La Marquesa de Ashford permaneció inmóvil bajo el arco de piedra.
Su vestido rojo parecía arder bajo la luz azulada de los vitrales.
El abanico negro descansaba cerrado entre sus dedos.
Y durante un instante tuve la extraña sensación de que toda mi vida había estado conduciéndome hacia aquella escena.
Mi madre.
Mi padre.
Edmund.
Alexander.
Edward.
La Marquesa.
Todos los nombres.
Todos los secretos.
Todos los muertos.
Y ahora yo estaba allí, de rodillas frente a una losa de piedra bajo la cual, según aquella voz, se encontraba el hombre que me había dado la vida.
Mi padre.
Edmund Ravenshire.
Pero su última advertencia seguía resonando en mi cabeza.
No abras la puerta.
Porque el hombre que estaba conmigo…
era quien lo había traicionado.
Levanté lentamente la mirada hacia el desconocido.
Él seguía sonriendo.
Una sonrisa tranquila.
Demasiado tranquila.
Como si aquella acusación no pudiera afectarlo.
Como si hubiese esperado que Edmund hablara.
—No le creas —dijo.
Su voz era serena.
—Tu padre está asustado.
La Marquesa avanzó un paso.
—No.
El desconocido la miró.
—¿No?
—No está asustado.
La Marquesa cerró su abanico.
—Está advirtiéndola.
—Después de dieciocho años encerrado bajo tierra, cualquiera puede perder la razón.
Sentí un estremecimiento.
—¿Encerrado?
Miré nuevamente la losa.
—¿Quién lo encerró?
El hombre no respondió.
La Marquesa sí.
—Él.
Señaló al desconocido.
El hombre sonrió.
—Qué conveniente.
—Es la verdad.
—Tú no sabes toda la verdad.
—Sé suficiente.
La Marquesa se acercó otro paso.
—Sé quién eras aquella noche.
El hombre dejó de sonreír.
—No pronuncies ese nombre.
La Marquesa levantó el mentón.
—¿Por qué? ¿Temes que Arabella lo escuche?
Sentí que el corazón comenzaba a golpearme con fuerza.
—¿Qué nombre?
Ninguno respondió.
—¡Qué nombre!
La Marquesa me miró.
—El nombre que utilizabas antes de convertirte en otra persona.
El desconocido apretó la mandíbula.
—No sabes de qué hablas.
—Sí lo sé.
—Mientes.
—Entonces dime que no eras tú.
Silencio.
El hombre me miró.
Por primera vez, vi miedo en sus ojos.
—Arabella…
Retrocedí.
—No me llames así.
—Escúchame.
—¡No!
Me puse de pie.
—Toda mi vida he escuchado a personas decirme que lo hacían todo para protegerme.
Miré a la Marquesa.
Después al desconocido.
—Y cada una de esas personas me ha ocultado algo.
La voz de Edmund volvió a escucharse desde debajo de la piedra.
—Hija…
Me arrodillé otra vez.
—Padre.
Mi voz se quebró.
—Estoy aquí.
Hubo silencio.
Después escuché:
—No abras.
—¿Por qué?
—Porque la llave no abre solamente mi prisión.
Miré el medallón.
—¿Qué abre?
La respuesta llegó apenas como un susurro.
—La sucesión.
Mi corazón se aceleró.
—¿Qué significa eso?
—Si abres esa puerta…
Una pausa.
—…todos sabrán que has reclamado tu derecho.
La Marquesa cerró los ojos.
—Y entonces comenzará la guerra.
No sabía cuánto tiempo permanecí arrodillada.
Quizá fueron segundos.
Quizá una eternidad.
La palabra guerra parecía demasiado grande para aquella pequeña capilla.
Pero entonces comprendí que jamás había estado hablando únicamente de una guerra con espadas.
Era una guerra de apellidos.
De propiedades.
De títulos.
De poder.
De documentos.
De alianzas.
Una guerra silenciosa entre familias que durante generaciones habían sonreído en los mismos salones mientras se apuñalaban con secretos.
Y yo estaba en el centro.
—¿Qué sucede si abro? —pregunté.
La Marquesa respondió:
—Tu nombre será reconocido ante el Consejo.
—¿Y después?
—Deberás elegir.
—¿Elegir qué?
—Entre renunciar a tus derechos o reclamarlos.
Miré la losa.
—¿Y si los reclamo?
La Marquesa tardó en responder.
—Alexander perderá parte de su posición.
Mi corazón se encogió.
—¿Por qué?
—Porque tu existencia altera la línea sucesoria.
El desconocido intervino:
—No le digas eso.
—Tiene derecho a saberlo.
—Todavía no.
—¡Tiene derecho a saberlo todo!
La voz de la Marquesa resonó en la capilla.
Después me miró.
—Y hay algo que todavía no sabes.
—¿Qué?
—Si reclamas la sucesión, alguien tendrá que abandonar Ravenshire.
Mi respiración se detuvo.
—¿Quién?
Ella bajó la mirada.
—Alexander.
No.
Aquella palabra apareció en mi mente antes de que pudiera pronunciarla.
—No.
La Marquesa no apartó los ojos de mí.
—Ese es el precio.
—No.
—Arabella…
—No.
Me levanté.
—No aceptaré eso.
El desconocido me observó.
—Entonces no reclames la sucesión.
—¿Y permitir que otra persona decida qué ocurre con mi vida?
—No tienes alternativa.
Me volví hacia él.
—Siempre hay una alternativa.
Aquella frase hizo que recordara a Alexander.
Entonces la crearemos.
La misma convicción.
La misma forma de desafiar aquello que parecía inevitable.
Y de pronto comprendí algo.
No quería ser heredera.
No quería títulos.
No quería riquezas.
No quería poder.
Quería mi vida.
Quería poder decidir a quién amar.
Quería poder decidir dónde vivir.
Quería que mi matrimonio fuera una elección.
No una cláusula.
No un pacto.
No una estrategia.
No una obligación.
Pero para conseguirlo necesitaba conocer la verdad.