No respiré.
No me atreví a hacerlo.
Permanecí inmóvil frente a la puerta, con la mano suspendida a pocos centímetros del picaporte, mientras aquellas palabras atravesaban mi mente una y otra vez.
No podemos permitir que Arabella llegue viva a la cripta.
La voz de Alexander.
La reconocería entre mil.
Podría haber estado en medio de una multitud, detrás de una pared, en una tormenta o entre cien hombres hablando al mismo tiempo.
Era su voz.
La misma voz que tantas veces había pronunciado mi nombre de una manera que conseguía hacerme olvidar el mundo.
Pero ahora había pronunciado mi nombre para hablar de mi muerte.
Sentí un frío terrible en las manos.
Retrocedí.
Un paso.
Después otro.
La habitación parecía haberse vuelto más pequeña.
Miré la puerta.
Del otro lado seguían escuchándose voces.
—¿Estás seguro? —preguntó Adrian.
Hubo unos segundos de silencio.
Después Alexander respondió:
—No hay otra manera.
Sentí que algo se quebraba dentro de mí.
Me llevé una mano al pecho.
No.
No podía ser.
No después de todo lo que habíamos vivido.
No después de aquella noche en el jardín de invierno.
No después de haberme prometido que, aunque perdiera su ducado, no perdería lo que sentía por mí.
Había confiado en él.
Le había entregado mi corazón.
Y ahora escuchaba su voz hablando de cómo impedir que yo llegara viva a una cripta.
Las lágrimas comenzaron a caer.
Pero no lloré.
Todavía no.
Porque una parte de mí se negaba a creerlo.
Y esa pequeña parte me obligó a pensar.
Si Alexander realmente quería matarme…
¿Por qué estaba hablando de ello detrás de mi puerta?
¿Por qué había venido hasta allí?
¿Por qué estaba con Adrian?
¿Y por qué parecía que ambos estaban discutiendo sobre algo que yo no comprendía?
Entonces recordé algo.
Las palabras de mi padre.
No confíes en nadie.
Las de Edward.
El hombre que hemos estado buscando sigue cerca.
Las de la Marquesa.
El amor puede convertirse en un arma.
Y finalmente las de Edmund:
No abras la puerta.
Todo parecía conducir hacia el mismo lugar.
La cripta.
Me alejé de la puerta.
No podía quedarme allí.
Si Alexander era realmente mi enemigo, debía escapar.
Si no lo era…
Entonces debía descubrir quién estaba detrás de aquella conversación.
Miré alrededor.
La habitación tenía una puerta que comunicaba con un pequeño vestidor.
Entré.
Aparté un biombo.
Había una ventana.
Era alta, pero podía llegar hasta ella.
Abrí los pestillos.
El aire frío de la noche entró inmediatamente.
Abajo había un pequeño balcón de piedra.
No era demasiado alto.
Podía bajar.
Me quité los zapatos.
Los dejé junto a la cama.
Después levanté ligeramente la falda del vestido y salí.
La piedra estaba helada bajo mis pies.
Miré hacia la oscuridad.
Y salté.
Caí sobre un pequeño techo cubierto de musgo.
El golpe me arrancó un gemido.
Me quedé inmóvil durante unos segundos.
Después me incorporé.
La falda estaba desgarrada.
Tenía una pequeña herida en la palma.
Pero estaba viva.
Y eso era lo único que importaba.
Miré hacia la ventana.
La puerta de mi habitación acababa de abrirse.
Alexander apareció.
Miró alrededor.
—¡Arabella!
Sentí que las lágrimas volvían a mis ojos.
No respondí.
Adrian apareció detrás de él.
—Se ha escapado.
Alexander permaneció inmóvil.
—¿Por dónde?
—Por la ventana.
—Tenemos que encontrarla.
Me cubrí la boca para evitar que escucharan mi respiración.
Alexander se acercó a la ventana.
Miró hacia abajo.
Durante un instante nuestros ojos se encontraron.
No podía saber si me había visto.
Después desapareció.
Esperé.
Un minuto.
Dos.
Finalmente escuché sus pasos alejándose.
Solo entonces me permití respirar.
Rodeé la mansión por el jardín.
La noche era oscura.
La niebla cubría los caminos.
Me oculté detrás de los árboles.
Nunca había sentido tanto miedo.
Pero tampoco había sentido una determinación semejante.
No iba a regresar a mi habitación.
No iba a enfrentarme a Alexander todavía.
Y no iba a abandonar Ravenshire.
Tenía que encontrar a Edmund.
Si realmente estaba vivo bajo la capilla, él era la única persona que podía decirme qué estaba sucediendo.
Caminé hacia la parte más antigua de la propiedad.
Recordaba el camino.
La capilla estaba detrás de una hilera de cipreses.
Pero antes de llegar escuché voces.
Me escondí.
Dos hombres caminaban por el sendero.
—El duque ya sabe dónde está.
—¿Y la muchacha?
—Todavía no.
—El Consejo la quiere viva.
El otro soltó una risa.
—No todos.
—¿Qué quieres decir?
—Hay quienes prefieren que muera antes de reclamar sus derechos.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién dio la orden?
—No preguntes.
—Pero necesitamos saber a quién obedecemos.
El hombre se detuvo.
—Al mismo hombre que ordenó el incendio.
Sentí que la sangre se me helaba.
Los dos continuaron caminando.
Esperé hasta que desaparecieron.
Entonces salí de mi escondite.
El mismo hombre que ordenó el incendio.
Todo regresaba al mismo punto.
La noche en que Edward desapareció.
La noche en que Edmund supuestamente murió.
La noche en que mi padre desapareció.
La noche en que mi vida cambió para siempre.
Y ahora…
Alguien quería repetir la historia conmigo.