La mano se cerró alrededor de mi muñeca.
Fría.
Firme.
Demasiado fuerte.
Intenté gritar, pero una segunda mano cubrió mi boca.
Todo ocurrió en apenas un segundo.
La habitación había quedado completamente a oscuras.
No podía distinguir a Alexander.
No podía ver a mi madre.
No podía ver a Edmund.
Ni siquiera sabía dónde estaba Gabriel.
Solo podía escuchar respiraciones agitadas, pasos apresurados y el ruido metálico de un arma siendo preparada.
Y aquella mano.
Aquella mano que me arrastraba hacia atrás.
Intenté resistirme.
La persona que me sujetaba acercó los labios a mi oído.
—No grites.
Reconocí la voz.
Mi corazón se detuvo.
—Si quieres vivir, ven conmigo.
Era Bennett.
Pero ¿cómo?
El hombre al que acabábamos de ver en la torre.
El hombre que todos creíamos que era Richard.
El hombre que había sido señalado como el responsable del incendio.
El hombre cuyo nombre aparecía en el libro del Consejo.
Y ahora Bennett estaba detrás de mí.
Vivo.
Real.
Sujetándome.
Intenté apartarme.
—Escúchame —susurró—. No tienes tiempo.
Logré retirar su mano de mi boca.
—¿Dónde está Alexander?
—No confíes en nadie.
—¿Dónde está Alexander?
—Arabella…
—¡¿Dónde está?!
—Si gritas, nos encontrarán.
Una voz surgió en la oscuridad.
—¡Arabella!
Alexander.
Su voz.
La reconocería incluso entre cien hombres.
—¡Alexander!
Intenté correr hacia él.
Bennett me sujetó.
—¡No!
—¡Suéltame!
—¡Es una trampa!
—¡Alexander!
Entonces una lámpara se encendió.
Una sola.
La luz iluminó parcialmente la habitación.
Y lo que vi hizo que mi corazón se paralizara.
Alexander estaba de pie junto a la puerta.
Su arma apuntaba directamente hacia mí.
Pero no hacia Bennett.
Hacia mí.
—Arabella…
Su rostro estaba completamente desencajado.
—No te muevas.
Bennett me colocó detrás de él.
—¡Baja el arma!
Alexander no obedeció.
—Suéltala.
—No.
—Bennett, suéltala ahora.
—Si disparas, la matarás.
—No voy a disparar.
—Entonces baja el arma.
Alexander apretó los dientes.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque no eres Bennett.
El anciano quedó inmóvil.
Yo también.
—¿Qué?
Alexander señaló su rostro.
—El verdadero Bennett está muerto.
Sentí que el suelo desaparecía.
—No…
El hombre detrás de mí soltó lentamente mi muñeca.
—Entonces ya no sé quién soy.
La lámpara volvió a apagarse.
Gritos.
Un disparo.
Cristales rompiéndose.
Me agaché.
Alexander gritó mi nombre.
—¡ARABELLA!
Sentí que alguien me empujaba.
Caí al suelo.
Una mano me levantó.
Corrí sin saber hacia dónde.
Solo quería encontrar a Alexander.
—¡Alexander!
—¡Aquí!
Su voz estaba cerca.
Corrí hacia ella.
Unos brazos me rodearon.
Lo reconocí por el olor de su ropa, por el calor de su cuerpo, por la forma en que me sostuvo.
—Dios mío…
Me aferré a él.
—Pensé que te había perdido.
Alexander me abrazó con fuerza.
—Yo también.
—¿Estás herido?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
Lo miré.
En la oscuridad apenas podía distinguir su rostro.
—¿Qué ocurrió?
—No lo sé.
—¿Dónde están los demás?
Alexander miró alrededor.
—Separados.
—¿Mi padre?
—No lo encuentro.
Sentí que el corazón me volvía a doler.
—¿Gabriel?
—Tampoco.
—¿Mi madre?
Silencio.
—No sé dónde está.
Me aferré a su brazo.
—Tenemos que encontrarlos.
—Sí.
Entonces una voz llegó desde la oscuridad.
—No tendrán que buscar mucho.
Era Richard.
O el hombre que decía ser Richard.
Alexander levantó el arma.
—¿Dónde están?
—Algunos están donde deben estar.
—¿Dónde?
—En el lugar donde comenzó todo.
Sentí un escalofrío.
—El incendio.
Richard sonrió.
—Exactamente.
La luz regresó.
Y entonces vi algo que jamás olvidaré.
La habitación estaba vacía.
No estaban Edmund.
No estaba Marianne.
No estaba Gabriel.
No estaba la Marquesa.
Solo Alexander y yo.
Y Richard.
De pie junto a la puerta.
Pero había algo diferente.
Ya no llevaba la máscara.
Y su rostro…
era idéntico al de la fotografía que habíamos encontrado años atrás.
La misma cicatriz.
La misma mirada.
La misma dureza.
—Tú eres Richard —dije.
Él asintió.
—Sí.
—¿Dónde están los demás?
—En Ravenshire.
—¿Quién los llevó?
—Ellos mismos.
—Eso no tiene sentido.
—En esta familia nada tiene sentido hasta que conoces toda la historia.
Alexander levantó el arma.
—Empieza a hablar.
Richard lo miró.
—¿Quieres saber quién fue responsable del incendio?
—Sí.
—¿Quién mató a William?
Alexander palideció.
—¿Qué?
Richard continuó:
—¿Quién encerró a Edmund?
—Sí.
—¿Quién hizo desaparecer a Gabriel?
—Sí.
—¿Quién creó al Consejo?
—Sí.
Richard sonrió.
—Entonces primero debes aceptar algo.
—¿Qué?
—Que ninguno de ustedes ha estado buscando a los culpables correctos.
Me acerqué.
—¿Entonces quién fue?
Richard me miró.
—Tu familia.
Sentí una punzada.
—¿Qué?
—Todos participaron.
—Eso es mentira.
—¿Lo es?
—Mi madre me protegió.
—Y te mintió.
—Edmund me amó.
—Y te ocultó.
—William…
Richard sonrió.
—William ni siquiera es William.
Sentí un escalofrío.
—¿Entonces quién es?
—Un sustituto.