El Duque Que Nunca DebiÓ Amarme

CAPÍTULO 42 EL HOMBRE QUE LLEVABA EL TÍTULO DE MI AMADO

—Y yo soy el verdadero Alexander Ravenshire.

No supe qué hacer.

No pude gritar.

No pude correr.

Ni siquiera pude respirar.

Miré al hombre que estaba frente a nosotros.

Después miré al hombre que estaba a mi lado.

Dos rostros.

Dos pares de ojos grises.

Dos voces casi idénticas.

Dos hombres que podían ser hermanos.

O enemigos.

O impostores.

O dos piezas de una mentira que llevaba dieciocho años preparándose.

Sentí que Alexander apretaba mi mano.

El hombre de la puerta sonrió.

—Ahora entiendes por qué nadie debía encontrarte antes de tiempo.

Richard levantó su arma.

—Da un paso más y disparo.

El desconocido no pareció impresionado.

—Sigues siendo igual, Richard.

Richard palideció.

—¿Quién eres?

El hombre sonrió.

—Acabas de escuchar mi nombre.

—Eso no demuestra nada.

—No.

Miró a Alexander.

—Pero él sí puede demostrarlo.

Alexander permaneció inmóvil.

—No te conozco.

El desconocido soltó una pequeña risa.

—Eso es precisamente lo que te hicieron creer.

Sentí un frío profundo.

—¿Qué quieres de mí?

El hombre volvió sus ojos hacia mí.

—Que recuerdes.

—¿Qué?

—La noche en que nos conocimos.

Fruncí el ceño.

—Nunca te he visto.

—Sí.

Negó lentamente.

—Me viste cuando tenías siete años.

Mi corazón se aceleró.

Yo no recordaba aquello.

Pero algo dentro de mí reaccionó.

Un jardín.

Una fuente.

Un niño.

Una mano pequeña.

Una voz.

No tengas miedo.

Cerré los ojos.

Una imagen apareció en mi mente.

Un niño de cabello oscuro.

Sus ojos eran grises.

Estaba escondido detrás de un árbol.

Yo llevaba un vestido blanco.

Él me sonreía.

Después alguien gritaba mi nombre.

La imagen desapareció.

Abrí los ojos.

El hombre estaba observándome.

—Lo recuerdas.

—No.

—Sí.

—No sé quién eras.

—Tu amigo.

Miré a Alexander.

Él también parecía desconcertado.

—¿Cómo se llamaba? —pregunté.

El hombre respondió:

—Alexander.

Sentí un escalofrío.

—Entonces tú…

—Sí.

Señaló al hombre que estaba junto a mí.

—Él tomó mi lugar.

Alexander avanzó.

—Eso es mentira.

—¿Seguro?

—Sí.

—Entonces dime dónde estabas la noche del incendio.

Alexander se quedó inmóvil.

El desconocido sonrió.

—Exactamente.

Richard bajó ligeramente el arma.

—Basta.

—No.

El desconocido lo miró.

—Ha llegado demasiado lejos.

—¿Quién te envió?

—Nadie.

—Mientes.

—No.

—Entonces ¿por qué estás aquí?

El hombre respondió:

—Porque el verdadero heredero debe reclamar lo que le pertenece.

Miré a Alexander.

—¿Eres realmente el duque?

Él me observó.

No respondió inmediatamente.

Y ese silencio me dolió más que cualquier palabra.

—Alexander.

Finalmente dijo:

—No lo sé.

El desconocido sonrió.

—Por fin.

Sentí que el mundo se inclinaba.

—¿Qué significa eso?

Alexander cerró los ojos.

—Significa que hay recuerdos que no puedo explicar.

—¿Cuáles?

—La noche del incendio.

—¿Qué recuerdas?

—A mi padre.

—¿Qué más?

—A Edward.

—¿Y a mí?

Alexander me miró.

—No.

Sentí un vacío.

—¿No me recuerdas?

—Recuerdo haberte conocido.

—¿Dónde?

—En Ravenshire.

—¿Qué edad tenía?

—No lo sé.

El desconocido intervino:

—Siete años.

Alexander lo miró.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque yo estaba allí.

Silencio.

—¿Quién te acompañaba? —preguntó Richard.

El hombre respondió:

—Nuestra madre.

Alexander dio un paso atrás.

—Mi madre murió.

—No esa noche.

—¿Entonces cuándo?

—Tres años después.

El rostro de Alexander cambió.

—Eso no puede ser.

—Porque enterraste a otra mujer.

Alexander permaneció inmóvil.

Yo tomé su mano.

—No tienes que responder ahora.

Me miró.

—Sí tengo.

El desconocido sonrió.

—Siempre fue igual.

—¿Qué quieres decir?

—Siempre quisiste protegerla.

Sentí un escalofrío.

—¿A mí?

—Sí.

—¿Por qué?

El hombre me miró.

—Porque nuestro padre lo ordenó.

La frase cayó como una piedra.

—¿William?

Asintió.

—William Ravenshire.

—¿Por qué quería protegerme?

—Porque sabía que algún día serías la heredera.

—¿De qué?

—De todo lo que ellos intentaron destruir.

Richard cerró las cortinas.

—Tenemos que irnos.

—No —dije.

Todos me miraron.

—No voy a seguir huyendo.

—Arabella…

—No.

Miré al desconocido.

—Si dices ser Alexander, demuéstralo.

Él sonrió.

—¿Cómo?

—Dime algo que solo Alexander podría saber.

—¿Qué quieres saber?

Pensé.

No quería preguntarle sobre documentos.

Ni sobre el Consejo.

Ni sobre el incendio.

Quería algo íntimo.

Algo que no pudiera encontrarse en un archivo.

Miré al hombre que amaba.

—¿Cuál fue la primera cosa que me dijiste?

Alexander frunció el ceño.

—No lo recuerdo.

El desconocido respondió:

—Que no debías llorar.

Sentí un estremecimiento.

—¿Por qué?

—Porque si llorabas, alguien vendría a buscarte.

—¿Quién?

—Tu madre.

Miré a Alexander.

—¿Es cierto?

Él permaneció en silencio.

El desconocido continuó:

—Estabas escondida debajo de una mesa.

Mi respiración se detuvo.

Una imagen volvió a mi mente.

Yo.

Una mesa.

Un vestido.

Un niño.

La mano de alguien.

Y una mujer gritando.




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