La puerta de piedra se cerró detrás de nosotros con un estruendo que pareció sacudir las entrañas mismas de la tierra.
Durante unos segundos no escuché nada.
Ni las voces de Richard.
Ni los pasos de la Marquesa de Ashford.
Ni siquiera el eco lejano de la lluvia que, hacía apenas unos minutos, golpeaba las ventanas de Saint Bartholomew.
Solo escuchaba mi propia respiración.
Rápida.
Entrecortada.
Y la de Alexander, tan cerca de mí que podía sentir el movimiento de su pecho en la oscuridad.
—Arabella.
Su voz fue lo primero que consiguió atravesar mi aturdimiento.
—Estoy aquí.
Extendí una mano.
Mis dedos encontraron los suyos.
Alexander me la tomó inmediatamente.
No necesitábamos vernos para saber que estábamos allí.
Juntos.
Encerrados.
Y quizá atrapados por algo que llevaba décadas esperando precisamente aquel momento.
La llama de una pequeña lámpara de aceite, instalada en una hornacina de la pared, comenzó a arder sin que ninguno de los dos la hubiera encendido.
Me quedé inmóvil.
Alexander también.
—¿Has visto eso?
—Sí.
La luz tembló.
Y entonces pude ver la habitación.
Era mucho más pequeña que la cámara anterior.
Las paredes estaban cubiertas de piedra antigua y húmeda. No había ventanas. No había otra puerta visible. En el centro había una mesa de mármol negro.
Sobre ella descansaba un objeto.
Un libro.
Un libro enorme, encuadernado en cuero oscuro.
Me acerqué lentamente.
Alexander no soltó mi mano.
—No lo toques todavía —dijo.
Lo miré.
—¿Por qué?
—Porque alguien quería que encontráramos ese libro.
—Todo lo que hemos descubierto hasta ahora parece haber sido dejado para nosotros.
—Precisamente.
Sus palabras me provocaron un escalofrío.
Habíamos pasado semanas persiguiendo cartas, documentos, fotografías, testimonios y secretos.
Cada respuesta había abierto dos preguntas.
Cada muerto había dejado una sombra.
Cada persona que aseguraba conocer la verdad parecía esconder una parte distinta de ella.
Y ahora aquel libro nos esperaba en una habitación de piedra.
Como si hubiese sido colocado allí mucho antes de que nosotros llegáramos.
Me acerqué.
En la cubierta no había título.
Solo un símbolo.
Dos círculos entrelazados.
Uno llevaba grabada una pequeña corona.
El otro, una flor.
Pasé los dedos por encima sin tocarlo completamente.
—¿Qué significa?
Alexander observó el símbolo.
Su rostro cambió.
—Lo he visto antes.
Lo miré inmediatamente.
—¿Dónde?
—En los documentos de mi padre.
Sentí que el corazón se me detenía.
—¿William?
Alexander asintió.
—Había un sello semejante en algunos papeles que encontré cuando era niño. Siempre pensé que pertenecía a una sociedad aristocrática.
—¿Y ahora?
—Ahora creo que estaba relacionado con el Consejo.
Mi estómago se contrajo.
—Entonces este libro puede decirnos quiénes eran.
Alexander permaneció callado.
Después levantó la mano y la apoyó sobre mi mejilla.
El gesto fue tan inesperado que cerré los ojos.
—Antes de abrirlo —susurró— necesito decirte algo.
Abrí los ojos.
Sus pupilas grises parecían más oscuras bajo aquella luz amarillenta.
—¿Qué?
—No sé qué significa ese registro.
—Yo tampoco.
—No sé quién es realmente Walter Vale.
Mi corazón dio un vuelco.
—Alexander…
—Escúchame.
Su mano permaneció sobre mi rostro.
—No importa lo que diga ese libro. No importa lo que diga ese registro. No importa quién haya firmado esos documentos.
—Pero sí importa quién soy.
—Sí.
Su voz se quebró apenas.
—Porque llevas toda la vida preguntándotelo.
Aparté la mirada.
Era cierto.
Desde que había descubierto que la historia de mi familia no era la historia que me habían contado, una pregunta había comenzado a perseguirme.
¿Quién era yo?
¿De dónde venía?
¿Por qué tantas personas habían arriesgado sus vidas para esconder mi origen?
¿Por qué habían separado a Gabriel de mí?
¿Por qué habían destruido documentos?
¿Por qué habían provocado un incendio?
¿Por qué alguien había intentado asesinarme?
Y, sobre todo…
¿Por qué Alexander estaba incluido en aquel registro?
Volví a mirarlo.
—El documento decía que tú y yo estábamos unidos por un pacto de sangre.
Alexander apretó la mandíbula.
—Lo sé.
—¿Qué significa?
—No lo sé.
—Pero tu familia sabía algo.
—Mi familia sabía demasiadas cosas.
—Y tú también.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—No todo lo que crees que sé es verdad, Arabella.
Aquella frase me dolió.
No porque desconfiara de él.
Sino porque sabía que era cierto.
Alexander había pasado años viviendo entre secretos.
Su padre había desaparecido.
Su hermano Edward había sido dado por muerto.
Adrian había sido borrado.
Richard había reaparecido.
William había aparecido y luego habíamos descubierto que incluso su identidad podía ser cuestionada.
Nada parecía tener una sola verdad.
Me acerqué un poco más.
—Entonces dime solamente una cosa.
—Lo que quieras.
—Cuando viste mi nombre junto al tuyo en ese registro… ¿tuviste miedo?
Alexander tardó en responder.
—Sí.
No esperaba aquella sinceridad.
—¿Por qué?
Respiró profundamente.
—Porque si ese documento fuera auténtico, significaría que alguien decidió nuestro destino antes de que pudiéramos elegirlo.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Y si no lo fuera?
Alexander acarició suavemente mi mejilla.
—Entonces tenemos algo que nadie puede quitarnos.
—¿Qué?
—La posibilidad de elegirnos.