No pude respirar.
No pude pensar.
Ni siquiera pude recordar cómo se movían mis piernas.
Todo cuanto existía en aquella habitación se redujo al hombre que permanecía junto a mi madre.
Su rostro.
Sus ojos.
Su manera de sostenerse erguido.
Había algo en él que me resultaba terriblemente familiar.
No porque lo hubiera visto antes.
Sino porque había pasado toda mi vida contemplando los mismos rasgos en los retratos de mi familia.
Los ojos grises.
El cabello oscuro.
La mandíbula firme.
Aquella expresión contenida que parecía pertenecer a los hombres de la familia Ravenshire.
Miré a Alexander.
Después a Edward.
Después al desconocido.
Los tres parecían pertenecer a la misma familia.
Y entonces miré a mi madre.
Ella lloraba.
—Madre…
No respondió.
—¿Quién es él?
El hombre dio un paso hacia mí.
Alexander inmediatamente se interpuso.
—No te acerques.
El desconocido se detuvo.
—Alexander.
Pronunció su nombre con una familiaridad que me produjo un escalofrío.
Alexander levantó el arma.
—Te he dicho que no te acerques.
El hombre lo observó durante unos segundos.
—Sigues teniendo el mismo carácter de tu padre.
Alexander apretó la mandíbula.
—No vuelvas a mencionar a mi padre.
—Entonces supongo que tampoco querrás hablar de Edmund.
El nombre cayó en la habitación como un trueno.
Edmund.
Mi supuesto padre.
El hombre que, según mi madre, había muerto antes de que yo naciera.
El hombre cuya existencia acababa de cambiar todo cuanto creía saber sobre mí.
Miré al desconocido.
—¿Usted conoció a Edmund?
Una extraña tristeza apareció en sus ojos.
—Lo conocí mejor que nadie.
—¿Quién es usted?
El hombre respiró profundamente.
—Mi nombre es…
Hizo una pausa.
Y entonces dijo:
—Edmund Ravenshire.
El mundo se detuvo.
No.
No podía ser.
Di un paso hacia atrás.
—No.
Mi madre cerró los ojos.
Edward intentó incorporarse.
—¡No le creas!
Alexander se volvió hacia él.
—¿Qué?
Edward tenía el rostro desencajado.
—No es Edmund.
El hombre sonrió con tristeza.
—Mi querido sobrino…
Alexander se quedó inmóvil.
—¿Sobrino?
—Sí.
—¿Cómo sabes que es mi padre? —pregunté.
Edward me miró.
—Porque yo lo vi morir.
Sentí un frío recorrerme el cuerpo.
—¿Qué?
—Yo estaba allí.
El supuesto Edmund permaneció en silencio.
Edward continuó:
—La noche del incendio.
Mi corazón comenzó a golpear con fuerza.
—Entonces…
Miré al hombre.
—¿Quién es usted?
Por primera vez, su expresión cambió.
Ya no parecía triste.
Parecía cansado.
—Alguien que lleva dieciocho años intentando regresar a casa.
Alexander no bajó el arma.
—Quiero respuestas.
El hombre asintió.
—Las tendrás.
—Ahora.
—No delante de todos.
—Aquí no hay nadie en quien no confíe.
Edward soltó una breve risa desde la cama.
—Ese es precisamente el problema, hermano.
Alexander se volvió hacia él.
—¿Qué quieres decir?
Edward miró a nuestra madre.
—Ella todavía no te ha contado quién abrió la puerta aquella noche.
Mi madre comenzó a temblar.
—Edward…
—No sigas ocultándolo.
—Intentaba protegerlos.
—Ya no puedes.
El hombre que decía ser Edmund avanzó hasta la ventana.
Apartó la cortina.
La luz de la luna iluminó su rostro.
—Hace dieciocho años —comenzó—, la familia Ravenshire estaba a punto de sufrir una guerra interna.
Alexander no dijo nada.
—Tu padre sabía que Edward era el heredero legítimo de una parte de los bienes familiares.
—Eso ya lo sabemos.
—No.
El hombre negó.
—No lo saben todo.
Me miró.
—Porque también existía otra persona con derecho a reclamar.
Yo sentí un nudo en el estómago.
—Yo.
Asintió.
—Tú.
Alexander bajó lentamente el arma.
—¿Por qué?
—Porque tu madre quedó embarazada de mí.
Sentí que las palabras me atravesaban.
No había nada más que decir.
Era suficiente.
Mi madre.
Edmund.
Yo.
Todo encajaba.
Y, sin embargo, algo no.
Edward seguía mirándome con una expresión de advertencia.
—Pero él no es Edmund.
Volví la mirada hacia él.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
Edward tragó saliva.
—Porque Edmund tenía una cicatriz aquí.
Señaló su cuello.
—Una cicatriz profunda. La recibió cuando era joven.
El desconocido se llevó una mano al cuello.
No había ninguna cicatriz.
Edward sonrió débilmente.
—Lo sabía.
Alexander levantó nuevamente el arma.
—Entonces, ¿quién eres?
El hombre permaneció tranquilo.
—Eso es lo que debemos descubrir.
—No juegues conmigo.
—No estoy jugando.
—¡Entonces dime tu nombre!
El desconocido miró a mi madre.
Ella bajó la cabeza.
—Díselo —ordenó Alexander.
Mi madre cerró los ojos.
—Su nombre es…
Un disparo atravesó la ventana.
El cristal explotó.
Mi madre cayó al suelo.
—¡Madre!
Alexander se lanzó sobre mí.
Edward gritó.
El desconocido rodó hacia un lado.
Otro disparo.
La bala golpeó la pared.
Alexander me sujetó de la cintura y me arrastró detrás de una columna.
—¡Agáchate!
Los cristales continuaban cayendo.
Clara apareció en la puerta.
—¡Milord!
—¡Cierra la puerta!
Ella obedeció.
Alexander se asomó apenas.
—¡Bennett!
No hubo respuesta.
El hombre desconocido se levantó.
—Tenemos que salir de aquí.
Alexander le apuntó.
—Tú no vas a ninguna parte.