El Duque Que Nunca DebiÓ Amarme

CAPÍTULO 43 EL JUICIO DE LOS DOS DUQUES

Nunca había visto a un hombre entrar en una habitación y conseguir que todos los demás parecieran pequeños.

Lucian Ravenshire lo hizo sin esfuerzo.

Permaneció junto al altar de la capilla, bajo la luz temblorosa de las velas, como si aquel lugar le perteneciera.

Como si los años no hubieran pasado.

Como si las llamas que habían destruido Ravenshire no hubieran logrado borrar su nombre.

Como si las personas que durante décadas habían sido declaradas muertas, desaparecidas o inexistentes fueran simplemente piezas de un juego que él había comenzado.

Lo miré.

Y comprendí algo.

Aquel hombre no había venido a responder nuestras preguntas.

Había venido a decidir cuáles preguntas teníamos derecho a hacer.

—Lucian Ravenshire —susurré.

Él sonrió.

—Finalmente.

Alexander se adelantó.

—¿Eres el fundador del Consejo?

Lucian lo miró.

—Uno de ellos.

—¿Y ordenaste el incendio?

Lucian no respondió.

Richard sí.

—Sí.

Lucian giró lentamente la cabeza.

—Cuidado, Richard.

—No voy a volver a obedecerte.

Lucian sonrió.

—Eso dijiste hace dieciocho años.

Richard levantó el arma.

—Esta vez no tengo miedo.

—Todos tienen miedo.

—Yo no.

Lucian lo observó durante unos segundos.

—Entonces apunta mejor.

La tensión se volvió insoportable.

Alexander se colocó delante de mí.

—No vas a acercarte a ella.

Lucian soltó una pequeña risa.

—Siempre protegiendo a la heredera.

—No sabes nada de ella.

—Sé más que tú.

—¿Qué sabes?

Lucian me miró.

—Sé quién es.

Mi corazón se aceleró.

—Entonces dímelo.

Alexander giró hacia mí.

—Arabella…

—No.

Di un paso adelante.

—Quiero escucharlo.

Lucian sonrió.

—Eso es lo que me gusta de ti.

—No me conoces.

—Te conozco desde antes de que nacieras.

Sentí un escalofrío.

—¿Eres mi padre?

Silencio.

Lucian no respondió.

Y aquella ausencia de respuesta fue peor que cualquier afirmación.

—¿Lo eres?

Finalmente negó.

—No.

Respiré.

Pero entonces añadió:

—Aunque fui yo quien decidió quién debía serlo en los registros.

El frío recorrió mi cuerpo.

—¿Qué?

—Tu nacimiento fue un asunto político.

—¿Mi nacimiento?

—Sí.

—¿Y quién era mi padre?

Lucian miró el documento.

—Ese nombre fue borrado por una razón.

—¿Cuál?

—Porque si hubiera permanecido allí, jamás habrías podido llevar la vida que llevaste.

—¿Qué vida?

Lucian sonrió.

—La vida de Lady Arabella Hawthorne.

Sentí que el pecho me ardía.

—¿Entonces todo fue una mentira?

—No.

—¿Mi apellido?

—Verdadero.

—¿Mi madre?

—Complicado.

—¿Mi padre?

—Más complicado todavía.

—¿Mi hermano?

—El más peligroso de todos.

Miré a Gabriel.

Él bajó la mirada.

—¿Y Alexander?

Lucian se quedó callado.

Después dijo:

—Ah.

Su sonrisa desapareció.

—Alexander es la razón por la que todo salió mal.

Miré al hombre que amaba.

—¿Por qué?

Lucian señaló a los dos hombres.

—Porque uno de ellos debía morir.

Mi corazón se detuvo.

—¿Cuál?

Lucian sonrió.

—Eso es lo que vamos a descubrir.

Nos condujo a una sala subterránea.

No tuve elección.

Había hombres alrededor de la capilla.

Guardias.

Miembros del Consejo.

O quizá algo peor.

No podía distinguirlos.

La sala estaba iluminada por lámparas de gas.

En el centro había una mesa circular.

Ocho sillas.

Siete estaban ocupadas.

La octava permanecía vacía.

Me estremecí.

—¿Quién falta?

Lucian tomó asiento.

—El que aún no ha decidido de qué lado está.

Miré las sillas.

Reconocí a algunos.

Otros llevaban máscaras.

—¿Quiénes son?

Lucian respondió:

—El Consejo.

—¿Todos?

—Los que quedan.

—¿Cuántos?

—Siete.

Miré la octava silla.

—Entonces ¿por qué hay ocho?

Lucian sonrió.

—Porque siempre hubo ocho.

Richard negó.

—No.

Lucian lo miró.

—Tú sabes que sí.

—No.

—Fuiste uno de ellos.

—Fui obligado.

—Eso dices.

La discusión terminó cuando Lucian golpeó suavemente la mesa.

—Basta.

Todos callaron.

Me sentí como una prisionera.

Alexander permaneció a mi lado.

El otro hombre que afirmaba ser Alexander estaba al otro extremo.

Los dos se miraban.

No con odio.

Con algo más profundo.

Reconocimiento.

Como si cada uno viera en el otro una parte de sí mismo.

Lucian colocó dos documentos sobre la mesa.

—Esta noche resolveremos cuál de los dos es el verdadero Alexander Ravenshire.

—No tienes derecho —dije.

Lucian me miró.

—El derecho no importa.

—Entonces ¿qué importa?

—La sangre.

Sentí un escalofrío.

—Otra vez la sangre.

—Porque la sangre ha gobernado este país mucho antes de que tú nacieras.

—No mi vida.

—Tu vida es precisamente lo que ha gobernado.

Alexander tomó mi mano.

Lucian observó el gesto.

—Ese vínculo puede destruirlos.

—No nos separará —dije.

—Eso ya lo veremos.

El primer documento fue colocado delante de Alexander.

—Partida de nacimiento —dijo Lucian.

Alexander la miró.

—No la reconozco.

—Porque fue falsificada.

Después colocó otra delante del desconocido.

—Y esta tampoco.

—¿Por qué? —pregunté.

Lucian respondió:

—Porque ninguna de las dos contiene la información verdadera.

—Entonces ¿cómo se demuestra quién es quién?

Lucian señaló la mesa.

—Con tres pruebas.

Richard murmuró:

—No.

Lucian lo ignoró.




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