El Duque Que Nunca DebiÓ Amarme

CAPÍTULO 19 EL HERMANO QUE BORRARON DE LA HISTORIA

—Ha llegado la hora de que conozcas a tu hermano.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

No fueron pronunciadas con violencia.

No hubo gritos.

No hubo amenaza.

Y quizá por eso resultaron todavía más aterradoras.

Mi hermano.

Durante veinticinco años había creído ser hija única.

Veinticinco años.

Una vida entera construida sobre una mentira.

Sentí que los dedos de Alexander se cerraban alrededor de los míos.

No necesitaba mirarlo para saber que estaba tan sorprendido como yo.

Sin embargo, cuando finalmente levanté los ojos hacia él, descubrí algo más.

Miedo.

Alexander tenía miedo.

Y si un hombre como él, que había enfrentado armas, conspiraciones, amenazas y traiciones sin siquiera pestañear, podía sentir miedo ante la llegada de una persona…

aquella persona debía ser importante.

Muy importante.

Los golpes volvieron a escucharse.

Tres.

Lentos.

Precisos.

La Marquesa se acercó a la puerta.

—No abras.

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque no sabemos quién está detrás.

El anciano soltó una risa apagada.

—Yo sí lo sé.

Todos lo miramos.

—¿Quién es? —preguntó Edward.

El anciano no contestó inmediatamente.

Se acercó al retrato de mi madre y pasó los dedos por el marco.

—Alguien que fue obligado a desaparecer.

Adrian frunció el ceño.

—Eso no responde la pregunta.

—Porque todavía no están preparados para la respuesta.

Alexander dio un paso hacia él.

—No vuelvas a hablar en acertijos.

El anciano lo observó.

—Sigues teniendo la misma mirada que tu padre.

La mandíbula de Alexander se tensó.

—No menciones a mi padre.

—¿Por qué?

—Porque murió.

El anciano negó.

—No murió cuando creíste.

Sentí que se me helaba la sangre.

—¿Qué quiere decir?

El hombre me miró.

—Tu madre te contó que algunas personas murieron aquella noche.

—Sí.

—Te contó una historia.

—¿Falsa?

—Incompleta.

El tercer golpe resonó.

Esta vez, más fuerte.

La Marquesa levantó una mano.

—Tenemos que decidir.

—¿Decidir qué? —pregunté.

—Si abrimos esa puerta.

Me acerqué.

Alexander intentó detenerme.

—Arabella.

—No.

—No sabemos qué hay del otro lado.

—Precisamente por eso voy a averiguarlo.

—Podría ser una trampa.

Lo miré.

—Toda mi vida ha sido una trampa.

No respondió.

Tomé aire.

—Ya no pienso vivir con miedo.

Alexander sostuvo mi mirada durante unos segundos.

Finalmente soltó mi mano.

—Entonces no irás sola.

Se colocó a mi lado.

Edward y Adrian hicieron lo mismo.

La Marquesa tomó una pequeña pistola de su bolso.

Lord Hawthorne permaneció detrás.

El anciano sonrió.

—Ahora sí parecen una familia.

Aquella palabra me dolió.

Familia.

Una palabra que de pronto había adquirido demasiados significados.

Abrimos la puerta.

El vestíbulo estaba iluminado por docenas de velas.

Los criados habían desaparecido.

No había nadie.

La puerta principal permanecía abierta.

El aire frío de la noche entraba desde el exterior y agitaba las cortinas.

Bajamos lentamente las escaleras.

Entonces la vi.

Mi madre.

Marianne.

Estaba de pie junto al carruaje.

Llevaba un vestido oscuro, cubierto por una capa de terciopelo.

Su cabello, que recordaba siempre recogido con elegancia, estaba ligeramente desordenado.

Pero no fue su aspecto lo que me paralizó.

Fue la persona que estaba a su lado.

Un hombre.

Alto.

Delgado.

De cabello oscuro.

Su rostro estaba parcialmente oculto por la sombra.

Mi madre lo sujetaba del brazo.

Y cuando levantó la cabeza…

lo vi.

No era Alexander.

No era Edward.

No era Adrian.

Pero tenía algo de los tres.

Los mismos ojos grises.

La misma estructura aristocrática.

La misma expresión de alguien que había aprendido demasiado pronto a desconfiar del mundo.

Me quedé inmóvil.

Mi madre levantó los ojos hacia mí.

Y comenzó a llorar.

—Arabella…

Yo no podía hablar.

—Mamá…

Ella soltó al hombre y caminó hacia mí.

Quise retroceder.

No lo hice.

Se detuvo frente a mí.

—Perdóname.

Fue lo primero que dijo.

No “hola”.

No “hija”.

No “estás bien”.

Perdóname.

—¿Por qué?

Las lágrimas descendían por sus mejillas.

—Porque debí decírtelo.

—¿Decirme qué?

Miró al hombre.

Después volvió a mirarme.

—Que no naciste sola.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—¿Es él?

Mi madre asintió.

—Sí.

Miré al desconocido.

—¿Mi hermano?

Él dio un paso hacia mí.

Y por primera vez pude observarlo claramente.

Tenía aproximadamente mi edad.

Quizá unos meses más.

Sus ojos grises eran inquietantemente familiares.

Pero había una diferencia.

En ellos no había la dureza de Alexander.

Ni la ironía de Edward.

Ni el misterio de Adrian.

Había tristeza.

Una tristeza profunda.

Como si hubiera pasado toda su vida preguntándose por qué había sido abandonado.

—Mi nombre es Gabriel —dijo.

El mundo pareció detenerse.

Gabriel.

Mi hermano se llamaba Gabriel.

—Gabriel…

Repetí su nombre lentamente.

Él sonrió.

Una sonrisa triste.

—Así me llamaron.

—¿Quién?

—Tu madre.

Miré a Marianne.

—¿Por qué nunca me hablaste de él?

Mi madre cerró los ojos.

—Porque me obligaron.

—¿Quién?

—El Consejo.

La Marquesa bajó lentamente las escaleras.

—No solo te obligaron.

Mi madre la miró.

—No.

—Te hicieron creer que él había muerto.




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