La tarde terminó convirtiéndose en noche. Luego llegó el día siguiente. Y después otro. Y otro más.
Emily miraba el techo sin pensar realmente en nada.
Cinco días después, consiguió levantarse de la cama.
Salió a caminar sin un destino en particular. Durante varios minutos observó a las personas que pasaban a su lado, los puestos callejeros y los autos que circulaban por las calles.
Al cabo de un rato, se sentó en una banca bajo la copa de un árbol.
Los segundos se convirtieron en minutos y los minutos en horas. Cuando el sol comenzó a esconderse, Emily se puso de pie y regresó a casa.
Esa noche, durante la cena, el sonido de los cubiertos chocando contra los platos fue lo único que acompañó a padre e hija.
—¿Ya pensaste tu respuesta? —preguntó su padre.
—Ya.
—¿Y?
Emily siguió comiendo.
—Emily…
—Ya lo pensé —respondió, mirándolo por fin a los ojos.
Su padre sostuvo su mirada unos segundos antes de asentir. —Comprendo. Espere mucho por la respuesta. —hizo una pausa —Espero que no te arrepientas.
Al día siguiente, Emily repitió la rutina. Y al siguiente también.
Emily observaba la lejanía mientras balanceaba los pies como una niña pequeña esperando algo. De vez en cuando tarareaba una canción que solo ella conocía.
Miraba a su alrededor. Seguía con la vista las hojas que caían de los árboles, observaba a los niños jugar y a las personas que iban y venían. Cuando un niño se quedó mirándola, Emily le sonrió. Él le devolvió la sonrisa antes de continuar su camino.
De pronto, unas pisadas diferentes a las demás captaron su atención. Levantó la cabeza despacio y al verlo enderezó la espalda.
Tomás la observaba con las manos metidas en los bolsillos. Cuando sus miradas se encontraron, apartó la suya y comenzó a patear unas piedrecillas del camino.
Emily se recorrió un poco en la banca, dejándole espacio a su lado.
Él apretó las manos dentro de los bolsillos antes de acercarse. Se sentó junto a ella sin decir nada.
Ambos miraron hacia el frente. Tomás parecía buscar las palabras adecuadas, pero ninguna terminaba de salir. A su alrededor, las hojas secas se deslizaban por el suelo cada vez que soplaba el viento.
—¿Llevas mucho tiempo aquí? —preguntó finalmente.
Emily asintió.
Tomás siguió su mirada hacia los árboles.
—Pensé que tarde o temprano aparecerías. Es el camino más corto a tu casa.
—Ya veo...
La conversación volvió a detenerse. Esta vez, Tomás respiró hondo y se preparó para hablar, pero Emily se le adelantó.
—Lamento lo que dije. Sabía que te iba a molestar y aun así lo dije.
Tomás permaneció atento a sus palabras.
—Perdóname si eso te afectó. No hiciste nada malo. Era natural que reaccionaras así.
Él levantó la mirada.
—Así que... si quieres golpearme, está bien. No me enojaré.
Tomás tardó un momento antes de parpadear. —¿Qué?
—Quiero decir, si te provoco es normal reaccionar a si. No tienes que sentirte mal por eso.
—No. —respondió sin dudar. —No es normal y no está bien. Yo perdí el control.
—Pero fue por lo que dije.
—Sí.
—Y seguramente te hice sentir mal... como a tantos otros.
—No me gusto, pero...
—¡Entonces eso es lo que merezco! — Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas. Emily intentó contenerlas sin éxito. —Lamento lo que hice... a todos.
Tomás acercó una mano a su hombro. —Emily, no creo que esté bien que alguien lastime a otra persona.
Ella se limpió las mejillas con el dorso de la mano.
—Yo nunca he pensado en hacerte daño y nunca lo haría —continuó él —Así que no me pidas que haga algo así.
Emily abrió la boca para responder, pero solo consiguió balbucear unas palabras.
Tomás apartó la mano de su hombro y la dejó descansar sobre la banca. —No me gustó lo que dijiste, pero estuvo mal como reaccione y eso no significa que vaya a golpearte.
Emily se quedó mirando sus rodillas.
—Deberías estar molesta... estuve a punto de hacer algo horrible. —dijo Tomás mientras sujetaba sus manos.
—No me importa —murmuró ella —Creo que muchas personas habrían querido hacerlo.
—No, Emily. —negó con la cabeza. —No —repitió guardo silencio un momento. —Tuvimos que haberlo hablado. Lamento haberte presionado tanto con practicar.
—Me gusta como toco... pero entiendo que a los otros les causa problemas.
—Puedes tocar como quieras. Solo tienes que escuchar a los demás para que puedan acompañarte. Aun así, una persona no les pega a las personas que ama.
Una risa breve escapó de ella —¿Y esa tontería melosa?
—¿Melosa? ¿Conoces más palabras?
La tensión formada, se disipo por accidente.
—Cuando mi madre te golpeó, ¿te gustó?
—No.
—¿Entonces por que debe de pasarnos lo mismo a nosotros?
Ellos continuaron ahí, mientras las hojas continuaban cayendo mientras algunas palomas caminaban tranquilamente por el suelo.
—Pensé que podrías convertirte en una gran cantante —dijo él al cabo de un rato
—¿Por qué pensaste eso?
—Porque una vez me dijiste que querías formar una banda.
Emily jugueteó con sus manos. — Lo dije... porque me gustó tocar contigo. Nunca había tocado junto a alguien.
Tomás la miró sorprendido. Luego escondió la cara. —Fui idiota. Pensé que era lo que querías.
Emily soltó una risita. —No sabía ni que haría mañana.
Permanecieron juntos un rato más. Las lágrimas de Emily se secaron y su respiración recuperó poco a poco el ritmo habitual.
—Tomás —preguntó Emily cuando terminó de limpiarse las lágrimas —Si hubieras sabido lo de esos rumores. ¿Te habrías acercado a mí?
Tomás abrió la boca y tardó unos segundos en responder. —Emily… la verdad es que tu padre paga bien. Pero, en algún momento, me caíste bien.
Ella se quedó boquiabierta antes de soltar una carcajada.
—¿De qué te ríes?