianne…

—Marianne no era tu madre biológica.

La frase cayó como una piedra.

Aunque ya lo sospechaba.

Aunque ya había escuchado versiones.

Aunque mi vida entera se había convertido en una sucesión de verdades incompletas.

Escucharlo de labios de Lord Hawthorne era diferente.

—¿Quién era?

Él me miró.

—No puedo decirlo.

Me reí.

No porque encontrara aquello gracioso.

Sino porque ya no sabía qué otra cosa hacer.

—Claro.

Mi risa fue amarga.

—Por supuesto que no puedes.

Alexander me tomó la mano.

Yo la retiré.

No de él.

De todo.

De todos.

—Todos dicen que quieren protegerme.

Miré a Lord Hawthorne.

—Y todos me ocultan la verdad.

—Porque la verdad podía matarte.

—¡Pero sigo sin saber quién soy!

Mi voz rebotó contra las paredes del túnel.

Lord Hawthorne no respondió.

—¿Sabes lo que se siente? —continué—. ¿Sabes lo que se siente despertar cada mañana sin saber si tu nombre pertenece realmente a ti?

Él tragó saliva.

—Sí.

Aquella respuesta me sorprendió.

—¿Sí?

—Porque yo tampoco sé quién soy para ti.

Lo miré fijamente.

—Fuiste mi padre.

—No.

—Me criaste.

—Sí.

—Me protegiste.

—Sí.

—Entonces eras mi padre.

Sus ojos se humedecieron.

—Fui tu padre porque te amé.

Sentí un nudo en la garganta.

—Pero no eras mi padre de sangre.

—No.

—¿Quién era?

Lord Hawthorne cerró los ojos.

—No puedo decírtelo.

Retrocedí.

—Entonces no eres diferente de los demás.

—Arabella…

—¡No me llames así!

La palabra salió de mí con una fuerza que me sorprendió.

Todos guardaron silencio.

—No sé si soy Arabella.

Miré mis manos.

—No sé si soy Aurelia.

Luego miré a Lord Hawthorne.

—No sé quién es mi madre.

Mi voz se quebró.

—No sé quién es mi padre.

Respiré profundamente.

—Y ahora resulta que tampoco sé quién fue el hombre que me salvó.

Lord Hawthorne dio un paso hacia mí.

—Yo.

—No.

Lo detuve con una mirada.

—Ya no sé si puedo creerlo.

Aquellas palabras parecieron herirlo más que cualquier arma.

Gabriel fue el primero en hablar.

—No le cuentes solamente una parte.

Lord Hawthorne lo miró.

—Tú no tienes derecho.

—Tengo más derecho que nadie.

—Tú eras un niño.

—Tú también.

Lord Hawthorne apretó la mandíbula.

—No sabes lo que ocurrió.

Gabriel se acercó.

—Sé que ella fue separada de su madre.

—Para salvarla.

—Sé que la entregaste a Marianne.

—Porque Marianne podía protegerla.

—Sé que cambiaste su nombre.

—Para mantenerla viva.

—Sé que borraste los registros.

—Para impedir que la encontraran.

—Y sé que nunca le dijiste la verdad.

Lord Hawthorne quedó inmóvil.

—Porque si la hubiera sabido, habría muerto.

—¿Y ahora?

Gabriel miró hacia mí.

—Ahora ya no pueden ocultársela.

Lord Hawthorne respiró profundamente.

—Todavía no.

—¿Qué significa eso?

—Que todavía falta una parte.

Me acerqué.

—¿Cuál?

Lord Hawthorne me miró.

—La noche en que naciste.

Sentí un escalofrío.

—Cuéntamela.

Él negó.

—No aquí.

—¿Por qué?

—Porque nos están buscando.

Edward levantó el arma.

—¿Quién?

Lord Hawthorne miró hacia el túnel por donde habíamos venido.

—Los hombres que estaban en la biblioteca.

Alexander preguntó:

—¿Sabías que estaban allí?

Lord Hawthorne no respondió.

Alexander dio un paso hacia él.

—¿Los conocías?

—Sí.

—¿Quiénes eran?

—Guardias.

—¿De quién?

Lord Hawthorne guardó silencio.

Alexander insistió:

—¿De la Corona?

Lord Hawthorne levantó la mirada.

Y por primera vez pareció realmente aterrorizado.

—No pronuncies ese nombre aquí.

Aquello nos dejó helados.

Comenzamos a avanzar.

Lord Hawthorne iba delante.

Gabriel detrás de él.

Alexander caminaba junto a mí.

Edward cerraba la marcha.

Yo apenas podía pensar.

La frase se repetía en mi cabeza.

Yo fui quien te sacó de los brazos de tu verdadera madre.




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