El Duque Que Nunca DebiÓ Amarme

CAPÍTULO 41 EL HOMBRE QUE LLEVABA EL ROSTRO DE MI HERMANO

—No soy quien crees.

Las palabras de Gabriel quedaron suspendidas en el archivo.

No entendí.

O quizá no quise entender.

Lo miré fijamente.

Era él.

Tenía su rostro.

Sus ojos.

La cicatriz pequeña junto al mentón que recordaba desde que éramos niños.

La manera de inclinar ligeramente la cabeza cuando estaba nervioso.

La misma voz.

El mismo modo de pronunciar mi nombre.

Arabella.

Había pasado años imaginando el día en que volvería a encontrar a mi hermano.

Había imaginado abrazarlo.

Llorar.

Preguntarle dónde había estado.

Decirle que jamás lo había olvidado.

Pero ahora que estaba frente a mí, la única emoción que podía sentir era miedo.

—¿Qué quieres decir?

Gabriel bajó la mirada hacia la segunda página.

—Quiero decir que la persona que conociste como Gabriel no nació con ese nombre.

Sentí que el corazón me golpeaba.

—No.

—Arabella…

—No.

Retrocedí.

Alexander apareció inmediatamente a mi lado.

—Explícate.

Gabriel levantó los ojos.

—No puedo hacerlo aquí.

Richard se acercó.

—Ya es demasiado tarde.

Gabriel lo miró.

—Tú siempre dices eso.

—Porque siempre llegamos demasiado tarde.

—Esta vez no.

—¿Tienes la página?

Gabriel levantó el documento.

—Sí.

Richard respiró profundamente.

—Entonces léela.

Gabriel negó.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no está completa.

Sentí una punzada.

—¿Otra vez?

Miré a todos.

—¿Otra página perdida?

Gabriel me miró.

—No.

—Entonces ¿qué falta?

—El nombre.

—¿Qué nombre?

—El del hombre que firmó nuestro nacimiento.

Mi respiración se detuvo.

—¿Nuestro?

—Sí.

—¿El mío?

—El tuyo y el de las otras dos.

Victoria dio un paso hacia nosotros.

—Dámela.

Gabriel negó.

—No.

—¿Por qué?

—Porque tú tampoco estás preparada.

Victoria palideció.

—¿Qué significa eso?

Gabriel no respondió.

Yo extendí la mano.

—Dámela.

Gabriel me miró durante varios segundos.

Después caminó hacia mí.

Me entregó la página.

La tomé.

Era antigua.

Estaba quemada en los bordes.

Tenía una mancha oscura en el centro.

Y varias líneas habían sido raspadas deliberadamente.

Comencé a leer.

REGISTRO DE NACIMIENTO — NOCHE DE LA PRIMERA HEREDERA.

Debajo:

Tres niñas nacidas bajo la protección de Eleanor Vale.

Mi corazón se aceleró.

Primera: Arabella.

Segunda: Victoria.

Tercera: Helena.

Me quedé inmóvil.

Helena.

La mujer que había estado con nosotros.

La que decía ser hermana de Alexander.

La que acababa de desaparecer.

Miré alrededor.

—¿Dónde está Helena?

Nadie respondió.

—¿Dónde está?

Richard señaló la puerta.

—Se fue.

—¿Cuándo?

—Mientras Gabriel entraba.

—¿Por qué?

Richard me miró.

—Porque ella sabía lo que iba a suceder.

Continué leyendo.

Las tres deberán ser separadas.

Una permanecerá en Hawthorne.

Una será entregada a Ravenshire.

Una será borrada de los registros.

Mis manos comenzaron a temblar.

—Entonces Helena…

Victoria susurró:

—Era la tercera.

Levanté los ojos.

—¿Y por qué la borraron?

Gabriel respondió:

—Porque fue la única que heredó algo que las otras dos no.

—¿Qué?

—La memoria.

No entendí.

—¿La memoria?

—Recuerda lo que ocurrió la noche del incendio.

El silencio fue absoluto.

Alexander se acercó.

—¿Qué recuerda?

Gabriel miró la puerta.

—Quién provocó el fuego.

Mi corazón se detuvo.

—¿Quién?

Gabriel no respondió.

—Dímelo.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque si te lo digo, tendrás que decidir si crees a tu corazón o a tus recuerdos.

No entendí.

—Explícate.

Gabriel miró a Alexander.

—Él estuvo allí.

Alexander palideció.

—Lo sé.

—No.

Gabriel negó.

—No sabes quién más estaba contigo.

Alexander frunció el ceño.

—¿Qué estás insinuando?

Gabriel se acercó.

—Que cuando eras niño viste a tu padre.

—Sí.

—Pero no viste a tu padre.

Alexander quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Viste a un hombre usando su rostro.

Sentí un escalofrío.

—Otra identidad falsa.

Gabriel asintió.

—El Consejo hacía eso.

Richard cerró los ojos.

—No solo el Consejo.

Todos lo miramos.

—¿Qué quieres decir? —pregunté.

Richard tardó en responder.

—Había una persona dentro de Ravenshire que podía entrar y salir sin ser registrada.

—¿Quién?

—Un familiar.

Alexander frunció el ceño.

—¿Quién?

Richard lo miró.

—Tu madre.

Alexander retrocedió.

—Mi madre murió.

—No.

—La enterramos.

—Enterraron a otra mujer.

El silencio fue aterrador.

—Entonces ¿dónde está mi madre? —preguntó Alexander.

Richard no respondió.

Gabriel sí.

—Murió en el incendio.

Alexander quedó inmóvil.

—¿Entonces quién fue enterrada?

Gabriel miró a Richard.

—La mujer que el Consejo necesitaba que pareciera ella.

Alexander cerró los ojos.

—Dios mío.

Me acerqué a él.

—Alexander…

Él tomó mi mano.

—Estoy bien.

No lo estaba.

Podía verlo.

Toda su vida parecía estar desmoronándose delante de él.

Su padre.

Su madre.

Sus hermanos.

Su apellido.

Y ahora incluso la tumba que había visitado durante años podía pertenecer a otra persona.




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