—Hola, hermana.
Durante varios segundos no pude responder.
La palabra quedó suspendida en aquella cámara subterránea como si alguien hubiera pronunciado una blasfemia.
Hermana.
No.
No podía ser.
Había pasado veinticinco años sin saber quién era realmente.
Había descubierto que Marianne quizá no era mi madre biológica.
Había escuchado el nombre de Eleanor Vale.
Había visto documentos que afirmaban que Walter Vale era mi padre.
Había escuchado a Edmund decir que me había amado como a una hija aunque quizá no fuera mi padre biológico.
Había descubierto que Gabriel había sido separado de mí.
Había conocido historias sobre Edward, Adrian, Richard y hombres que oficialmente habían muerto hacía años.
Y ahora aparecía una mujer que aseguraba compartir mi sangre.
Una mujer con mi rostro.
Mis ojos.
Mi cabello.
Mi misma forma de mirar cuando estaba asustada.
La observé sin poder apartar los ojos.
Era ligeramente mayor que yo.
Quizá unos minutos.
Quizá unas horas.
Llevaba un vestido oscuro, sencillo, impropio de una dama de su posición.
No llevaba joyas.
No llevaba guantes.
Y en su mano derecha sostenía una fotografía.
Mi fotografía.
La reconocí inmediatamente.
Era una imagen tomada cuando yo tenía aproximadamente seis años.
Aparecía sentada en los jardines de Hawthorne Manor, con un vestido blanco y una cinta azul en el cabello.
Siempre había pensado que aquella fotografía se había perdido.
Pero aquella mujer la tenía.
—¿Quién eres? —pregunté finalmente.
Mi voz apenas parecía mía.
Ella dio un paso hacia mí.
Alexander me sujetó del brazo.
No para detenerme.
Para recordarme que no estaba sola.
La mujer observó el gesto.
Después sonrió tristemente.
—Él siempre te protege.
Miré a Alexander.
—¿Lo conoces?
Ella negó con la cabeza.
—No personalmente.
Entonces miró a Richard.
—Pero sé quién es.
Richard permanecía inmóvil.
Su expresión había cambiado.
Ya no parecía el hombre que controlaba la habitación.
Por primera vez desde que lo conocíamos, parecía verdaderamente desconcertado.
—Esto no estaba previsto —murmuró.
Eleanor lo escuchó.
—Nada de esto está previsto ya.
Richard levantó el arma.
—Tú debías permanecer escondida.
La mujer sonrió.
—Y tú debías estar muerto.
Silencio.
Sentí un escalofrío.
Aquella frase podía aplicarse a demasiadas personas en nuestra historia.
Edward.
William.
Edmund.
Richard.
Lord Hawthorne.
Incluso la propia Eleanor.
Todos parecían haber muerto alguna vez.
Todos habían regresado.
Todos llevaban consigo una parte de la verdad.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
La mujer volvió a mirarme.
Sus ojos se humedecieron.
—Victoria.
El nombre que acababa de leer en el árbol genealógico.
Victoria Vale.
La primera heredera.
La niña que, según Eleanor, había muerto veinticinco años atrás.
—Victoria Vale.
Ella asintió.
—Aunque durante muchos años tuve otro nombre.
—¿Cuál?
Su expresión se volvió sombría.
—Eso es precisamente lo que quieren que olvides.
Alexander dio un paso adelante.
—Empieza por el principio.
Victoria lo miró.
—No existe un principio.
—Entonces empieza por lo que sabes.
Ella sostuvo la fotografía contra su pecho.
—Sé que nacimos con pocas horas de diferencia.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Qué?
—Tú naciste primero.
No respiré.
—Yo nací primero.
—Sí.
—Y tú…
—Nací después.
—¿Cuánto después?
Victoria bajó la mirada.
—No lo sé con certeza.
Richard soltó una risa seca.
—Porque no hay registro.
Eleanor lo fulminó con la mirada.
—Lo destruiste.
—No fui yo.
—Pero ayudaste.
Richard apretó los dientes.
Alexander observaba a ambos.
—¿Son hermanas gemelas?
Eleanor respondió antes que Victoria.
—No.
Mi corazón golpeó con fuerza.
—Entonces ¿qué somos?
Victoria se acercó.
—Hermanas.
Nada más.
Nada menos.
Pero yo necesitaba saberlo.
—¿Quién es nuestra madre?
La pregunta provocó un silencio profundo.
Miré a Eleanor.
Ella cerró los ojos.
—Esa es la pregunta que todavía no puedo responderte.
Sentí una punzada de rabia.
—¡Estoy cansada!
Mi voz resonó contra las paredes.
—¡Estoy cansada de que todos sepan algo sobre mí menos yo!
Nadie habló.
Las lágrimas comenzaron a caerme.
—Toda mi vida alguien ha decidido qué debía saber. Marianne. Lord Hawthorne. Edmund. William. Richard. Eleanor. Walter. Todos.
Miré a Alexander.
—Incluso tú.
Él no se defendió.
Solo me miró.
—Lo sé.
—¿Y ahora resulta que tengo una hermana que debía estar muerta?
Victoria dio otro paso.
—No debía estar muerta.
—Entonces ¿por qué todos lo creyeron?
Ella bajó la fotografía.
—Porque alguien necesitaba que tú fueras la única.
La frase me estremeció.
—¿La única qué?
Victoria miró el árbol genealógico.
—La única heredera visible.
Alexander comprendió algo.
—Para que el Consejo pudiera controlarla.
Victoria asintió.
—Exactamente.
Richard se volvió hacia ella.
—No sabes de qué estás hablando.
Victoria lo miró.
—Sé más de lo que tú quisieras.
—Estuviste escondida.
—Porque tú ayudaste a esconderme.
Richard quedó en silencio.
Entonces entendí.
—Richard sabía que estabas viva.
Victoria asintió.
—Desde hace años.
—¿Cuántos?
—Desde el principio.