El Duque Que Nunca DebiÓ Amarme

CAPÍTULO 22 EL PADRE QUE DEBÍA ESTAR MUERTO

El cerrojo terminó de encajar.

El sonido fue pequeño.

Casi insignificante.

Pero para mí sonó como el cierre de una tumba.

Uno.

Dos.

Tres.

Los tres cerrojos quedaron asegurados.

Nadie se movió.

La última frase seguía flotando en la oscuridad.

Tu verdadero padre está vivo.

No podía respirar.

No podía pensar.

Ni siquiera podía decidir si aquello que acababa de escuchar era una nueva mentira o la última pieza de una verdad que llevaba veinticinco años intentando encontrar sin saber que la buscaba.

Miré a Lord Hawthorne.

Él no apartaba los ojos del suelo.

—Mírame —dije.

No respondió.

—Lord Hawthorne.

Levantó lentamente la cabeza.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

Nunca había visto llorar a aquel hombre.

Ni siquiera cuando había hablado del incendio.

Ni siquiera cuando había reconocido su papel en mi pasado.

Pero ahora lloraba.

Y comprendí que aquella revelación no lo había sorprendido.

Lo había aterrorizado.

—¿Quién es? —pregunté.

Silencio.

—¿Quién es mi verdadero padre?

Lord Hawthorne abrió los labios.

Pero no pronunció palabra.

Alexander se acercó.

—Respóndele.

Lord Hawthorne lo miró.

—No puedo.

Alexander apretó la mandíbula.

—Ya no tienes derecho a decir eso.

—Lo sé.

—Entonces habla.

Lord Hawthorne bajó la cabeza.

—No es tan sencillo.

Solté una risa amarga.

—Nada lo es en esta familia.

La mujer del vestido rojo seguía herida, pero había conseguido incorporarse. La Marquesa la sostenía por un brazo.

Mi mirada se cruzó con la suya.

—Tú lo sabes.

Ella asintió.

—Sí.

—Entonces dímelo.

—Todavía no.

Sentí una furia que me quemaba el pecho.

—¿Por qué?

—Porque hay verdades que, cuando se pronuncian, ya no pueden volver a esconderse.

—Eso es exactamente lo que quiero.

La mujer me miró durante largo tiempo.

—No.

—¿No?

—Quieres respuestas.

—Sí.

—Pero todavía no sabes qué precio estás dispuesta a pagar por ellas.

Me acerqué.

—He pagado durante veinticinco años.

Ella bajó la mirada.

—Lo sé.

—Entonces no me pidas que espere.

La mujer respiró profundamente.

—Tu verdadero padre se llama Edmund Ravenshire.

Sentí que el mundo se detenía.

—Eso ya lo sé.

Ella negó.

—No.

—¿Qué quieres decir?

—Sabes que Edmund es tu padre biológico.

—Sí.

—Pero no sabes toda la historia.

Miré a Lord Hawthorne.

—Entonces ¿qué falta?

La mujer respondió:

—Edmund no es el hombre que tú creías.

Mi corazón volvió a acelerarse.

—¿Qué significa eso?

—Significa que su nombre fue utilizado.

—¿Por quién?

—Por el Consejo.

—¿Para qué?

La mujer señaló la mesa.

—Para crear una línea sucesoria que ellos pudieran controlar.

Me acerqué.

Sobre la mesa había documentos antiguos.

Tomé uno.

Era un registro de nacimientos.

Lo abrí.

La tinta estaba casi desvanecida.

Pero había una fecha.

La fecha de mi nacimiento.

Y debajo…

mi nombre.

Arabella Marianne Hawthorne.

Lo observé.

—Este es mi registro.

—No.

La mujer señaló una anotación en el margen.

—Mira debajo.

Había una segunda línea.

Casi invisible.

La acerqué a la luz.

Mi corazón se detuvo.

Arabella Ravenshire.

—¿Por qué hay dos registros?

Nadie respondió.

Volví la página.

Había otra.

Gabriel Ravenshire.

Y después…

un tercer nombre.

Sentí que el papel comenzaba a temblar entre mis dedos.

Adrian Ravenshire.

Miré a Adrian.

—¿Qué significa esto?

Adrian estaba pálido.

—No lo sé.

Edward se acercó.

—Eso es imposible.

—¿Por qué?

Edward señaló el documento.

—Porque Adrian y yo nacimos el mismo día.

—¿Y?

—Y según esto…

Su voz se quebró.

—Adrian no nació como Ravenshire.

Miré a mi hermano.

Adrian permaneció inmóvil.

—¿Qué dice?

Edward tomó el documento.

Lo leyó.

—Dice que Adrian fue registrado como hijo de una mujer llamada Eleanor Vale.

Adrian palideció.

—¿Quién es Eleanor Vale?

La mujer del abanico negro respondió:

—Tu madre.

Adrian la miró.

—Eso no es posible.

—Sí lo es.

—Mi madre murió cuando yo era niño.

—Eso es lo que te hicieron creer.

Adrian retrocedió.

—No.

—Tu madre fue utilizada para ocultarte.

—¿Por qué?

—Porque tú no eras el hijo que el Consejo había elegido.

Adrian apretó los puños.

—Entonces ¿quién era yo?

La mujer no respondió.

Edward intervino.

—El sacrificado.

Adrian lo miró.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

Entonces Adrian soltó una carcajada.

Pero no había humor en ella.

—Toda mi vida…

Su voz se quebró.

—Toda mi vida creí que me habían abandonado.

Miró a la mujer.

—¿Y en realidad me escondieron?

Ella asintió.

—Sí.

Adrian cerró los ojos.

Yo sentí algo dentro de mí romperse.

Porque comprendí que ninguno de nosotros había tenido una infancia normal.

Todos habíamos sido piezas.

Nombres.

Herederos.

Secretos.

El hombre que había disparado desapareció por la puerta lateral.

La Marquesa quiso seguirlo.

—¡No!

Alexander la detuvo.

—Es una trampa.

—Está escapando.

—Precisamente.

—¿Entonces lo dejamos ir?

Alexander negó.

—No.

Señaló el suelo.

—Mira.

Había sangre.

Una pequeña línea de gotas conducía hacia la puerta.




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