El Duque Que Nunca DebiÓ Amarme

CAPÍTULO 52 EL ROSTRO DEL HOMBRE QUE AMO

—No sé quién soy.

Las palabras de Alexander permanecieron suspendidas en aquella cámara subterránea.

No había orgullo en su voz.

No había arrogancia.

No había siquiera la seguridad del duque que tantas veces había visto dominar un salón entero con una sola mirada.

Solo había miedo.

Y por primera vez desde que lo conocía, vi a Alexander Ravenshire completamente indefenso.

Me acerqué.

Muy despacio.

Él no retrocedió.

—Mírame.

Lo hizo.

Sus ojos grises encontraron los míos.

Y por un instante no vi al duque.

No vi al heredero.

No vi al hombre atrapado entre dos identidades.

Vi al hombre que había amado.

Al hombre que había sostenido mi mano cuando creí que iba a morir.

Al hombre que había permanecido junto a mi cama.

Al hombre que había enfrentado a hombres armados por mí.

Al hombre que me había dicho que, aunque olvidara todo, volvería a elegirme.

Pero ahora una voz dentro de mí preguntaba:

¿Y si no era él?

Me odié por pensar aquello.

Pero no pude evitarlo.

—¿Recuerdas tu infancia? —pregunté.

Alexander cerró los ojos.

—Fragmentos.

—¿Tu padre?

—Sí.

—¿Tu madre?

—Sí.

—¿Richard?

—Sí.

—¿Edward?

—Sí.

—¿Adrian?

—Sí.

—¿Henry?

—Sí.

—¿Y yo?

Alexander abrió los ojos.

Me miró.

—A ti te recuerdo de una manera que no sé explicar.

Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.

—¿Cómo?

—Como una ausencia.

Aquella respuesta me estremeció.

—¿Una ausencia?

—Sí.

Se acercó.

—Durante años tuve la sensación de que había olvidado a alguien.

—¿A mí?

—No sabía tu nombre.

Me tomó la mano.

—Pero cuando te vi por primera vez en aquel baile…

Su voz se quebró.

—Sentí que ya te había perdido una vez.

No pude contener las lágrimas.

Alastair observaba en silencio.

—Eso no demuestra quién eres —dijo.

Me volví hacia él.

—¿Qué quieres decir?

—Un recuerdo puede ser implantado.

Sentí un escalofrío.

—¿Implantado?

—Sí.

—Entonces ¿cómo sabemos qué es verdad?

Alastair señaló el libro.

—Por las cosas que no pueden fingirse.

—¿Qué cosas?

—La sangre.

—¿Otra vez la sangre?

—No hablo de un pacto.

Abrió un cajón.

Sacó una pequeña caja de madera.

—Hablo de una prueba.

Alastair colocó la caja sobre la mesa.

Era pequeña.

Antigua.

Tenía un cierre de plata.

La abrió.

Dentro había cinco pequeños objetos.

Una medalla.

Una llave.

Un anillo.

Una moneda.

Y un reloj diminuto.

Los cinco parecían pertenecer a épocas diferentes.

—¿Qué son? —pregunté.

—Objetos que pertenecieron a los cinco niños.

Richard se acercó.

—¿Los conservaste?

—Sí.

—¿Durante todos estos años?

—Sí.

Alastair colocó cada objeto frente a un nombre.

Alexander.

Richard.

Edward.

Adrian.

Aurelia.

Mi corazón se aceleró.

—¿Cómo pueden demostrar quién es quién?

Alastair miró a Alexander.

—Porque cada objeto fue elegido por el propio niño.

—¿Y qué importa?

—El objeto contiene un recuerdo que nadie más conoce.

Alexander frunció el ceño.

—¿Un recuerdo?

—Una frase.

—¿Cuál?

—Eso deberá decirlo él.

Alastair tomó el reloj.

—El verdadero Alexander lo llevaba el día que desapareció.

Se lo entregó.

Alexander lo observó.

Su expresión cambió.

—No.

—¿Qué ocurre?

—Lo conozco.

—¿De dónde?

Alexander acarició la tapa.

—Mi padre me lo dio.

Alastair negó.

—No.

Alexander levantó la mirada.

—Sí.

—Ese reloj no pertenecía a William.

—¿Entonces?

—A ti.

Alexander quedó inmóvil.

—¿Qué quieres decir?

—Fue tuyo antes de que William te lo entregara.

—Eso no tiene sentido.

Alastair se acercó.

—Porque no te lo entregó William.

Silencio.

—Te lo devolvió.

Sentí un escalofrío.

—¿De quién era originalmente?

Alastair miró a Alexander.

—De tu madre.

Alexander cerró los ojos.

—No recuerdo a mi madre dándomelo.

—Porque eras demasiado pequeño.

—¿Entonces cómo sabes que era suyo?

—Porque yo estaba allí.

Richard intervino:

—¿Dónde?

—En Ravensmere.

—¿Antes del incendio?

—Sí.

—¿Y qué ocurrió?

Alastair observó el reloj.

—Tu madre se lo dio a Alexander para que pudiera encontrarla.

—¿Encontrarla?

—Sí.

Alexander frunció el ceño.

—¿Por qué necesitaría encontrarla?

Alastair tardó unos segundos.

—Porque tu madre sabía que alguien iba a intentar separarlos.

—¿Quién?

—William.

Alexander apretó el reloj.

—Entonces mi padre…

—No era el hombre que creías.

—Eso ya lo sé.

Alastair negó.

—No.

—¿Qué no sé?

—Que William no era quien comenzó la conspiración.

Todos quedamos inmóviles.

—¿Entonces quién? —pregunté.

Alastair miró hacia la puerta.

—Mi hijo.

Richard frunció el ceño.

—¿Cuál?

Alastair lo miró.

—El que todos creyeron muerto.

Mi corazón comenzó a latir.

—¿Henry?

Alastair negó.

—No.

—¿William?

—No.

—¿Richard?

—No.

—¿Entonces?

Alastair no respondió.

Y en ese instante comprendí que aún quedaba un nombre que había evitado pronunciar durante demasiado tiempo.

—¿Edmund?

Alastair me miró.

—Sí.

Sentí que el mundo se detenía.

Edmund.

El hombre que había sido presentado como mi padre.

El hombre que había dicho amarme.




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