El Duque Que Nunca DebiÓ Amarme

CAPÍTULO 18 LOS SOBREVIVIENTES DEL INCENDIO

La puerta se cerró detrás de mí.

El sonido de la cerradura al encajar resonó en la estancia como un disparo.

Durante unos segundos nadie habló.

Yo tampoco.

Permanecí inmóvil en el centro de aquella habitación secreta, con el corazón golpeándome las costillas y la respiración entrecortada. Frente a mí estaban las personas que, de una manera u otra, habían quedado unidas para siempre por aquella noche que había destruido nuestras vidas dieciocho años atrás.

La Marquesa de Ashford.

Edward.

Adrian.

Lord Hawthorne.

Y Alexander.

Mi Alexander.

Aunque en aquel instante ni siquiera sabía si tenía derecho a pronunciar ese nombre dentro de mi corazón.

Lo miré.

Estaba herido.

Su chaqueta negra presentaba una rasgadura a la altura del hombro y una mancha oscura se extendía por la tela. Tenía el rostro pálido, pero sus ojos grises conservaban aquella intensidad que tantas veces me había hecho olvidar dónde estaba.

Di un paso hacia él.

—Alexander…

Él levantó una mano.

No para detenerme.

Para pedirme paciencia.

Aquello me dolió más de lo que esperaba.

—Estoy bien —dijo.

—Estás sangrando.

—No es la primera vez.

—Eso no significa que debas acostumbrarte.

Una sonrisa casi imperceptible apareció en sus labios.

Fue tan pequeña que quizá cualquier otra persona no la habría advertido.

Yo sí.

Porque conocía aquella sonrisa.

Era la misma que aparecía cuando intentaba ocultar que algo le importaba.

Y en ese momento comprendí algo terrible.

A pesar de todo lo que había sucedido…

A pesar de las mentiras.

A pesar de los secretos.

A pesar de las voces que me habían dicho que no confiara en él…

Yo seguía queriéndolo.

Quizá más que antes.

Y aquello me convertía en una mujer mucho más vulnerable de lo que estaba dispuesta a admitir.

—Tenemos poco tiempo —intervino la Marquesa.

La miré.

Nunca había visto su rostro tan serio.

No llevaba el abanico negro que tantas veces había utilizado como una extensión de su personalidad. Sus manos estaban desnudas y sus dedos temblaban ligeramente.

Aquello me inquietó.

La Marquesa de Ashford no era una mujer que temblara.

—¿Quién nos está buscando? —pregunté.

Nadie respondió inmediatamente.

Fue Edward quien finalmente habló.

—El Consejo.

—¿Todos?

—Los siete.

Adrian soltó una breve risa amarga.

—No todos están vivos.

Edward lo miró.

—Pero los que quedan tienen suficiente poder para hacer que parezca que los muertos siguen dando órdenes.

Sentí un escalofrío.

—¿Y qué quieren de mí?

Esta vez fue Lord Hawthorne quien respondió.

—Lo que siempre quisieron.

Me volví hacia él.

—¿Mi sangre?

—Tu firma.

No entendí.

—¿Mi firma?

Lord Hawthorne se acercó lentamente hasta una mesa de madera oscura que estaba contra la pared. Sobre ella había varios documentos, algunos amarillentos por el tiempo y otros aparentemente recientes.

—Tu sangre te convierte en heredera de algo que ellos no pueden reclamar legítimamente.

—¿Qué cosa?

Lord Hawthorne levantó la mirada.

—El derecho de sucesión.

Sentí que el aire se volvía pesado.

—Pensé que ya lo habíamos hablado.

—Hablamos de una parte.

—Entonces dígame la verdad completa.

Mi voz salió más firme de lo que me sentía.

Lord Hawthorne bajó los ojos.

—Todavía no puedo.

—¡Basta!

Mi grito hizo que todos se quedaran inmóviles.

Yo misma me sorprendí.

Pero ya no estaba dispuesta a seguir aceptando medias verdades.

Había vivido veinticinco años creyendo que mi vida era una cosa y había descubierto que era otra.

Había creído que tenía un padre y descubrí que tenía dos hombres que habían ejercido ese lugar de formas diferentes.

Había creído que Alexander era simplemente el hombre con quien debía casarme.

Descubrí que era el hombre al que amaba.

Había creído que Edward estaba muerto.

Había aparecido vivo.

Había creído que existía un solo heredero.

Había descubierto a Adrian.

Había creído que Lord Hawthorne había muerto.

Estaba frente a mí.

Había creído que Edmund Ravenshire estaba muerto.

Lo había encontrado prisionero bajo una capilla.

Y ahora todos ellos estaban reunidos.

Todos unidos por un incendio.

El incendio que había comenzado antes de que yo naciera.

—Quiero saberlo todo —dije—. Esta vez no aceptaré otra respuesta incompleta.

El silencio fue absoluto.

Entonces Alexander se acercó.

—Tienes razón.

Lo miré.

—¿Tú también lo crees?

—Sí.

—¿Incluso si la verdad puede destruirnos?

Sus ojos encontraron los míos.

—Especialmente por eso.

Sentí un nudo en la garganta.

Durante unos segundos solamente nos miramos.

Todo lo demás pareció desaparecer.

La habitación.

Los documentos.

Los hermanos.

La Marquesa.

Mi pasado.

Solo existíamos él y yo.

Hasta que Adrian habló.

—Hay algo que debe saber antes de continuar.

Me aparté lentamente de Alexander.

Adrian estaba de pie junto a una ventana estrecha cubierta por una gruesa cortina.

La luz de la luna dibujaba parcialmente su rostro.

Era perturbador verlo.

Porque su parecido con Alexander era extraordinario.

La misma estructura del rostro.

Los mismos ojos grises.

La misma manera de permanecer erguido.

Pero había algo diferente.

Alexander llevaba sus cicatrices por dentro.

Adrian parecía llevarlas por fuera.

La cicatriz sobre su ceja derecha era apenas visible bajo la luz plateada.

—¿Qué cosa? —pregunté.

Adrian tomó un sobre.

—Esto fue encontrado en la antigua ala oeste.

Alexander frunció el ceño.




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