El Duque Que Nunca DebiÓ Amarme

CAPÍTULO 32 LA MUJER DETRÁS DEL ESPEJO

—Hija.

Aquella palabra atravesó la oscuridad.

No fue fuerte.

No fue una orden.

Fue apenas un susurro.

Pero tuvo sobre mí un efecto mucho más poderoso que cualquier grito.

Sentí que todo mi cuerpo se paralizaba.

No necesitaba verla.

Sabía quién era.

Había escuchado aquella voz en mis recuerdos.

Una voz perdida entre humo, fuego y lágrimas.

Una voz que había pronunciado palabras que durante años habían permanecido enterradas en algún rincón de mi memoria.

Perdóname.

Eleanor.

Mi madre biológica.

La mujer que había creído muerta durante dieciocho años.

La mujer que, según Marianne, había formado parte del Consejo.

La mujer que había participado en la creación del sistema que ahora amenazaba con destruirnos.

La mujer que, según Lucien, estaba viva.

La mujer que acababa de llamarme hija.

Me giré lentamente.

Al principio solo vi oscuridad.

Luego una silueta apareció detrás de una cortina.

Una mujer.

Vestía un largo abrigo negro.

Su cabello oscuro estaba recogido.

Caminaba lentamente.

Cada paso parecía costarle un esfuerzo enorme.

La luz de la luna entró por los cristales del invernadero.

Y finalmente pude verla.

Mi corazón dejó de latir.

Era ella.

No había duda.

Los mismos ojos que había visto en aquella fotografía.

Los mismos rasgos.

La misma mirada.

Solo que ahora había algo diferente.

El tiempo.

La mujer que estaba delante de mí parecía haber envejecido mucho más de lo que correspondía a dieciocho años.

Su rostro estaba marcado por el sufrimiento.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—Arabella…

No pude responder.

Alexander se colocó delante de mí.

—No se acerque.

Eleanor se detuvo.

—Alexander.

Él frunció el ceño.

—¿Me conoce?

—Desde antes de que nacieras.

—Entonces sabrás que no permitiré que le hagas daño.

Eleanor lo miró.

—Nunca quise hacerle daño.

—Eso dicen todos.

Ella bajó la mirada.

—Lo sé.

Yo di un paso.

Alexander intentó detenerme.

—Arabella.

—Quiero verla.

—No sabemos si…

—Quiero verla.

Eleanor permaneció inmóvil.

Yo avancé.

Un paso.

Luego otro.

Hasta quedar frente a ella.

Nos miramos.

Y durante unos segundos no existió nada más.

No sabía qué debía sentir.

¿Odio?

¿Amor?

¿Curiosidad?

¿Miedo?

Era la mujer que me había dado la vida.

Pero no me había criado.

No había estado conmigo cuando tuve fiebre.

No había escuchado mis primeras palabras.

No había peinado mi cabello.

No había estado junto a mi cama durante las noches de tormenta.

No había visto mis lágrimas.

Todo eso lo había hecho Marianne.

Entonces…

¿qué significaba realmente ser madre?

—¿Eres tú? —pregunté.

Eleanor asintió.

—Sí.

—¿Eres realmente Eleanor Vale?

—Sí.

—¿La madre de Adrian?

Ella cerró los ojos.

—Sí.

—¿Y mi madre?

Las lágrimas recorrieron sus mejillas.

—También.

Sentí que algo dentro de mí se rompía.

—¿Por qué?

Eleanor respiró profundamente.

—Porque antes de ser la madre de Adrian fui la mujer que amó a Edmund.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—Y antes de que el Consejo existiera como lo conoces, hubo una familia.

Miró hacia Edmund.

—Una familia que quiso sobrevivir.

Edmund había llegado al invernadero.

No sabía cuándo.

Estaba detrás de Alexander.

Al ver a Eleanor, se quedó completamente inmóvil.

—Eleanor.

Ella lo miró.

—Edmund.

Hubo algo entre ellos que no comprendí.

No era amor.

Tampoco odio.

Era el peso de una historia demasiado antigua.

—Creí que habías muerto —dijo Edmund.

—Eso era necesario.

—¿Quién te ayudó?

Eleanor miró a Lucien.

—Él.

Lucien permanecía apoyado contra una columna.

—No hice más que cumplir una promesa.

Edmund lo miró.

—Una promesa que casi nos mata.

Lucien sonrió.

—Pero nos mantuvo vivos.

Alexander intervino.

—Basta.

Todos lo miraron.

—Quiero respuestas.

Eleanor asintió.

—Las tendrás.

—Ahora.

—Sí.

Alexander señaló el jardín.

—Pero no aquí.

—¿Por qué?

—Porque nos están observando.

Sentí un escalofrío.

—¿Quién?

Eleanor miró hacia los ventanales.

—Los Ravenshire.

—¿Qué significa eso?

—Que ya saben que estás aquí.

Nos trasladamos a una pequeña sala de música dentro de Hawthorne Manor.

Las cortinas estaban cerradas.

Habíamos colocado guardias en los corredores.

La Marquesa había llegado poco después.

También estaban Gabriel, Clara y Edmund.

Lucien permanecía cerca de la puerta.

Eleanor estaba sentada frente a mí.

Durante varios minutos nadie habló.

Finalmente, pregunté:

—¿Por qué me abandonaste?

Eleanor cerró los ojos.

—No te abandoné.

—Entonces ¿por qué no estuviste conmigo?

—Porque si permanecía contigo, te matarían.

—Marianne me protegió.

—Sí.

—Entonces ¿por qué no podías hacerlo tú?

Eleanor bajó la mirada.

—Porque ellos sabían quién era yo.

—¿Quién eras?

—Una de las siete.

La Marquesa habló:

—Uno de los miembros fundadores.

Eleanor asintió.

—Sí.

—¿Y por qué aceptaste?

—Porque al principio creía que estaba protegiendo a mi familia.

—¿Cómo?

—Creíamos que Ravenshire necesitaba una estructura secreta para protegerse de quienes querían destruirla.

—¿Y qué ocurrió?

—El poder corrompió el propósito.

Eleanor respiró profundamente.

—Los siete comenzaron protegiendo la familia.




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