El Duque Que Nunca DebiÓ Amarme

CAPÍTULO 33 LA FIRMA DE UN HOMBRE MUERTO

La palabra permaneció delante de mis ojos.

W.

Una sola letra.

Tan pequeña.

Tan insignificante a simple vista.

Y, sin embargo, acababa de convertirse en la cosa más aterradora que había visto en toda mi vida.

William.

El nombre apareció inmediatamente en mi mente.

William Ravenshire.

El padre de Alexander.

El hombre que todos habíamos creído muerto.

El hombre cuya presencia había sido utilizada para sembrar miedo y confusión.

El hombre que, según las últimas revelaciones, quizá nunca había regresado porque jamás había sido quien creíamos.

Miré a Alexander.

Su rostro había perdido el color.

—No puede ser —repitió.

Yo seguía sosteniendo el documento.

—Eleanor dice que no es la firma de William.

—Pero tiene su inicial.

—Precisamente.

Alexander tomó el papel.

Lo examinó.

—Esta tinta es reciente.

La Marquesa se acercó.

—¿Cómo lo sabes?

—Por el olor.

Todos la miramos.

Alexander pasó el pulgar sobre la tinta.

—Y porque la firma fue realizada después de que el documento fuera escrito.

—¿Qué significa?

—Que alguien añadió esa letra deliberadamente.

Sentí un escalofrío.

—Entonces querían que pensáramos en William.

Eleanor asintió.

—Sí.

—¿Para qué?

—Para que desconfiáramos de él.

—¿Y por qué?

Eleanor no respondió.

Miró a Edmund.

Él comprendió inmediatamente.

—Porque si todos creemos que William es el padre…

Se detuvo.

—¿Qué?

Edmund levantó los ojos.

—Entonces nadie buscará al verdadero.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿Quién es mi padre?

Silencio.

Miré a Eleanor.

—Me lo prometiste.

Ella cerró los ojos.

—No puedo decirte todavía.

—¡No!

Golpeé la mesa.

—¡Ya basta!

Todos quedaron inmóviles.

—He pasado veinticinco años viviendo una vida que no era la que creía. He descubierto que mi madre no era mi madre biológica. He descubierto que tengo un hermano que me fue ocultado. He descubierto que existe un Consejo que controla la sucesión. He visto regresar a muertos. He conocido hombres que aseguran ser quienes no son.

Miré a Eleanor.

—Y ahora me dices que tampoco sé quién es mi padre.

Mi voz se quebró.

—¿Qué más me falta descubrir?

Eleanor bajó la mirada.

—Todo.

La palabra me golpeó.

Todo.

Como si los últimos días no hubieran sido suficientes.

Como si cada secreto revelado hubiera sido solamente la puerta de entrada a otro.

Alexander se acercó.

—Eleanor, basta.

Ella lo miró.

—No puedo decirlo.

—¿Por qué?

—Porque si lo digo aquí, todos morirán.

—¿Quiénes?

—Los que todavía están vivos.

Richard apareció entonces en la entrada.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí.

Su rostro estaba serio.

—Ella tiene razón.

Alexander levantó el arma.

—¿Dónde estabas?

Richard ignoró la pregunta.

Miró a Eleanor.

—¿Se lo has dicho?

—No.

—Bien.

Me volví hacia él.

—¿Qué sabes?

—Más de lo que quisiera.

—Entonces habla.

Richard se acercó.

—La firma W no pertenece a William.

—¿A quién?

—A alguien cuyo nombre fue borrado de todos los registros.

—¿Lucien?

Richard negó.

—No.

—¿Entonces quién?

Richard me miró.

—Tu padre.

Sentí un escalofrío.

—¿Sabes quién es?

—Sí.

—Dímelo.

—No.

—¡¿Por qué?!

—Porque todavía no puedo demostrarlo.

—¡No necesito pruebas! ¡Necesito la verdad!

Richard dio un paso hacia mí.

—La verdad sin pruebas puede matarte.

—Ya me están matando las mentiras.

Richard bajó la mirada.

Por primera vez, no tuvo respuesta.

Alexander se colocó a mi lado.

—Hay algo que no entiendo.

Richard lo miró.

—¿Qué?

—Si sabes quién es el padre de Arabella, ¿por qué no lo dices?

—Porque está protegido.

—¿Por quién?

Richard guardó silencio.

Alexander insistió:

—¿Por el Consejo?

—Por alguien más poderoso.

La Marquesa frunció el ceño.

—No existe nadie más poderoso que el Consejo.

Richard la miró.

—Eso es lo que ellos quieren que crean.

Un silencio pesado cayó sobre la habitación.

—¿Quién está por encima del Consejo? —pregunté.

Richard respondió:

—La Corona.

Alexander se tensó.

—No metas a la Corona en esto.

—No estoy hablando de la Reina.

Richard señaló el libro.

—Estoy hablando de quienes protegen secretos en nombre de la Corona.

La Marquesa palideció.

—El Círculo Privado.

Richard asintió.

Yo no sabía qué significaba.

—¿Qué es eso?

Eleanor respondió:

—Una red de funcionarios, aristócratas y hombres de confianza que existe desde hace generaciones.

—¿Y qué tiene que ver conmigo?

—Todo.

La puerta de la cámara se cerró.

Richard colocó una silla junto a la mesa.

—Tenemos poco tiempo.

—¿Por qué?

—Porque alguien sabe que encontramos el registro.

—¿Quién?

—El octavo.

Sentí un escalofrío.

—¿Todavía no sabemos quién es?

Richard negó.

—No.

—Pero tú dijiste que sabías quién era mi padre.

—No son la misma persona.

—Entonces hay otra persona.

—Sí.

—¿Y quién es?

Richard me miró.

—Eso es lo que intenta descubrir el Consejo.

—¿Por qué?

—Porque si encuentran a tu padre, pueden utilizarlo para invalidarte.

—¿Cómo?

Richard señaló el registro.

—Tu derecho depende de tu nacimiento.

—Sí.

—Pero también de la identidad de tu padre.

—¿Por qué?

—Porque la sucesión original exige que ambos progenitores pertenezcan a la línea reconocida.




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