Ana estaba sentada frente a su escritorio cuando tomó el teléfono.
Su habitación recibía la luz de la tarde por una ventana junto a la cama. Sobre una de las almohadas había un par de peluches y, junto a ellos, algunas prendas que todavía no había guardado. En el escritorio se acumulaban libros, libretas y pequeñas cosas que usaba para la universidad.
—Sandra, ¿Aún tienes boletos para la sinfónica de mañana? —preguntó cuando respondieron.
—¿Por qué preguntas?
—Quiero escucharte tocar. Y Daniela quiere ir también. Además, hace rato que ya no voy.
Sandra tardó unos segundos en responder. —Bueno… si tú quieres, quizá pueda conseguir algunos.
—Perfecto. Y podrías darme otro más.
—¿Para quién?
—Para mi Iván. Seguro también querrá venir.
Del otro lado de la llamada hubo un breve silencio. —Está bien —respondió Sandra con cierta duda.
—Nos vemos mañana entonces.
Al terminar la llamada, Ana no tardó en comenzar otra.
—Emily, adivina quién encontró un sitio nuevo para comer helado de fresa.
—¿Están buenos?
—Los vi hace poco en TikTok. Los bañan en chocolate y les agregan el snack de tu preferencia. ¿Quieres ir mañana?
—Sí. —respondió sin dudar.
—Vale, pues nos vemos mañana en el centro.
Colgó e inició una tercera llamada.
—Tomás, ¿sabías que la última vez que Emily salió con nosotras se obsesionó con un músico callejero porque tocaba mal?
—No sabía nada de eso.
—Es que el problema de Emily es que nunca ha escuchado cómo suena la música cuando todos trabajan juntos en vivo.
—Pero ya fuimos a un concierto...
—Precisamente. —lo interrumpió —Se me ocurrió algo, pero me preocupa que vuelva a molestarse con algún músico callejero. ¿Podrías acompañarnos?
Tomás tardó en responder. —No lo sé. Últimamente creo que no he sido de mucha ayuda.
—Pero en San Valentín lograste animarla. No veo por qué ahora sería diferente. Entonces, ¿te unes?
—Bueno.
—Perfecto, mañana en el centro.
Ana terminó la llamada. Miró una pequeña pulsera desgastada que se posaba sobre uno de sus libros. —Va a funcionar. —murmuró con una sonrisa.
El sol del mediodía caía con fuerza sobre las calles. Ana esperaba bajo la sombra de un árbol, tratando de protegerse del sol, cuando vio a Emily acercarse.
—¿Cómo estás? —preguntó Ana, mientras se quitaba las gafas de sol.
—Ya comienza la época de calor. Espero que el helado sea bueno.
—No te preocupes. Tienen aire acondicionado.
—Vamos entonces.
—Sí. Solo esperemos a Tomás.
Emily levantó una ceja. —¿Tomás?
—Sí, le propuse que viniera.
—Eso significa que ¿vendrá Iván?
Ana soltó una pequeña risa. —No. Él tiene su vida y yo la mía. No siempre estamos juntos, a diferencia de ustedes dos, que parecen venir en paquete.
Emily no contestó.
—Mira, ahí viene. —añadió Ana.
Tomás levantó una mano a modo de saludo mientras se acercaba.
—Bueno, vámonos. Se hace tarde.
Tomás y Emily compartieron una mirada, antes de seguirla sin hacer preguntas.
Unos minutos después dejaron atrás las tiendas del centro y caminaron por una calle más tranquila. El calor seguía pegando contra el pavimento y Emily ya había comenzado a mirar alrededor, esperando encontrar la heladería.
Entonces Ana se detuvo frente a un edificio que parecía un teatro.
Emily se detuvo. —¿Y esto?
Ana sonrió. —Entra y descúbrelo.
—No quiero, quiero ir por mi helado.
—Iremos cuando terminemos. De hecho, Tomás estuvo de acuerdo.
—¿Qué? — Emily giró de inmediato hacia él. —¿Tú sabías?
—Sí. —respondió con una sonrisa nerviosa.
Emily lo miró unos segundos. —¿Desde cuándo?
—Desde antes de que viniéramos.
Ana se colocó detrás de ambos y los empujó suavemente hacia la entrada. —Vamos, entren.
Tomás entró sin batallar, Emily por otro lado, caminó apretando ligeramente los puños.
El interior era mucho más grande de lo que parecía desde afuera. Las luces eran suaves y decenas de filas de asientos descendían hasta un enorme escenario.
—Ana... —dijo lentamente—. ¿Qué es esto?
—Una sorpresa. —tomó a Emily del brazo y la condujo hacia los asientos.
—Las sorpresas no parecen mausoleos. —observó el escenario vacío.
En el escenario vacío descansaban atriles, sillas e instrumentos en completo silencio.
Emily se detuvo. —No.
—¿No qué? —preguntó Ana.
—No voy a quedarme.
Se giró para marcharse, pero Ana la sujetó más fuerte del brazo.
—Solo escucha una pieza.
—No quiero.
—Emily...
—Te dije que no.
Alrededor de ellos, los asistentes comenzaron a ocupar sus lugares. El murmullo de las conversaciones aumentó mientras los músicos aparecían poco a poco en el escenario.
Tomás miró a Ana. —Si ella no quiere estar aquí, no veo la necesidad de esto.
—Todo estará bien. Tengo un plan.
—¿Plan?
Ana no respondió.
En ese momento, Sandra apareció en el escenario y tomó asiento junto al resto de músicos.
Emily trató de visualizar a la chica que se terminaba de sentar. —¿Es Sandra?
—Claro que es Sandra. Escúchame...
—Me engañaste otra vez.
—No.
—Me dijiste que íbamos por helado.
—También iremos por helado.
—¿Y por qué no me dijiste la verdad?
Ana tardó unos segundos en responder. —Porque si te decía la verdad no habrías venido.
Emily observó otra vez el escenario. Su mandíbula se tensó. —Entonces sí me trajiste aquí a la fuerza.
—No. —volvió a responder.
—¿Cómo se supone que le llame?
Ana sostuvo su mirada durante unos segundos. —Un buen plan. Ahora siéntate y disfruta de las maravillas de la sinfónica.
Emily bajó la mirada hacia su brazo, el cual Ana no dejaba de aplicar fuerza cada vez que Emily trataba de marcharse. Finalmente, soltó un resoplido y terminó por dejarse caer en el asiento. —Si esto dura más de veinte minutos me dará un infarto.