El Duque Que Nunca DebiÓ Amarme

CAPÍTULO 48 EL HOMBRE QUE ME LLAMÓ HIJA

—Hola, hija.

No sé cuánto tiempo permanecí mirándolo.

Quizá fueron unos segundos.

Quizá una eternidad.

Pero recuerdo perfectamente la sensación que recorrió mi cuerpo.

Primero fue frío.

Después vacío.

Y finalmente una especie de dolor que comenzó en el pecho y terminó en las manos.

Porque conocía aquella voz.

La había escuchado antes.

Muchas veces.

En momentos en los que necesitaba creer que todavía existía algo seguro en mi vida.

Era una voz que había pertenecido a mis recuerdos más antiguos.

A las pocas certezas que me quedaban.

—No… —susurré.

El hombre permaneció junto a la puerta.

No llevaba máscara.

No intentaba esconderse.

Y eso era precisamente lo que más me aterraba.

Lo conocía.

Lo había visto en mi infancia.

Había escuchado historias sobre él.

Había llorado su supuesta muerte.

Y durante años había creído que su ausencia era una de las tragedias que formaban parte de mi familia.

—No puede ser —dije.

Alexander se colocó delante de mí.

—No te acerques.

El hombre lo miró.

—Siempre igual, Alexander.

Mi corazón se aceleró.

No.

No podía ser.

—Papá…

La palabra salió de mis labios sin que pudiera evitarlo.

El hombre bajó la mirada.

—Sí, Arabella.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

—¿Eres tú?

Él asintió.

—Soy yo.

Lord Hawthorne.

Mi padre.

El hombre que todos habíamos creído muerto durante dieciocho años.

El hombre que había regresado a mi vida cuando yo ya había dejado de esperar respuestas.

El hombre que había jurado protegerme.

Pero algo no encajaba.

Porque en aquella habitación nadie parecía sorprendido.

Ni Richard.

Ni Henry.

Ni Lucian.

Ni Gabriel.

Ni siquiera Marianne.

Solo Alexander.

Y yo.

—¿Cómo…?

No pude terminar.

Lord Hawthorne dio un paso hacia mí.

Alexander levantó inmediatamente el arma.

—Un paso más y disparo.

Mi padre se detuvo.

—No vas a hacerlo.

—No me pongas a prueba.

—No es necesario.

Lord Hawthorne miró a Alexander.

—Porque sé cuánto la amas.

Alexander apretó la mandíbula.

—No sabes nada de mí.

Mi padre sonrió tristemente.

—Sé más de lo que imaginas.

Entonces me miró.

—Y sé cuánto has sufrido por mi culpa.

Sentí que las lágrimas comenzaban a caer.

—¿Por tu culpa?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque te mentí.

La habitación quedó en silencio.

—¿Sobre qué?

Mi padre respiró profundamente.

—Sobre todo.

Me aparté de Alexander.

No porque dejara de confiar en él.

Sino porque necesitaba mirar a aquel hombre.

Necesitaba verlo.

De verdad.

Durante años había imaginado cómo sería volver a encontrarlo.

Había pensado que correría hacia él.

Que lo abrazaría.

Que lloraría sobre su hombro.

Que le preguntaría por qué nos había dejado.

Pero la realidad era distinta.

Ahora que lo tenía delante, no podía acercarme.

Porque había demasiadas preguntas entre nosotros.

—Dijiste que estabas muerto.

—Lo sé.

—Todos lo creían.

—Era necesario.

—¿Para qué?

—Para que tú sobrevivieras.

Sentí rabia.

—Todos dicen lo mismo.

Mi voz se quebró.

—Todos dicen que hicieron cosas horribles para salvarme.

Lo miré directamente.

—¿Sabes qué significa eso para mí?

No respondió.

—Significa que nunca pude decidir nada.

Di un paso hacia él.

—Todos decidieron por mí.

Otro.

—Mi nombre.

Otro.

—Mi familia.

Otro.

—Dónde vivir.

—A quién conocer.

—A quién olvidar.

—A quién amar.

Miré a Alexander.

Él permanecía inmóvil.

—Incluso intentaron decidir a quién debía amar.

Mi padre bajó la cabeza.

—Nunca quise eso.

—Pero lo permitiste.

Silencio.

—¿Verdad?

Él no respondió.

Y su silencio fue suficiente.

—¿Quién soy?

Mi padre levantó la mirada.

—Eres mi hija.

—Eso ya no me basta.

Se quedó inmóvil.

—Necesito saber quién soy realmente.

—Arabella…

—¿Ese es mi nombre?

No respondió.

—¿O Aurelia?

Silencio.

—¿O ninguno de los dos?

Mi padre cerró los ojos.

—Tu nombre al nacer fue Aurelia.

Sentí un estremecimiento.

—Entonces Gabriel decía la verdad.

—En parte.

—¿En parte?

—Aurelia fue el nombre que te registraron.

—¿Y por qué?

—Porque era el nombre que debía ocultar tu verdadera identidad.

—¿Cuál?

Mi padre me miró.

—Ravenshire.

El mundo pareció detenerse.

—¿Soy una Ravenshire?

—Sí.

Richard se movió.

—Eso no puede ser.

Mi padre lo miró.

—Tú sabes que sí.

—No.

—Lo sabes.

Richard negó.

—No puedes ser ella.

Mi padre frunció el ceño.

—¿Por qué?

Richard me miró.

—Porque si ella es quien dices…

Se interrumpió.

—¿Qué?

Richard tragó saliva.

—Entonces cambia toda la sucesión.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué sucesión?

Mi padre no respondió.

Richard sí.

—La del ducado.

Miré a Alexander.

Él estaba tan sorprendido como yo.

—¿Qué tiene que ver Arabella con el ducado? —preguntó.

Richard respondió:

—Más de lo que imaginamos.

Mi padre se acercó a una mesa.

Tomó un documento.

Era viejo.

Tenía varios sellos.

Y una cinta roja.

—Este es el documento original.

Me acerqué.

—¿Original de qué?

—De tu nacimiento.

Mi corazón latió con fuerza.

Extendió el papel.

Lo miré.

La tinta estaba descolorida.

Pero podía leerse.

Aurelia Ravenshire.




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