El Duque Que Nunca DebiÓ Amarme

CAPÍTULO 45 EL HOMBRE QUE MI PADRE ME ORDENÓ OLVIDAR

La puerta se cerró con un golpe seco.

No fue un golpe violento.

Fue peor.

Fue definitivo.

Me quedé mirando aquella pared de piedra como si pudiera atravesarla con los ojos.

—¡Mamá!

Mi voz rebotó contra los muros de la cámara.

No hubo respuesta.

—¡Mamá!

Alexander me sujetó antes de que pudiera lanzarme contra la puerta.

—Arabella, espera.

—¡Suéltame!

—No.

Me volví hacia él.

—¡Es mi madre!

—Lo sé.

—¡Está ahí dentro!

—Lo sé.

—¡Entonces déjame entrar!

Alexander sostuvo mi mirada.

Sus ojos grises estaban llenos de preocupación.

—No sabemos qué hay detrás.

—¡Precisamente por eso debo entrar!

Intenté apartarme.

Él no me dejó.

—Arabella.

—¡Alexander!

—Escúchame.

Su voz cambió.

Ya no era la del duque acostumbrado a dar órdenes en un salón lleno de aristócratas.

Era la voz del hombre que me había abrazado cuando creí que iba a morir.

La voz del hombre que había permanecido a mi lado mientras toda mi vida se desmoronaba.

—No voy a permitir que entres ahí sin saber qué te espera.

—¿Y qué propones? ¿Esperar?

—Sí.

—¡No puedo esperar!

—Entonces espera conmigo.

Aquellas palabras me desarmaron.

Durante unos segundos no dije nada.

Alexander acercó su frente a la mía.

—No voy a dejarte sola.

Cerré los ojos.

Respiré.

Y comprendí que tenía razón en una sola cosa.

No sabía qué había detrás de aquella puerta.

Pero había algo que sí sabía.

Alguien había preparado todo aquello.

Alguien había querido que encontráramos el reloj.

La fotografía.

La frase.

Y posiblemente también a Marianne.

No podía ser una coincidencia.

Abrí los ojos.

—Tenemos que encontrar otra entrada.

Richard se acercó.

—Hay una.

Me volví hacia él.

—¿Dónde?

Richard señaló la pared.

—Debajo del altar.

Lucian lo miró con una expresión de disgusto.

—No.

Richard ni siquiera lo miró.

—Sí.

—Ese pasadizo está sellado.

—Lo estuvo.

—Richard…

—Han pasado dieciocho años, Lucian.

Richard se agachó frente al pequeño altar de piedra que se encontraba al fondo de la cámara.

Pasó los dedos por una hendidura.

Presionó.

Se escuchó un clic.

Una parte del suelo se desplazó.

Detrás apareció una escalera estrecha.

El aire que subió desde allí era frío.

Y olía a humedad.

Pero también a algo más.

A humo.

Me estremecí.

—El incendio —susurré.

Richard levantó los ojos.

—Sí.

—¿Este pasadizo existía aquella noche?

—Sí.

—¿Y a dónde conduce?

Richard me miró.

—Al lugar donde comenzó todo.

Bajamos.

Alexander fue delante.

Yo detrás de él.

Richard cerraba la marcha.

Henry permaneció arriba junto a Lucian y los miembros del Consejo.

No me gustaba separarnos.

Pero tampoco quería permanecer allí.

Cada escalón parecía conducirnos más profundamente hacia el pasado.

La escalera era estrecha.

Las paredes estaban cubiertas de humedad.

En algunos lugares había marcas negras.

Huellas antiguas de humo.

Toqué una de ellas con los dedos.

La piedra estaba fría.

—Aquí hubo fuego —dije.

Alexander asintió.

—Sí.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque recuerdo este lugar.

Me detuve.

—¿Tú bajaste aquí cuando eras niño?

Alexander tardó unos segundos en responder.

—Una vez.

—¿Con tu padre?

—No.

—¿Con quién?

Alexander continuó descendiendo.

—Con Edward.

Sentí un nudo en el pecho.

—¿Edward conocía este lugar?

—Sí.

—¿Y Adrian?

Alexander se detuvo.

—También.

—¿Los tres?

—Los tres.

Richard intervino desde atrás.

—Y Henry.

Me volví.

—¿Los cinco?

Richard asintió.

—Los cinco niños que debían desaparecer conocían este pasadizo.

La frase volvió a perseguirme.

Cinco niños.

Pero ahora yo sabía que había algo más.

Algo que todavía no me habían contado.

—¿Dónde estaba yo? —pregunté.

Nadie respondió.

—Si este lugar era utilizado por los niños Ravenshire, ¿dónde estaba yo?

Alexander me miró.

—No lo sé.

—Pero tú estabas aquí.

—Sí.

—Entonces debiste verme.

—No.

—¿Por qué?

Alexander bajó la mirada.

—Porque todavía no te conocía.

Aquella respuesta era lógica.

Pero algo dentro de mí se resistía.

Continuamos.

Después de unos metros, el pasadizo desembocó en una pequeña cámara circular.

Había una mesa.

Una silla.

Un armario.

Y una chimenea.

Me acerqué.

Sobre la mesa había varios objetos cubiertos de polvo.

Una caja.

Un candelabro.

Una pluma.

Un tintero seco.

Y un libro.

Lo tomé.

La tapa estaba quemada.

En ella podía leerse una sola palabra:

VALE.

Mi corazón se aceleró.

—¿Vale?

Richard se acercó.

—Ábrelo.

Lo hice.

Las primeras páginas estaban destruidas.

Las siguientes también.

Pero en el centro había una hoja intacta.

Una única hoja.

Leí.

Y sentí que el mundo volvía a desaparecer bajo mis pies.

«Si alguien encuentra este libro, significa que el plan ha fracasado. La niña debe ser trasladada antes del amanecer.»

Debajo había una fecha.

La misma noche del incendio.

—La niña —susurré.

Alexander se inclinó sobre mi hombro.

—Continúa.

Pasé la página.

Había otra frase.

«El niño permanecerá con nosotros. La niña no puede permanecer aquí.»

Mi respiración se detuvo.

—¿El niño?

Richard se acercó.




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