La oscuridad cayó sobre nosotros como una sentencia.
Durante unos segundos no pude ver absolutamente nada.
Ni a Alexander.
Ni a mi madre.
Ni a mi padre.
Ni a Richard, Adrian, Edward, William, Edmund o cualquiera de los hombres que habían permanecido alrededor del altar.
Solo podía escuchar mi propia respiración.
Rápida.
Entrecortada.
Demasiado fuerte dentro de mi pecho.
Y entonces aquella voz volvió a atravesar la capilla.
—No. La decisión no será tuya.
Sentí que la sangre se me helaba.
No porque aquella frase contuviera una amenaza.
Sino porque durante toda mi vida alguien había decidido por mí.
Habían decidido mi nombre.
Mi nacimiento.
Mis padres.
Mi casa.
Mi apellido.
Mi futuro.
El hombre con quien debía casarme.
La verdad que podía conocer.
La verdad que debía olvidar.
Incluso los recuerdos que podía conservar.
Durante veinticinco años habían escrito mi vida como si yo fuera solamente una firma al pie de un documento.
Y aquella noche, por primera vez, comprendí que no estaba dispuesta a permitirlo.
Avancé un paso.
—Entonces sal de la oscuridad.
Silencio.
Mi voz resonó entre las columnas.
—Sal y dime quién eres.
Escuché un movimiento.
Después otro.
Una cadena metálica cayó al suelo.
Y finalmente apareció una luz.
No era una antorcha.
Era la pequeña llama de una lámpara que alguien sostenía detrás de uno de los pilares.
La luz iluminó primero una mano.
Después un brazo.
Después un rostro.
No era un extraño.
Era Edmund.
Pero no estaba donde lo había visto unos instantes antes.
Había desaparecido del centro de la capilla y ahora se encontraba junto a una de las puertas laterales.
Lo miré sin comprender.
—¿Tú?
Edmund sonrió con una tristeza que no había visto antes en él.
—La voz era mía.
Richard dio un paso hacia adelante.
—Mentiroso.
Edmund levantó una mano.
—No fui yo quien cerró las puertas.
Todos nos quedamos inmóviles.
El sonido de un mecanismo se escuchó detrás de los muros.
Clac.
Clac.
Clac.
La capilla estaba cerrándose.
No metafóricamente.
Literalmente.
Las puertas de hierro interiores descendieron desde lo alto.
Alexander se interpuso inmediatamente delante de mí.
—¡Aléjate de ella!
Edmund lo observó.
—Todavía sigues protegiéndola.
Alexander no respondió.
Solo lo miró con aquella expresión que tantas veces había visto en él cuando alguien amenazaba lo que amaba.
Pero esta vez había algo diferente.
No era solamente furia.
Era decisión.
Yo posé una mano sobre su brazo.
—Alexander.
Él giró el rostro hacia mí.
Sus ojos grises encontraron los míos.
—Quédate detrás de mí.
Negué con la cabeza.
—No.
—Aurelia…
—Toda mi vida he estado detrás de alguien.
Sus facciones se endurecieron.
—No esta noche.
—Precisamente esta noche.
Di un paso y quedé a su lado.
No detrás.
A su lado.
Alexander comprendió.
No intentó detenerme.
Solo tomó mi mano.
Y la sostuvo.
Entonces miré a Edmund.
—¿Qué hiciste?
Él bajó lentamente la lámpara.
—Lo que el Consejo siempre hizo.
—¿Controlar?
—Proteger.
Solté una risa amarga.
—No vuelvas a utilizar esa palabra.
Edmund pareció recibir el golpe.
—Tu abuelo utilizó esa palabra.
—Mi abuelo creó el Consejo para proteger familias.
—Sí.
—Y ustedes lo convirtieron en una prisión.
Edmund guardó silencio.
Richard habló desde atrás.
—Porque dejaron de proteger a las personas y comenzaron a proteger el poder.
Edmund lo miró.
—Tú nunca comprendiste lo que estaba en juego.
Richard avanzó.
—Comprendí lo suficiente para salvarla.
Mis ojos se dirigieron hacia él.
Richard estaba pálido.
La herida que había recibido todavía manchaba su ropa.
Sin embargo, seguía de pie.
Había permanecido en pie durante años para proteger secretos que podían haberlo destruido.
Y entonces entendí algo.
Muchos de aquellos hombres habían cometido errores.
Algunos habían mentido.
Otros habían obedecido.
Otros habían callado.
Pero no todos habían sido monstruos.
El verdadero monstruo había sido aquella estructura que había convencido a generaciones enteras de que amar a alguien significaba tener derecho a decidir por esa persona.
Miré nuevamente a Edmund.
—¿Por qué?
Él frunció el ceño.
—¿Por qué qué?
—¿Por qué yo?
La pregunta pareció desconcertarlo.
—Porque eres la primera heredera.
—Eso ya lo sé.
—Porque tienes derecho sobre las dos ramas.
—También lo sé.
—Porque puedes destruir el Consejo.
—No.
Me acerqué un poco más.
—Porque ustedes tienen miedo de que lo haga.
Edmund no contestó.
Y su silencio fue la respuesta.
Alexander apretó mi mano.
Sentí el calor de sus dedos.
Durante un instante olvidé todo lo demás.
El fuego.
Las mentiras.
El Consejo.
Los documentos.
Los nombres.
Mi madre.
Mi padre.
El pasado.
Solo existíamos él y yo.
Y recordé la primera vez que lo había visto.
El hombre frío.
Orgulloso.
Inalcanzable.
El duque que parecía haber construido alrededor de su corazón una fortaleza mucho más alta que cualquier muro de Ravenshire.
Habíamos sido obligados a comprometernos.
Habían decidido que debíamos casarnos.
Pero nadie había decidido que debíamos amarnos.
Eso había sido nuestro.
Y quizá por eso había sobrevivido.
Porque todo lo que había sido impuesto entre nosotros había terminado por convertirse en algo que ninguno de los dos había podido imponer al otro.