—William Ravenshire.
El nombre salió de los labios de Alexander como si acabara de pronunciar el nombre de un fantasma.
Yo no podía moverme.
No podía hablar.
No podía siquiera apartar los ojos del hombre que estaba frente a nosotros.
William.
El padre de Alexander.
El hombre que todos habíamos creído muerto.
El hombre que había aparecido antes.
El hombre que había asegurado haber sido prisionero durante años.
El hombre cuya existencia había sido puesta en duda.
El hombre que, según algunas versiones, había sido reemplazado por un impostor.
Y ahora estaba allí.
Frente a nosotros.
En la cripta.
Con la segunda mitad del acta en las manos.
Con el rostro envejecido.
Con una cicatriz que no recordaba haber visto antes.
Y con unos ojos grises que eran demasiado parecidos a los de Alexander.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—No puede ser —susurró Alexander.
William lo miró.
—Sí puede.
Alexander dio un paso hacia él.
—Te vi morir.
William no respondió.
—Te enterramos.
—No era yo.
Alexander se detuvo.
—¿Qué?
—El hombre que enterraste no era yo.
Edward levantó el arma.
—Entonces ¿quién era?
William lo miró.
—Un hombre que llevaba mi ropa.
Un silencio helado llenó la cripta.
—¿Quién lo puso allí? —preguntó Alexander.
William respondió:
—El Consejo.
Adrian dio un paso adelante.
—Eso no explica cómo sobreviviste.
William lo miró.
—Porque alguien me ayudó.
—¿Quién?
William bajó la mirada.
—Eleanor.
Sentí un escalofrío.
Mi madre.
La palabra apareció en mi mente.
Eleanor.
La mujer que supuestamente había sido mi madre.
La mujer cuyo nombre ahora aparecía en el documento.
La mujer cuya verdadera historia seguía escondida detrás de demasiadas versiones.
—¿Eleanor estaba contigo? —pregunté.
William me miró.
—No al principio.
—Entonces ¿cuándo?
—Después del incendio.
Sentí que el pecho se me cerraba.
—¿Ella sabía que yo existía?
William asintió.
—Desde antes de que nacieras.
—¿Y sabía quién era mi padre?
William no respondió.
Aquella pausa me pareció interminable.
—Dime la verdad.
William bajó lentamente el documento.
—Sí.
—¿Quién?
—Todavía no.
Sentí que la rabia me recorría.
—¡Otra vez!
Mi voz rebotó en la cripta.
—¡Otra vez alguien decide que no tengo derecho a saber quién soy!
William me miró.
—Tienes derecho.
—Entonces dime la verdad.
—Si la digo ahora, todos ustedes morirán.
Alexander levantó el arma.
—Ya basta.
William lo miró.
—No apuntes a tu padre.
Alexander apretó los dientes.
—Mi padre murió hace dieciocho años.
William respondió:
—Y yo morí con él.
Aquellas palabras me estremecieron.
—¿Qué significa?
William respiró profundamente.
—Significa que el hombre que conocías como William Ravenshire murió aquella noche.
Se señaló el pecho.
—El hombre que está delante de ti sobrevivió.
No entendía.
Y quizá nunca había entendido menos que en aquel momento.
William dejó el documento sobre la mesa.
—No vine a hacerles daño.
Adrian no bajó la guardia.
—Entonces ¿por qué tienes la segunda mitad?
—Porque la he protegido durante veinticinco años.
Thomas Bellamy dio un paso adelante.
—¿Dónde la encontraste?
William lo miró.
—Tú sabes dónde.
Thomas palideció.
—La cripta.
William asintió.
—El archivo original.
—Entonces fuiste tú quien escondió los documentos.
—No todos.
—¿Cuáles?
William miró hacia mí.
—Los que podían salvarla.
Me acerqué.
—¿Salvarme de qué?
—De nosotros.
—¿Quiénes son “nosotros”?
William miró a los presentes.
—Las familias.
La respuesta me desconcertó.
—¿Las familias?
—Ravenshire. Hawthorne. Ashford. Vale. Las demás.
—¿Qué querían?
—Control.
—¿De mí?
—Del poder que representabas.
—¿Qué poder?
William negó.
—No era poder.
Miró el documento.
—Era una decisión.
Sentí un escalofrío.
—La sucesión.
—Sí.
—Pero yo no quería ninguna sucesión.
—Porque nunca te explicaron qué significaba.
William tomó la primera mitad del documento.
—El heredero no recibe solamente tierras.
—¿Qué recibe?
—El derecho de terminar el pacto.
Todos guardamos silencio.
—¿Terminarlo? —preguntó Alexander.
William asintió.
—La primera heredera podía disolverlo.
Edward comprendió algo.
—Por eso querían que eligiera.
—Exactamente.
Adrian añadió:
—Y por eso intentaron fabricar herederos.
William asintió.
—Sí.
Sentí un escalofrío.
De pronto comprendí que toda aquella guerra de nombres tenía una razón.
No se trataba simplemente de quién heredaría Ravenshire.
Se trataba de quién tendría el poder de decidir si aquel sistema continuaba existiendo.
—Entonces yo podía destruir el Consejo.
William me miró.
—Podías terminar con su autoridad.
—¿Y ellos lo sabían?
—Desde el día en que naciste.
—¿Mi madre lo sabía?
—Sí.
—¿Mi padre?
William bajó la mirada.
—También.
—¿Y por eso me escondieron?
—Por eso.
—¿Y por qué me separaron de mi madre?
William cerró los ojos.
—Porque alguien traicionó el pacto.
Sentí que el aire se volvía pesado.
—¿Quién?
William miró a Thomas.
Thomas bajó la cabeza.
Después miró a Lord Hawthorne.
Lord Hawthorne cerró los ojos.
Luego miró a Adrian.
Adrian permaneció inmóvil.