—¡Arabella!
La voz atravesó la puerta de hierro.
No tuve tiempo de pensar.
No tuve tiempo de preguntarme cómo era posible.
No tuve tiempo de mirar a Alexander.
Era Gabriel.
Mi hermano.
Mi sangre.
El niño que había sido arrancado de mi vida antes incluso de que pudiera conocer su rostro.
—¡Gabriel! —grité.
Corrí hacia la puerta.
Alexander me sujetó por la cintura.
—¡No!
—¡Es él!
—Precisamente por eso puede ser una trampa.
Me liberé de sus brazos.
—¡Gabriel! ¿Dónde estás?
Del otro lado llegó un golpe.
—¡Aquí!
La voz volvió a escucharse.
Más débil.
Más desesperada.
—¡Arabella, abre!
Me acerqué a la puerta.
—¡No puedo!
—¡Busca la llave!
—¡No hay llave!
Entonces escuché una risa.
Una risa tranquila.
Demasiado tranquila para aquella situación.
Me giré.
Richard permanecía junto a la mesa.
El supuesto tercer hijo.
El hombre que durante unos minutos había conseguido hacernos creer que era otra víctima del Consejo.
Ahora lo sabíamos.
Era Richard Ravenshire.
El hermano de William.
El hombre que todos habían dado por muerto.
El hombre cuyo nombre aparecía detrás de tantas sombras.
—Tú tienes la llave —dije.
Richard sonrió.
—No.
—¡Entonces ábrela!
—No puedo.
—¡Mientes!
Él inclinó la cabeza.
—No soy yo quien puede abrirla.
Miró hacia mí.
—Eres tú.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
—Ya la abrí.
—No completamente.
Richard señaló el anillo.
Lo miré.
Las siete piedras estaban apagadas.
—¿Qué falta?
—Una decisión.
Alexander dio un paso hacia él.
—No vas a utilizarla.
Richard sonrió.
—¿Utilizarla?
—No permitiré que la obligues.
—No necesito obligarla.
Richard me miró directamente.
—Arabella siempre ha tomado sus propias decisiones.
Alexander se colocó frente a mí.
—No sabes nada de ella.
—Sé más de ella que tú.
—Eso está por verse.
—Alexander…
La voz de Gabriel volvió a escucharse.
—¡Arabella!
Me giré.
—¡Estoy aquí!
—¡No confíes en él!
Richard sonrió.
—Muy tarde.
Gabriel golpeó nuevamente la puerta.
—¡No lo escuches!
Mi corazón se encogió.
—Gabriel, dime qué te hicieron.
Silencio.
Después:
—Nada.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—No me hicieron nada.
Alexander me miró.
Algo no encajaba.
—Entonces ¿por qué estás encerrado?
Gabriel tardó en responder.
—Porque…
Silencio.
—Porque me dijeron que si salía…
Su voz se quebró.
—…te matarían.
Cerré los ojos.
Sentí lágrimas calientes.
—No voy a dejarte.
Richard soltó una pequeña risa.
—Eso es lo que esperaban.
Me volví hacia él.
—¿Qué significa?
—Que tu amor por tu hermano es la llave.
—No.
—Sí.
—No permitiré que lo utilices.
—No necesito utilizarlo.
Se acercó lentamente.
—Necesito que seas tú quien elija.
Miré el anillo.
Las siete piedras parecían contener una luz dormida.
Recordé la inscripción:
LA PRIMERA ELEGIRÁ.
Yo era la primera.
Pero ¿qué debía elegir?
—¿Qué quieres de mí?
Richard respondió:
—Elige quién debe continuar la línea Ravenshire.
Alexander palideció.
—No.
Richard lo ignoró.
—El Consejo quiere una respuesta.
—¿Qué respuesta?
—Quién tendrá el derecho.
Miré a Alexander.
Luego hacia la puerta.
—¿Y si me niego?
Richard sonrió.
—Entonces Gabriel seguirá encerrado.
—No.
—Y quizá no sea el único.
La frase me hizo detenerme.
—¿Qué significa eso?
Richard no respondió.
Alexander se volvió hacia él.
—¿Quién más está encerrado?
—Alguien que ella lleva años buscando.
Sentí un escalofrío.
—¿Edmund?
Richard sonrió.
—Tal vez.
—¿Dónde está?
—Más cerca de lo que imaginas.
—¡Dímelo!
Richard levantó un dedo.
—Una pregunta por vez.
Lo odié.
Por primera vez desde que lo había conocido, sentí un odio profundo, frío, casi insoportable.
Pero había algo peor.
Miedo.
Miedo de que tuviera razón.
Miedo de que Gabriel estuviera realmente detrás de aquella puerta.
Miedo de que Edmund siguiera vivo.
Miedo de que toda mi familia estuviera siendo utilizada como piezas de un juego que había comenzado mucho antes de mi nacimiento.
Alexander tomó mi mano.
—No lo hagas.
Lo miré.
—Es mi hermano.
—Lo sé.
—No puedo dejarlo ahí.
—Y tampoco puedo permitir que Richard te obligue a elegir.
—¿Qué harías tú?
Alexander guardó silencio.
—Si fuera tu hermano…
Su mandíbula se tensó.
—Lo salvaría.
—Entonces entiendes.
—Sí.
Sus ojos grises encontraron los míos.
—Pero hay algo que quiero que recuerdes.
—¿Qué?
—No eres una pieza.
Sus palabras me atravesaron.
—No eres una heredera para ellos.
Me acarició la mano.
—Eres Arabella.
Sentí que mis ojos se llenaban de lágrimas.
—Y no permitiré que nadie vuelva a decidir por ti.
Richard observaba.
—Qué conmovedor.
Alexander lo miró.
—Cállate.
—El amor.
Richard sonrió.
—Siempre fue el punto débil de esta familia.
—No —respondió Alexander—. Fue su única fortaleza.
Richard dejó de sonreír.
Por primera vez, pareció verdaderamente molesto.
Entonces escuchamos un ruido detrás de nosotros.
Un golpe.
Después otro.
Alexander se giró.
La Marquesa levantó su arma.
—Alguien viene.
Richard permaneció tranquilo.