La palabra quedó suspendida en el aire.
—La Reina.
Nadie se movió.
Nadie respiró.
Durante unos segundos tuve la extraña sensación de que incluso las llamas que consumían Ravensmere habían dejado de crepitar para escuchar aquella revelación.
Edward permanecía frente a nosotros.
Su rostro estaba cubierto de pequeñas manchas de sangre y hollín. La herida que había recibido días atrás todavía no había cicatrizado por completo, pero parecía no sentir dolor.
O quizá estaba demasiado acostumbrado a él.
Alastair seguía junto a la mesa de piedra.
El anciano había envejecido diez años en una sola noche.
Y Alexander…
Alexander permanecía a mi lado.
Su mano todavía sostenía la mía.
No me había soltado desde que habíamos escapado de las profundidades de Ravensmere.
Apreté sus dedos.
Necesitaba sentir algo real.
Algo que no fuera un documento.
Algo que no fuera una mentira.
Algo que no fuera otro nombre oculto.
—Explícalo —dijo Alexander.
Edward lo miró.
—Ya lo hice.
—No.
La voz de Alexander fue fría.
—Dijiste que la Reina recibió una copia del documento hace veinticinco años. Eso no explica nada.
Edward bajó los ojos hacia el papel.
El documento que Alastair había encontrado estaba extendido sobre la mesa.
El mismo documento que había puesto mi vida patas arriba.
La misma hoja que contenía aquella línea:
PADRE DE LA HEREDERA: E. RAVENSHIRE.
Y debajo:
PROGENITOR. IDENTIDAD OCULTA POR ORDEN DEL CONSEJO.
Mi mirada volvió a detenerse en la letra.
E.
Una sola letra.
Una condena.
Una esperanza.
Una mentira.
Tal vez las tres cosas al mismo tiempo.
—¿La copia que recibió la Reina era idéntica a esta? —pregunté.
Edward negó lentamente con la cabeza.
—No.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué quieres decir?
—Que esta no es la versión completa.
Alastair levantó la mirada.
—¿Cómo lo sabes?
Edward lo observó con dureza.
—Porque yo vi la otra.
El anciano permaneció en silencio.
—¿Dónde? —preguntó Alexander.
—En Londres.
—¿En qué lugar?
Edward no respondió.
Alexander dio un paso hacia él.
—Edward.
—No me obligues.
—Te estoy pidiendo la verdad.
—Y yo te estoy diciendo que todavía no puedo dártela.
—¿Por qué?
Edward lo miró fijamente.
—Porque si te digo dónde está, habrá personas que irán allí antes que nosotros.
—¿El Consejo?
Edward negó.
—No solamente el Consejo.
Un silencio pesado cayó sobre nosotros.
—¿Quién más? —pregunté.
Edward me miró.
Y su respuesta fue casi un susurro.
—La Corona.
Sentí que el frío me recorría desde la nuca hasta las manos.
La Corona.
Hasta ese momento, todo lo que habíamos descubierto parecía pertenecer a nuestro pequeño universo de familias aristocráticas, matrimonios arreglados, herencias y secretos.
Pero ahora aparecía algo mucho más grande.
Mucho más poderoso.
Y, de repente, comprendí que quizá nunca habíamos estado solos en aquella historia.
Quizá alguien había observado.
Esperado.
Guardado documentos.
Y permitido que algunas personas desaparecieran mientras otras cambiaban de nombre.
—No entiendo —dije.
Edward se acercó a mí.
—Hace veinticinco años alguien entregó un documento a la Corona.
—¿Quién?
—Eso es lo que todavía no sé.
—¿Y qué decía?
Edward miró a Alexander.
Después a mí.
—Decía quién era realmente la heredera.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Yo?
—Sí.
La respuesta fue inmediata.
—¿Y decía quién era mi padre?
Edward no contestó.
No necesitaba hacerlo.
Su silencio fue suficiente.
—Sí —dije.
Él cerró los ojos durante un instante.
—Sí.
Sentí que las piernas me temblaban.
Alexander se acercó.
—Arabella.
—Estoy bien.
—No lo estás.
—Necesito saberlo.
Alexander me miró.
—Lo sé.
Volví a mirar a Edward.
—¿Quién era?
Edward apretó la mandíbula.
—No lo sé.
—Acabas de decir que viste el documento.
—Vi el documento.
—Entonces viste el nombre.
—Sí.
—¿Y?
Edward bajó la mirada.
—No puedo recordar todo.
—¿No puedes?
—No.
—¿O no quieres?
Edward recibió aquella pregunta como un golpe.
Durante unos segundos no dijo nada.
Luego respondió:
—No sé cuál de las dos cosas es peor.
Aquella respuesta no me tranquilizó.
Me llenó de miedo.
Porque durante semanas había empezado a comprender que los recuerdos podían ser armas.
Una palabra podía haber sido borrada.
Un rostro podía haber sido reemplazado.
Una identidad podía haber sido fabricada.
Incluso un hermano podía ser presentado como otro.
Habíamos descubierto demasiado como para seguir creyendo que la verdad era simplemente una puerta que había que abrir.
La verdad era un laberinto.
Y cada vez que encontrábamos una salida, aparecía otra puerta.
—¿Qué recuerdas? —pregunté.
Edward respiró profundamente.
—Recuerdo una habitación.
—¿Dónde?
—En Londres.
—¿Un palacio?
—No exactamente.
—¿Entonces?
—Una biblioteca.
Me acerqué.
—¿Qué había allí?
Edward cerró los ojos.
—Estantes.
—Eso es todo.
—No.
Abrió los ojos.
—Había un retrato.
Mi corazón se aceleró.
—¿De quién?
Edward tardó en contestar.
—De una mujer.
—¿Quién?
—No lo sé.
—Edward.
—Te estoy diciendo la verdad.
—¿La conocías?
—Creo que sí.
—¿Y ella me conocía?
Edward me miró.
—Creo que te conocía antes de que tú pudieras recordarla.