Emily miró el techo durante varios minutos. De vez en cuando desviaba la vista hacia la puerta de su habitación.
La casa había dejado de llenarse con la música que solía utilizar para combatir el silencio. Ahora solo quedaban los ruidos habituales: el motor del refrigerador, las tuberías y, algunas veces, algún automóvil pasando frente a la casa.
Esperó. Uno, luego otro y otro día.
La guitarra de Tomás permanecía junto a la cama, exactamente donde la había dejado. Emily aprendió a rodearla al caminar por la habitación sin siquiera pensarlo.
—Ya nadie va a venir a molestar... —murmuró una mañana.
Cada vez que despertaba, miraba de reojo la puerta antes de levantarse.
No tenía deseos de revisar su celular. Aun así, su teléfono no vibró ni una sola vez.
Con los días, el polvo comenzó a acumularse sobre los muebles. Las envolturas de comida seguían donde las había dejado y la ropa se amontonaba cada vez más cerca de la cama.
Después de varios días, Emily volvió a tocar.
Al principio solo eran unos cuantos segundos. Luego algunos minutos. Sus dedos recorrían las cuerdas restantes sin prisa. Ya no intentaba perfeccionar cada nota ni corregirse después de un error.
Una tarde, dejó caer el brazo y la última nota se apagó lentamente en la habitación.
Pasó su mano por la cuerda aun rota. La tocó con calma y luego se levantó de la cama, entonces, sintió que algo tocaba su pie.
Era el pequeño peluche de gato que había ganado junto con Tomás meses atrás.
Lo recogió y sacudió un poco el polvo de su cabeza.
La expresión del animal seguía siendo la misma: los ojos entrecerrados y aquella apariencia de arrogancia.
Emily lo sostuvo frente a ella. —Sigues con esa arrogancia.
El peluche, por supuesto, no respondió.
Emily soltó una risa breve. —Qué idiota...
Intentó dejarlo sobre la cama. Pero después de dar un par de pasos regresó por él. Lo acomodó contra la almohada y lo dejó mirando hacia el resto de la habitación.
—Ni siquiera sé por qué hago esto. —apartó la mirada y sus ojos terminaron sobre la guitarra de Tomás.
Durante unos segundos no hizo nada.
Luego abrió uno de los cajones de su escritorio. Buscó entre cables, papeles y ropa vieja. Abrió otro. Después otro.
La ropa terminó en el suelo y los papeles quedaron esparcidos por la habitación. Al final dejó caer los brazos.
Miró de nuevo la guitarra de Tomás. Se acercó despacio y pasó los dedos por una de las cuerdas, la hizo vibrar suavemente. Después comenzó a aflojarla.
Solo había dado un par de vueltas cuando se detuvo.
Miró el instrumento y con cuidado, volvió a tensar la cuerda hasta dejarla como estaba.
—Luego la vas a necesitar. —se apartó y regresó a la cama. Miró hacia al techo una última vez antes de quedarse dormida.
Cuando despertó, tenía el peluche pegado al pecho. Salvo por eso, la habitación seguía igual que antes.
Se levantó apenas y miró su propia guitarra. La cuerda aún colgaba. Emily suspiró y, sin pensarlo demasiado, salió de su cuarto.
La casa estaba fría y apenas iluminada por la luz que entraba desde las ventanas. Sus pisadas fueron el único sonido mientras atravesaba la sala.
Frente a la puerta se detuvo y apoyó la mano sobre la perilla. —Que estupidez... —finalmente abrió.
La luz del exterior la obligó a entrecerrar los ojos. El calor de la calle contrastó de inmediato con el aire encerrado de la casa.
Emily metió las manos en los bolsillos y comenzó a caminar.
Ni siquiera prestó atención al camino. Sus pies avanzaban por costumbre.
Unos minutos después llegó a la tienda.
La campana de la entrada sonó.
Al sonar, uno de los empleados levantó la cabeza. Al reconocerla, hizo una señal para que los demás no se acercaran.
Emily llegó hasta el mostrador. —Quiero...
—¿Por qué viniste? —la interrumpió el encargado —Ya te dijimos que no vamos a venderte nada.
Emily mantuvo la mirada en el mostrador. —Quiero unas cuerdas Ernie...
—No te voy a vender nada.
Ella chasqueó la lengua. —Otra vez con eso… solo dame lo que quiero y me iré. O ¿así tratan a todos sus clientes?
—A los que insultan a nuestros empleados, sí.
—Solo dije la verdad.
El hombre se cruzó de brazos.
—¿Sabes qué? Con razón este lugar está vacío.
Algunos de los empleados levantaron la cabeza.
—Tenemos clientes —respondió uno desde el fondo.
—¿Esos? —Emily miró alrededor. —Seguro que vienen porque no tienen dónde más ir.
El encargado dio un paso hacia ella. —Ya basta.
—¿Qué? ¿Ahora tampoco puedo hablar?
—No cuando vienes a provocar.
—Ustedes son los que están haciendo un drama por nada.
—Te estamos pidiendo que te vayas.
—Y yo te estoy diciendo que necesito unas cuerdas.
—No te las voy a vender.
Emily golpeó ligeramente el mostrador con los dedos. —Qué servicio tan miserable.
El encargado señaló nuevamente la puerta. —Última advertencia.
—¿O qué? —la pregunta salió acompañada de una sonrisa desafiante.
El hombre respiró profundamente. —Llamaré a la policía.
Emily soltó una carcajada. —¿Por unas cuerdas?
—Por alterar el orden.
—Claro. Porque ustedes son incapaces de resolver algo sin llamar a alguien.
Un par de personas que estaban dentro de la tienda comenzaron a observarla abiertamente.
Emily notó las miradas y levantó más la voz. —¿Qué miran?
Nadie respondió.
—¿Nunca han visto a alguien pedir unas cuerdas?
—Sal de aquí. —continuó el encargado. —El otro chico era amable…
Ella hizo una mueca de disgusto. —¿Y si no quiero?
El hombre tomó el teléfono que estaba sobre el mostrador. —Entonces llamaré.
Emily abrió la boca para responder, entonces cuando vio su reflejo.
A un costado del mostrador había un espejo pequeño. Probablemente estaba allí para que los clientes pudieran probarse algún accesorio.