—Gabriel Ravenshire.
El nombre quedó suspendido en el aire.
Nadie se movió.
Nadie respiró.
Durante unos segundos, incluso las llamas de las antorchas parecieron haberse quedado inmóviles.
Yo miraba a Alexander.
Él me miraba a mí.
Y en sus ojos había algo que me aterraba mucho más que cualquier documento, cualquier conspiración o cualquier hombre armado.
Reconocimiento.
Alexander conocía aquel nombre.
Lo había pronunciado como quien abre una puerta que llevaba años cerrada.
—¿Quién es? —pregunté.
Mi voz salió apenas como un susurro.
Alexander no contestó.
—Alexander.
Él apartó los ojos.
—No debería existir.
Sentí que un escalofrío me recorría.
—Eso ya me lo han dicho demasiadas veces.
—Arabella…
—No.
Me aparté de él.
—Esta vez no.
Miré a Richard.
—¿Quién es Gabriel Ravenshire?
Richard permanecía inmóvil.
Su rostro había perdido todo color.
—No lo sé.
—Mientes.
—No.
—¡Mientes!
Mi voz rebotó contra las paredes.
—Todos ustedes saben algo.
Miré a Lucian.
—Tú.
Después a Henry.
—Tú.
Finalmente a Marianne.
—Y tú.
Mi madre lloraba en silencio.
—Todos han pasado mi vida diciéndome que lo hacían para protegerme.
Sentí las lágrimas arderme en los ojos.
—Pero ¿quién me protege de ustedes?
Nadie respondió.
Me volví hacia Alexander.
—Tú dijiste que conocías ese nombre.
—Sí.
—Entonces habla.
Alexander respiró profundamente.
—Cuando tenía diez años, mi padre me llevó a su despacho.
Sentí que el corazón comenzaba a acelerarse.
—Era de noche.
—¿La noche del incendio?
—No.
Alexander negó.
—Fue unos días antes.
Richard levantó lentamente la cabeza.
—No recuerdo eso.
Alexander lo miró.
—Porque tú no estabas allí.
—¿Qué sucedió?
Alexander volvió a mirarme.
—Mi padre tenía un documento.
—¿Sobre mí?
—Sí.
—¿Y decía mi nombre?
—No.
Aquello me dejó confundida.
—Entonces ¿qué decía?
Alexander cerró los ojos.
—Decía que una niña iba a ser trasladada.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque alguien había descubierto que existías.
—¿Quién?
—Gabriel.
La habitación volvió a quedar en silencio.
—¿El hombre que supuestamente era mi padre?
Alexander negó.
—No lo sé.
—Acabas de decir que era él.
—Dije que el nombre aparecía relacionado contigo.
—No es lo mismo.
—Precisamente.
Se acercó.
—En esta historia, un nombre puede pertenecer a un hombre, a una identidad o a una mentira.
Aquella frase me hizo recordar todo.
Edward.
Adrian.
William.
Lord Beaumont.
Walter.
Incluso los distintos hombres que habían aparecido usando rostros ajenos.
—Entonces ¿quién era Gabriel Ravenshire?
Alexander bajó la voz.
—Un hombre que mi padre temía.
Henry se acercó lentamente.
—No era solamente eso.
Alexander lo miró.
—¿Qué quieres decir?
Henry se detuvo junto a nosotros.
—Gabriel era el único que conocía el origen verdadero del pacto.
—¿Qué pacto? —pregunté.
—El que convirtió a los Ravenshire en guardianes de algo que no debía caer en manos equivocadas.
Lucian intervino.
—Eso es suficiente.
Henry se volvió.
—No.
—Henry.
—Durante dieciocho años hemos permitido que ella viva entre mentiras.
—Porque estaba viva.
—No gracias a ti.
Lucian dio un paso hacia él.
—Cuidado.
—No me amenaces.
Richard se interpuso.
—¡Basta!
Todos callaron.
Richard miró a Henry.
—¿Dónde está Gabriel?
Henry bajó la mirada.
—No lo sé.
—Tú lo sabes.
—No.
—¡Tú estabas con él!
Henry apretó los dientes.
—Hace dieciocho años.
—Pero lo viste.
—Sí.
—Entonces dime qué ocurrió.
Henry respiró profundamente.
—Gabriel Ravenshire murió.
Sentí que el corazón se me hundía.
—¿Murió?
Henry asintió.
—Eso es lo que creí.
—¿Y ahora?
—Ahora ya no estoy seguro de nada.
Miré la fotografía.
Aurelia.
Ese nombre seguía quemándome la mente.
—Si Gabriel murió, ¿por qué su nombre aparece relacionado conmigo?
Nadie respondió.
Hasta que Marianne habló.
—Porque hubo dos Gabriel.
Me giré lentamente.
—¿Dos?
Marianne se llevó una mano al pecho.
—Uno nació con ese nombre.
—¿Y el otro?
Ella me miró.
—Fue creado.
Sentí que el aire desaparecía.
—¿Creado?
—No literalmente.
Marianne cerró los ojos.
—Una identidad.
Comprendí.
Otro sustituto.
Otro rostro.
Otra mentira.
—¿Mi hermano?
Marianne no respondió.
—¿El Gabriel que está conmigo?
Silencio.
—Mamá.
Ella comenzó a llorar.
—No sé quién es tu hermano.
La frase me destrozó.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Porque el niño que yo conocí…
Se detuvo.
—No sé si era Gabriel.
Me llevé una mano a la boca.
El hombre que durante tantos capítulos había considerado mi hermano podía ser otro sustituto.
Otra pieza.
Otra mentira.
—Entonces ¿dónde está el verdadero Gabriel?
Marianne me miró.
—Eso es lo que hemos intentado descubrir durante dieciocho años.
Un ruido llegó desde el corredor.
Todos nos volvimos.
La puerta se abrió lentamente.
Y apareció Clara.
Mi doncella.
Mi amiga.
Mi refugio durante tantos días de miedo.
Estaba empapada por la lluvia.
Su vestido estaba cubierto de barro.
Tenía el cabello desordenado.
Y en su mano llevaba una pequeña caja de madera.