Durante un instante, nadie respiró.
Ni siquiera yo.
Mi madre estaba frente a mí.
Marianne.
La mujer que había sido mi refugio cuando era niña.
La mujer cuya voz había escuchado tantas noches cuando las tormentas golpeaban las ventanas de Hawthorne Manor.
La mujer que había peinado mi cabello, elegido mis vestidos, corregido mis modales y besado mi frente cuando yo tenía miedo.
La mujer que había llorado conmigo cuando creí que mi vida estaba perdida.
La mujer que había jurado protegerme.
Y ahora sostenía una pistola.
Apuntándome.
No podía apartar los ojos de ella.
—Mamá…
La palabra salió de mis labios como un susurro.
Marianne cerró los ojos.
Durante un instante pareció quebrarse.
Pero volvió a abrirlos.
Y aquella mirada ya no era la de mi madre.
Era la mirada de una mujer que llevaba demasiado tiempo sosteniendo un secreto.
—Arabella —dijo.
Su voz temblaba.
—Baja el arma —ordenó Alexander.
Marianne lo miró.
—No interfieras.
—Estás apuntando a mi futura esposa.
—No.
La respuesta fue inmediata.
—Estoy apuntando a mi hija.
Sentí un escalofrío.
—Entonces baja el arma.
Marianne negó lentamente.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque si lo hago, morirás.
Alexander dio un paso.
—¿Quién te obligó?
Marianne lo miró.
—Nadie.
—Mientes.
—No.
—Entonces dispara.
La voz de Alexander era fría.
Demasiado fría.
—Si realmente quieres matarla, hazlo.
Sentí que el corazón se me detenía.
—Alexander…
Él no apartó la mirada de mi madre.
—Pero si la quieres salvar, baja el arma y dime quién está detrás de ti.
Marianne permaneció inmóvil.
Su dedo temblaba sobre el gatillo.
Entonces escuchamos un ruido.
Un movimiento detrás de nosotros.
Edmund.
Intentaba ponerse de pie.
—Marianne…
Ella se giró.
Cuando sus ojos se encontraron con los de él, algo se rompió en su expresión.
—Edmund.
Él dio un paso.
—¿Cuánto tiempo?
Marianne tragó saliva.
—Demasiado.
—¿Por qué has venido?
—Por ella.
Edmund miró hacia mí.
—No.
Marianne negó.
—Por ella.
Y entonces comprendí.
No había venido para matarme.
Había venido porque algo estaba a punto de ocurrir.
Algo que ni siquiera mi madre podía detener.
—Mamá —dije—, si realmente quieres protegerme, dime la verdad.
Marianne me miró.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—La verdad no te salvará.
—Pero las mentiras casi me mataron.
No respondió.
—Durante toda mi vida me dijeron que mi padre había muerto.
Silencio.
—Luego descubrí que estaba vivo.
Miré a Edmund.
—Me dijeron que era hija de Edmund.
—Lo eres —respondió mi madre.
—Después descubrí que Gabriel existía.
—Sí.
—Luego aparecieron Edward y Adrian.
—Sí.
—Después William.
Marianne cerró los ojos.
—Y ahora Richard.
Su rostro palideció.
—No deberías saber ese nombre.
—Ya lo sé.
—Entonces sabes demasiado.
—No.
Sentí las lágrimas recorrer mis mejillas.
—Todavía no sé nada.
Marianne bajó lentamente el arma.
Alexander no se movió.
Yo tampoco.
—Dime por qué me apuntabas.
Mi madre miró la pistola.
—Porque necesitaba que ellos creyeran que estaba dispuesta a hacerlo.
—¿Ellos?
—El Consejo.
—¿Dónde están?
Marianne miró hacia la puerta.
—Aquí.
El silencio se hizo absoluto.
—¿Qué?
—Nunca estuvimos solos.
Alexander levantó inmediatamente el arma.
La Marquesa se acercó a la entrada.
—Tiene razón.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque escucho pasos.
Todos quedamos inmóviles.
Y entonces comenzaron.
Pasos.
Lentos.
Muchos.
Subiendo por el pasadizo.
Edmund cerró los ojos.
—Han llegado.
—¿Quiénes? —pregunté.
Mi madre respondió:
—Los siete.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
—Pero algunos están muertos.
Marianne me miró.
—Eso es lo que quieren que creas.
La misma frase.
Otra vez.
Los muertos.
Los vivos.
Los nombres falsos.
Los documentos falsificados.
Las identidades cambiadas.
Todo parecía formar parte de una red imposible de desenredar.
Alexander se acercó a mí.
—Arabella, tenemos que salir.
—No.
—¿Qué?
—Mi padre está aquí.
Edmund intentó levantarse.
—No puedo correr.
—Entonces nadie correrá.
Alexander me miró.
—¿Qué estás pensando?
Miré a mi madre.
—Quiero conocer al Consejo.
Marianne abrió los ojos.
—No.
—Sí.
—Arabella, no sabes lo que estás diciendo.
—Por primera vez en mi vida sé exactamente lo que estoy diciendo.
Me acerqué a ella.
—Estoy cansada de huir.
Marianne bajó la mirada.
—Ellos no negocian.
—Yo tampoco.
La Marquesa sonrió ligeramente.
—Ahora sí parece una Ravenshire.
Alexander me tomó de la mano.
—Entonces no estarás sola.
Apreté sus dedos.
—Lo sé.
Los pasos se detuvieron.
Silencio.
Después, una voz masculina habló desde el corredor.
—Lady Arabella.
No reconocí la voz.
—Ha llegado el momento.
Alexander levantó el arma.
—Da un paso más y disparo.
Una risa respondió.
—Siempre tan previsible, duque.
La Marquesa se acercó a la puerta.
—¿Quién eres?
—Uno de los que ustedes han estado buscando.
—Da tu nombre.
—Los nombres cambian.
Marianne se estremeció.
—No.
La voz continuó:
—Pero las órdenes permanecen.
Edmund levantó la cabeza.
—¿Richard?
Silencio.