Entre acordes rotos

Capítulo 53: Padre

—Emily.

Un golpe seco contra la puerta rompió la quietud de la habitación. Golpeó varias veces la puerta sin obtener respuesta.

—Emily —repitió con voz firme. Suspiró y giró la manija para entrar.

La habitación estaba casi a oscuras. Las cortinas permanecían cerradas y la poca luz que entraba por la ventana apenas alcanzaba a iluminar el suelo.

Ella se encontraba acostada en la cama, envuelta en sábanas y de espaldas a la puerta.

Él recorrió la habitación con la mirada. Había papeles, ropa y basura por todos lados. Y no muy lejos de la cama, una guitarra ajena a la de Emily.

El hombre soltó el aire y se sentó en el borde del colchón. —Nunca me contestaste el mensaje. No puedo seguir esperando.

Emily no se movió.

—Además, el vecino me dijo que lo insultaste. Dime, ¿Por qué lo hiciste?

Emily siguió sin responder.

El hombre apoyó una mano sobre su hombro. —Háblame. —la movió ligeramente. —Te conozco y sé que no estás dormida.

Otra vez sin respuesta.

—¡Emily! Quiero que me expliques qué pasó con el vecino. —trató de quitarle la sabana de un jalón, pero su intento no fue exitoso. —Emily ¡Quiero que me hables!

Pero no paso nada.

Finalmente, el hombre se levantó y camino hacia la puerta. —No sé qué hacer contigo. —sin esperar respuesta salió no sin antes azotar la puerta.

El sol comenzó a descender con el paso del tiempo. Y las cortinas apenas se habían movido por el aire.

—¿No vas a comer? —preguntó el padre, entrando a la habitación sin tocar y prendiendo la luz. —Llevas todo el día así. —cruzó los brazos —¿Hasta cuándo me vas a ignorar?

Pero ella no respondió.

—Haz lo que quieras entonces —Y volvió a salir.

Cuando la única luz que había en la habitación era la del cuarto. El padre hizo otro intento por quitarle la sabana.

De un jalón, apartó la sábana y descubrió el rostro de Emily. Tenía marcas de lágrimas secas en las mejillas. Dormía profundamente, aunque respiraba con dificultad por la nariz congestionada.

El padre se quedó mirándola por varios segundos. Apreciando el rastro de lágrimas y acercando su mano lentamente para acariciar su rostro. —¿Qué paso? —murmuró. Siguió acariciando su rostro unos minutos más hasta que su celular vibro.

Una llamada del trabajo desvió su atención y se apresuró a levantarse, pero antes de cruzar la puerta, giró hacia su hija, que yacía acostada con un pequeño peluche entre los brazos. Después de un momento, se marchó.

Bajó hacia la sala con el celular en la oreja. Intentaba devolver la llamada que no había podido contestar cuando, encima de uno de los muebles, encontró una fotografía enmarcada. Los tres aparecían juntos: Emily, él y su esposa. Hacía años que no se detenía a mirarla de esa manera.

Tomó la fotografía entre sus manos.

—Bia, no sé qué hacer. —pronunció en voz baja.

Luego miró hacia el cuarto de Emily. Bajó la mirada hacia Emily en la fotografía y luego volvió a dejar el marco en su lugar. Miró el teléfono por unos segundos y finalmente colgó. Regresó a la habitación y se quedó junto a su hija.

Durante la siguiente hora permaneció allí. Revisó el teléfono un par de veces, pero no respondió ninguna llamada. En algún momento acomodó la sábana sobre Emily y volvió a quedarse a su lado.

A veces ella se movía entre sueños. Otras veces soltaba un pequeño quejido.

Y en algún momento ella se despertó

—¿Cómo dormiste? —preguntó suave.

Ella tan solo se limpió las lágrimas secas.

—Al menos, podrías decirme ¿qué paso?

Pero tampoco le respondió.

Él no intento moverla esta vez. Bajó la cabeza y comenzó a acariciar el cabello de Emily lentamente.

Pensó en las palabras adecuadas, pero no supo decir nada.

Y en algún momento, Emily habló.

—Soy idiota —movió apenas los labios.

—¿Por qué dices eso?

—Porque soy idiota.

El padre abrió la boca, pero antes de decir algo se calló. Y la acomodó sobre su regazo. —¿Cómo te sientes? —preguntó con calma. —Quizá… ¿te duele algo en tu cuerpo?

Emily tardó unos segundos en responder. —Me duele la cabeza.

El padre asintió. —¿Qué más?

Ella tardó en contestar. —El pecho.

—¿Te cuesta respirar?

Emily asintió despacio. —Se siente... pesado.

—¿Como cuando tienes miedo?

Ella permaneció callada. —No sé.

—¿Como cuando estás enojada?

Negó con la cabeza.

El hombre siguió acariciando su cabello. —No tienes que responder rápido. —esperó unos segundos. —Solo dime qué sientes.

Emily cerró los ojos. —Arruiné... —su voz volvió a quebrarse. —Arruiné todo.

—¿Por qué?

—Porque yo... —volvió a sollozar. —Dije cosas que sabía que le dolerían. Y... —no pudo continuar.

—Respira. —añadió con calma. Comenzó a inhalar y exhalar lentamente.

Emily lo observó unos segundos antes de imitarlo.

Algunas respiraciones después, ella ya estaba más tranquila.

—¿Dónde aprendiste eso? —preguntó en voz baja.

—Lo aprendí de tu madre. Cuando ella subía a consolarte.

Emily se quedó callada.

Por un momento, el silencio volvió al cuarto.

El padre alzó la vista y se vio a sí mismo en el espejo. Sonrió y soltó una pequeña risa. —Recuerdo que una vez llegué a casa y las encontré a las dos exactamente así.

Emily no respondió.

—No había forma de seguirte el paso. Corrías por toda la casa y parecía que nunca te cansabas. —volvió a sonreír. —Una vez rayaste la pared y tu madre se enojó mucho. Te dio una brocha, un bote de pintura y te puso a arreglar tu "bromita".

Emily acercó una almohada a su rostro.

—Después no dejó de llamarme al trabajo. Preguntaba si la pintura era tóxica, si había sido demasiado dura contigo y terminó llorando porque decía que no merecía ser madre. —soltó una carcajada suave. —Llamó tantas veces que terminaron sacándome de una reunión para que fuera a verla. Y cuando llegué a casa, las encontré dormidas en el sillón. Igual que nosotros ahora.




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