El Duque Que Nunca DebiÓ Amarme

CAPÍTULO 40 EL HIJO QUE NUNCA DEBIÓ EXISTIR

La fotografía temblaba entre mis dedos.

No porque el carruaje se moviera.

No por el frío.

No por la lluvia que golpeaba los cristales.

Temblaba porque el rostro de aquel niño parecía perseguirme desde algún lugar que no podía recordar.

Tenía aproximadamente diez años.

El cabello oscuro.

Los ojos grises.

La mandíbula marcada.

Y aquella pequeña cicatriz junto a la ceja.

La misma que yo tenía.

La misma que había visto en mi rostro desde niña.

La misma que había aparecido en fotografías de mi infancia.

Pero había algo imposible.

Algo que no podía aceptar.

Debajo de la fotografía estaba escrito:

EL HIJO QUE NUNCA DEBIÓ EXISTIR.

Miré a Victoria.

—¿Quién es?

Ella no respondió.

Miré a Alexander.

Él parecía completamente paralizado.

—Alexander.

No contestó.

—¿Quién es ese niño?

Finalmente levantó los ojos.

—No lo sé.

Richard, sentado frente a nosotros, soltó una respiración pesada.

—Sí lo sabes.

Alexander giró hacia él.

—No.

—Lo viste.

—Era un niño.

—Precisamente.

—¿Qué quieres decir?

Richard cerró los ojos.

—Que tú eras demasiado pequeño para recordar.

Mi corazón golpeaba con fuerza.

—¿Dónde fue tomada esta fotografía?

Richard miró la imagen.

—En Ravenshire.

—¿Cuándo?

—El verano anterior al incendio.

Sentí un escalofrío.

—Entonces ese niño estaba allí.

—Sí.

—¿Y quién es?

Richard no respondió.

Victoria intervino.

—Su nombre era Nicholas.

El nombre quedó flotando en el aire.

Nicholas.

No Adrian.

No Edward.

No Alexander.

Otro hijo.

Otro secreto.

Otro niño borrado de la historia.

—¿Nicholas Ravenshire? —pregunté.

Victoria negó.

—No llevaba ese apellido.

—¿Cuál?

—Vale.

Miré nuevamente la fotografía.

—Entonces era hijo de Eleanor.

Victoria asintió.

—Eso es lo que dicen los registros.

—¿Y William?

Victoria permaneció callada.

Richard respondió:

—William sabía de él.

Alexander cerró los ojos.

—Mi padre me habló una vez de un niño.

Lo miré.

—¿Qué niño?

—Me dijo que jamás debía pronunciar su nombre.

—¿Nicholas?

Alexander negó.

—No recuerdo el nombre.

—¿Pero lo conociste?

—Creo que sí.

—¿Dónde?

—En la habitación azul.

Mi corazón volvió a acelerarse.

Otra vez aquella habitación.

Todo parecía regresar a ella.

El incendio.

Las tres niñas.

Eleanor.

Edmund.

William.

Los documentos.

Y ahora Nicholas.

—¿Qué hacía allí? —pregunté.

Alexander me miró.

—Lloraba.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—¿Quién estaba con él?

Alexander cerró los ojos.

—Una mujer.

—¿Eleanor?

—No.

Mi respiración se detuvo.

—¿Quién?

Alexander negó lentamente.

—No recuerdo su rostro.

Richard murmuró:

—Porque no debías recordarlo.

—¿Qué significa eso?

—Que alguien se encargó de que olvidaras.

Sentí un escalofrío.

—¿Cómo?

Richard no respondió.

—¿Cómo hicieron que olvidara?

—Te hicieron beber algo.

Alexander levantó la mirada.

—¿Qué?

Richard lo observó.

—Después del incendio, William ordenó que te llevaran a Londres.

—Eso es falso.

—No.

—Mi padre me llevó a Ravenshire.

—Eso fue después.

Alexander se quedó inmóvil.

—¿Entonces qué pasó antes?

Richard respiró profundamente.

—Te encontraron inconsciente.

—¿Dónde?

—En la habitación azul.

—¿Con quién?

Richard me miró.

—Con Nicholas.

Sentí que el mundo se detenía.

—¿Y qué ocurrió con él?

Richard bajó la mirada.

—Desapareció.

—¿Murió?

—Eso fue lo que registraron.

—Pero no murió.

Richard negó.

—No lo sé.

Victoria tomó la fotografía.

—Yo sé algo.

Todos la miramos.

—¿Qué?

—Nicholas tenía un hermano.

Alexander se incorporó.

—¿Otro?

Victoria asintió.

—Sí.

—¿Quién?

Victoria me miró.

—Gabriel.

El nombre de mi hermano cayó como una piedra.

—No.

Victoria continuó:

—No digo que Nicholas y Gabriel fueran la misma persona.

—Entonces ¿qué quieres decir?

—Que el Consejo utilizó los mismos registros para ocultar a ambos.

—¿Por qué?

—Porque necesitaban que nadie pudiera determinar cuántos hijos existían realmente.

Richard asintió.

—Había demasiados nombres.

—¿Cuántos?

Richard respondió:

—Siete.

Sentí un escalofrío.

—¿Siete hijos?

—En los registros originales.

Alexander negó.

—Eso no tiene sentido.

Richard lo miró.

—Porque estás contando solo a los que conocías.

—¿Quiénes eran los otros?

Richard permaneció callado.

—Dímelo.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque si pronuncio sus nombres, alguien podría encontrarlos.

—¿Y si ya están muertos?

Richard respondió:

—No todos lo están.

El carruaje continuó avanzando.

Nadie habló durante varios minutos.

Yo seguía mirando la fotografía.

Tres niños.

Alexander.

Edward.

Nicholas.

Y detrás de ellos, una mujer.

Su rostro estaba parcialmente oculto.

Pero había algo familiar en ella.

Una mano apoyada sobre el hombro de Nicholas.

Una pequeña pulsera.

Una piedra azul.

La reconocí.

La había visto antes.

En Marianne.

Mi madre.

La mujer que me había criado.

—Es ella.

Alexander miró la fotografía.

—¿Quién?

—Marianne.

Victoria se acercó.

—¿Estás segura?

—Sí.

Señalé la pulsera.




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