La vi.
Y durante un instante pensé que estaba contemplando mi propio reflejo entre las llamas.
Una mujer.
De pie en la ventana de la habitación azul.
Su vestido era oscuro y estaba cubierto de polvo.
Su cabello, largo y negro, caía sobre sus hombros.
Tenía mi misma forma de rostro.
Mis mismos ojos.
La misma línea delicada de la nariz.
Incluso la misma pequeña marca junto a la ceja.
Pero había algo diferente.
Algo que me hizo sentir un miedo que ninguna de las revelaciones anteriores había conseguido provocarme.
Ella no parecía sorprendida de verme.
Parecía haber estado esperándome.
Y sonreía.
No una sonrisa de alegría.
Una sonrisa de alguien que sabía algo que yo ignoraba.
—¿Quién es? —preguntó Alexander a mi lado.
No pude responder.
La mujer levantó lentamente la mano.
En ella sostenía una hoja de papel.
La página que todos buscábamos.
La página que podía revelar la verdad.
La acercó al fuego.
—¡No! —grité.
La mujer sonrió.
Y dejó caer la página.
El viento la levantó.
El papel comenzó a descender lentamente, girando entre las llamas.
Alexander me sujetó.
—¡Arabella, atrás!
Pero yo corrí.
No pensé.
No razoné.
Solo corrí hacia la entrada de Ravenshire.
—¡Arabella! —gritó Alexander.
Empujé las puertas.
El calor me golpeó de inmediato.
El humo me hizo toser.
El ala oeste estaba ardiendo.
Otra vez.
Como hacía dieciocho años.
Como si el pasado hubiese regresado para reclamarme.
—¡La habitación azul! —grité.
Alexander apareció detrás de mí.
—No vas a entrar.
—La página está ahí.
—¡El edificio está ardiendo!
—¡Necesito esa página!
Alexander me sujetó por los hombros.
—No voy a perderte por un documento.
Lo miré.
Sus ojos grises estaban llenos de miedo.
—Si no la encontramos, quizá nunca sepamos la verdad.
—Y si entras ahí, quizá nunca salgas.
—Entonces ven conmigo.
Se quedó inmóvil.
Después suspiró.
—Siempre consigues que haga las cosas más insensatas.
—¿Te arrepientes?
—Nunca cuando se trata de ti.
Tomó mi mano.
Y entramos.
El pasillo estaba cubierto de humo.
Las pinturas antiguas se desprendían de las paredes.
Los cristales estallaban.
Las alfombras comenzaban a arder.
El sonido del fuego era ensordecedor.
Pero debajo de todo aquello había algo más.
Un sonido que me resultaba familiar.
Un reloj.
Una campana.
Una.
Dos.
Tres.
Me detuve.
—Alexander.
—¿Qué?
—Escucha.
Él también lo oyó.
Una campana estaba sonando.
No desde la torre.
Desde dentro de la casa.
Trece campanadas.
Sentí un escalofrío.
—La decimotercera campanada.
Alexander me miró.
—Pensé que aquello había terminado.
—Nada termina.
Continuamos.
Llegamos al corredor oeste.
La puerta estaba abierta.
Las llamas salían por ella.
La habitación azul.
La misma habitación que había aparecido una y otra vez en nuestra historia.
Alexander intentó entrar.
Lo detuve.
—Espera.
—¿Qué?
Miré el suelo.
Había huellas.
Varias.
Pero entre ellas había unas pequeñas.
Como las de una mujer.
Habían sido dejadas recientemente.
—Ella estuvo aquí.
—¿La mujer?
Asentí.
Alexander sacó su arma.
—Entonces todavía puede estar dentro.
Entramos.
La habitación era irreconocible.
Las cortinas ardían.
Los muebles estaban cubiertos de ceniza.
El gran espejo del fondo se había roto.
Y en el centro había una caja.
Una caja de hierro.
Mi corazón se detuvo.
—La caja de William.
Alexander se acercó.
—No puede ser.
La observó.
—Yo creía que había desaparecido.
—Richard dijo que la vio arder.
Alexander negó.
—Entonces alguien puso otra.
Me arrodillé.
La caja tenía el símbolo de los dos círculos.
Pero también tenía algo más.
Una pequeña inscripción.
PARA LA HIJA QUE SOBREVIVA.
Mi respiración se detuvo.
Alexander se arrodilló junto a mí.
—No la abras.
—¿Por qué?
—Porque puede ser una trampa.
—Todo lo que hemos encontrado puede ser una trampa.
—Precisamente.
Lo miré.
—Pero esta vez tenemos que abrirla.
Alexander sacó una pequeña herramienta.
Intentó forzar la cerradura.
No cedió.
Probó otra vez.
Nada.
Entonces recordé algo.
La marca de mi palma.
La apoyé sobre la tapa.
La caja se abrió.
Alexander me miró.
—Esto ya empieza a ser inquietante.
Dentro había tres objetos.
Una fotografía.
Una llave.
Y un sobre.
Tomé la fotografía.
Era antigua.
En ella aparecían tres bebés.
Tres cunas.
Tres niñas.
Sentí que el corazón se me detenía.
—No…
Alexander observó la fotografía.
—Tres.
—Tres niñas.
—Sí.
En el reverso había una inscripción.
LAS TRES NACIERON LA MISMA NOCHE.
Sentí que el aire desaparecía.
—Victoria.
Alexander asintió.
—Y tú.
—¿Y la tercera?
No respondió.
Miré el rostro de la mujer que había aparecido en la ventana.
La respuesta parecía imposible.
—Ella.
Alexander guardó silencio.
Abrí el sobre.
Dentro había una carta.
La tinta estaba parcialmente descolorida.
Comencé a leer.
“Si alguna vez llegan a encontrar esta carta, significa que el Consejo ha fracasado en borrar la existencia de las tres.”
Mis manos comenzaron a temblar.
“No son tres herederas.”
Pasé la página.