La lluvia no conseguía apagar el incendio.
Las llamas devoraban Ravensmere con una violencia casi imposible.
Yo permanecía inmóvil frente a la mansión, empapada de pies a cabeza, incapaz de apartar los ojos de las ventanas que ardían.
Detrás de una de ellas había estado mi madre.
Marianne.
Mi madre.
La mujer que me había criado.
La mujer que había mentido para protegerme.
La mujer que, según la marquesa, me había entregado.
La mujer que acababa de gritarme que no bajara al sótano.
Y debajo de aquella casa estaba el nombre que ahora dominaba todos mis pensamientos.
Alastair Ravenshire.
Mi supuesto abuelo.
Un hombre que todos creíamos muerto.
Un hombre cuya existencia podía cambiar absolutamente todo.
—Arabella.
Alexander estaba a mi lado.
No respondí.
—Arabella, tenemos que alejarnos.
—Mi madre está ahí.
—Lo sé.
—Está viva.
—Lo sé.
—Entonces debemos volver.
Alexander miró el edificio.
Una parte del techo acababa de desplomarse.
—Todavía no podemos.
—¿Por qué?
—Porque si entramos ahora, moriremos.
Me volví hacia él.
—¿Y si ella no puede salir?
Alexander no respondió.
Aquello me dolió.
—No puedo abandonarla.
—No la estamos abandonando.
—¡Está dentro!
—Y vamos a sacarla.
—¿Cuándo?
Alexander me tomó las manos.
—Cuando tengamos una forma segura de entrar.
Lo miré.
La lluvia corría por su rostro.
Su cabello estaba completamente mojado.
Su camisa se había manchado de hollín.
Y, aun así, seguía siendo el mismo hombre que había estado a mi lado desde el principio.
El hombre al que amaba.
El hombre en quien todavía quería confiar.
Pero ahora había una pregunta que no podía dejar de hacerme.
—Alexander.
—¿Sí?
—¿Tú recuerdas a Alastair?
Su expresión cambió.
—No.
—¿Nunca escuchaste ese nombre?
—Sí.
—¿Cuándo?
Alexander apartó la mirada.
—En los archivos de mi padre.
—¿Qué decían?
—Que había muerto antes de mi nacimiento.
—¿Y tú lo viste?
—No.
—¿Estás seguro?
Alexander me miró.
—Después de todo lo que hemos descubierto, ya no estoy seguro de nada.
Aquella respuesta me dolió.
Pero también era la única que podía aceptar.
Porque yo tampoco estaba segura de nada.
Richard se acercó.
Tenía una herida en la frente.
La sangre se mezclaba con la lluvia.
—Tenemos que irnos.
—No —dije.
—Arabella…
—Mi madre está allí.
Richard miró el incendio.
—Lo sé.
—Y hay alguien más.
—Alastair.
Asintió.
—Sí.
—¿Tú lo conocías?
Richard permaneció en silencio.
—Richard.
—No personalmente.
—¿Pero sabías que existía?
Tardó en responder.
—Sí.
Sentí un escalofrío.
—¿Desde cuándo?
—Desde que era niño.
—¿Qué te dijeron de él?
Richard miró a Alexander.
—Que era el fundador de la rama más antigua de los Ravenshire.
—¿Y murió?
—Eso decían.
—¿Lo viste muerto?
—No.
Mi corazón dio un vuelco.
—Entonces nunca supiste realmente que había muerto.
Richard negó.
—Nadie lo supo.
—¿Por qué lo declararon muerto?
Richard respiró profundamente.
—Porque necesitaban que desapareciera.
—¿Quiénes?
—El Consejo.
—¿Por qué?
—Porque Alastair sabía demasiado.
Gabriel se acercó.
—No solo sabía demasiado.
Richard lo miró.
—¿Qué?
Gabriel observó las llamas.
—Él creó las reglas que el Consejo terminó utilizando.
Sentí un escalofrío.
—Entonces el Consejo nació de mi familia.
—Sí —dijo Gabriel.
—Y mi familia terminó siendo víctima de él.
—También.
La marquesa apareció detrás de nosotros.
Estaba empapada.
Su vestido rojo había perdido todo su esplendor.
Por primera vez parecía simplemente una mujer agotada.
—No entienden —dijo.
Me volví.
—Entonces explícamelo.
Ella miró Ravensmere.
—Alastair no creó el Consejo para gobernar a los Ravenshire.
—¿Entonces?
—Lo creó para protegerlos.
—¿Protegerlos de quién?
La marquesa me miró.
—De las familias que querían destruirlos.
—¿Y qué salió mal?
—El poder.
La marquesa se acercó.
—Al principio había siete familias.
—Las siete familias del Consejo.
—Sí.
—¿Y los Ravenshire?
—Eran una de ellas.
—¿Cuál era el propósito?
—Mantener el equilibrio.
—¿Y después?
—Alastair descubrió que algunos miembros querían controlar la sucesión.
—¿La nuestra?
—La de todas las familias.
—¿Y qué hizo?
—Intentó abandonar el Consejo.
—¿Lo dejaron?
La marquesa soltó una risa amarga.
—No.
—¿Qué ocurrió?
—Lo declararon muerto.
—Y lo escondieron.
—Sí.
—¿Dónde?
La marquesa miró Ravensmere.
—Aquí.
Sentí un escalofrío.
—Entonces lleva décadas allí.
—Quizá.
—¿Cómo puede seguir vivo?
—No lo sé.
—¿Y Marianne?
La marquesa bajó la mirada.
—Marianne lo sabe.
Mi corazón se aceleró.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de conocerte.
—¿Por qué nunca me lo dijo?
—Porque Alastair le ordenó que no lo hiciera.
—¿Por qué?
La marquesa respondió:
—Porque tu nacimiento estaba relacionado con el regreso de Alastair.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué significa eso?
—Que tú no naciste por accidente.
Sentí un vacío en el pecho.
—¿Qué quieres decir?
La marquesa me sostuvo la mirada.
—Tu nacimiento fue el resultado de una decisión.
—¿De quién?
—De Alastair.
—¿Mi abuelo decidió que yo naciera?