Han pasado diez años.
A veces me parece imposible que haya transcurrido tanto tiempo.
Diez años desde aquella noche en la capilla.
Diez años desde que rompí el sello del Consejo.
Diez años desde que pronuncié mi verdadero nombre sin miedo.
Aurelia Eleanor Vale-Ravenshire.
Durante mucho tiempo pensé que descubrir quién era sería el final de mi historia.
Ahora sé que apenas fue el comienzo.
Estoy sentada junto a la ventana de la biblioteca de Ravenshire mientras observo el jardín.
Es primavera.
Otra vez.
Los rosales están florecidos y el aire entra por la ventana entreabierta llevando consigo el aroma de la tierra húmeda.
Sobre mi escritorio hay varios documentos.
Pero ninguno es un documento del Consejo.
Ninguno contiene cláusulas secretas.
Ninguno decide el destino de una familia.
Son cartas.
Cartas de personas que viven en diferentes lugares y que escriben para contarme cómo han cambiado sus vidas desde la desaparición del Consejo.
Familias que volvieron a hablar.
Hermanos que se reencontraron.
Madres que pudieron contarles a sus hijos la verdad.
Mujeres que rechazaron matrimonios que no deseaban.
Hombres que comprendieron que un apellido no era una prisión.
Y, sobre todo, jóvenes que crecieron sin tener que cargar con secretos que no les pertenecían.
A veces pienso que esa fue mi verdadera herencia.
No las tierras.
No el título.
No el apellido.
La posibilidad de que otros pudieran elegir.
Tomo una de las cartas.
La leo.
Después sonrío.
La dejo junto a las demás.
Entonces escucho pasos en el corredor.
No necesito mirar para saber quién es.
—Sigues trabajando.
La voz de Alexander.
Diez años después, todavía consigue que mi corazón se acelere de la misma manera.
Me vuelvo.
Está apoyado contra el marco de la puerta.
Su cabello tiene algunas hebras plateadas ahora.
Muy pocas.
Sus ojos siguen siendo los mismos.
Grises.
Profundos.
Inconfundibles.
Pero hay algo diferente en él.
Ya no veo al hombre que conocí aquella primera vez.
El duque frío.
Distante.
Orgulloso.
El hombre que creía que sentir era una debilidad.
Ahora veo al hombre que aprendió a reír.
A abrazar.
A pedir perdón.
A decir “te amo” sin miedo.
—No estoy trabajando —respondo.
Alexander levanta una ceja.
—¿No?
—Estoy recordando.
Se acerca.
—Eso es peligroso.
—¿Por qué?
—Porque cuando recuerdas demasiado, terminas llorando.
Sonrío.
—Y tú sigues creyendo que llorar es peligroso.
—No.
Se sienta frente a mí.
—Ahora creo que llorar contigo es una de las pocas cosas que me hacen sentir completamente humano.
Lo miro.
Todavía consigue sorprenderme.
Después de diez años.
Todavía.
Alexander toma mi mano.
—¿Recuerdas el día de nuestra boda?
—Todos los días.
—¿Y recuerdas lo que te prometí?
—Que nunca decidirías por mí.
—Y cumplí.
Sonrío.
—Sí.
—¿Siempre?
Lo miro fijamente.
—Casi siempre.
Él ríe.
—Sabía que habría una excepción.
—Hay cosas sobre las que los duques no tienen autoridad.
—¿Por ejemplo?
Me acerco.
—Sobre mí.
Alexander sonríe.
—Eso lo aprendí hace mucho tiempo.
Apoya los labios sobre mi mano.
Y entonces escuchamos una carrera por el corredor.
Pasos pequeños.
Rápidos.
Demasiado rápidos.
Alexander y yo nos miramos.
—Ahí vienen —dice.
La puerta se abre de golpe.
—¡Mamá!
Una pequeña figura entra corriendo.
Mi corazón se llena inmediatamente.
Nuestra hija.
Tiene siete años.
Cabello castaño.
Ojos grises.
Una sonrisa que me recuerda a Alexander cuando intenta ocultar que está a punto de hacer alguna travesura.
Detrás de ella aparece su hermano mayor.
Diez años.
Más tranquilo.
Más parecido a mí.
Observa a su hermana con la expresión resignada de quien lleva toda su vida intentando evitar que ella convierta la casa en un desastre.
—Mamá —dice él—. Ella volvió a esconder el libro de papá.
Alexander se incorpora.
—¿Otra vez?
La pequeña levanta el mentón.
—No lo escondí.
—¿Entonces?
—Lo puse en un lugar seguro.
—¿Dónde?
Ella sonríe.
—No me acuerdo.
Me echo a reír.
Alexander me mira.
—No te rías.
—No puedo evitarlo.
—Se parece demasiado a ti.
—Eso es lo que te preocupa.
—Muchísimo.
Nuestra hija corre hacia mí.
La abrazo.
Y durante unos segundos cierro los ojos.
Siento su pequeño cuerpo entre mis brazos.
Y pienso en otra mujer.
Una mujer que, veinticinco años atrás, sostuvo a una niña recién nacida entre sus brazos mientras sabía que debía entregarla para salvarla.
Mi madre.
Eleanor.
Todavía vive.
Y todavía, algunas tardes, nos sentamos juntas a hablar de todo lo que perdimos.
Pero ahora también hablamos de todo lo que ganamos.
Mi padre, Walter, se convirtió en el hombre más paciente que he conocido.
Richard sigue visitándonos con frecuencia.
Edward finalmente construyó una vida propia lejos de las sombras.
Adrian encontró una paz que nunca creyó posible.
William envejeció con la tranquilidad de saber que su hijo y yo no repetimos sus errores.
Thomas Bellamy murió unos años atrás.
Clara estuvo junto a él hasta el final.
Su diario, aquel pequeño libro que ayudó a revelar tantos secretos, ahora descansa en la biblioteca de Ravenshire.
No como una prueba de un crimen.
Sino como testimonio de una época que jamás debe repetirse.
Mi hijo se acerca.