Entre acordes rotos

Capítulo 50: Black Holes

Emily caminaba unos pasos detrás de ellas, con las manos metidas en los bolsillos. Mantenía la mirada fija en el suelo, mientras Ana y Daniela hablaban delante de ella. Desde que habían salido, apenas había respondido con monosílabos.

Ana aminoró un poco el paso hasta quedar más cerca de ella. —Entonces, ¿ya sabes de que quieres tu helado?

—No. —respondió sin pensar.

—Tienen de fresa, galleta, limón...

Daniela se acercó un poco más al hombro de Ana. —Ana… —murmuró.

—¿Qué? Solo quiero hablar con ella.

Daniela miró de reojo a Emily antes de bajar todavía más la voz. —Esto es incómodo.

—Ya se le pasará. —respondió en un susurro.

Unos minutos después llegaron al local de helados. Desde la entrada pudieron ver que había una fila considerable. Algunas personas esperaban junto al mostrador mientras otras ocupaban las pocas mesas que había junto a las ventanas.

Tuvieron que esperar varios minutos. Ana y Daniela continuaron hablando entre ellas mientras Emily permanecía unos pasos atrás contando las grietas de la acera.

—Entonces, ¿Qué vas a pedir, Emily? —preguntó Ana.

—Lo que sea.

Ana soltó una pequeña risa. —No creo que tengan ese sabor.

—Pues qué negocio tan malo.

Ana sonrió apenas. Daniela, por otro lado, se quedó callada.

Cuando finalmente atendieron a Ana y Daniela, Emily seguía sin decidir.

—¿Y usted, señorita? —preguntó el empleado.

—Lo que sea.

El chico se quedó unos segundos en silencio, sonriendo con cierta incomodidad.

Emily lo observó fijamente.

El empleado terminó por mirar hacia Ana y Daniela.

—Un helado de galleta, por favor. —intervino Daniela.

—Claro. — asintió el empleado y comenzó a prepararlo.

Una empleada apareció tras salir de una puerta. —Dile a Max que ya no tenemos conos.

—Creo que había más en la bodega.

—Ya fui a revisar y no encontré.

Emily comenzó a mover el pie con rapidez.

El empleado detuvo la preparación del helado y giró hacia su compañera. —¿Revisaste en los estantes?

Los empleados continuaron hablando sobre un tema que solo ellos entendían.

Después de unos segundos, Emily chasqueó la lengua. —Si tantas ganas de hablar tienen deberían haber buscado otro trabajo... o ¿esto es lo mejor que pudieron conseguir?

Todos se quedaron inmóviles. Ana y Daniela abrieron los ojos de golpe y se acercaron a ella.

—Que graciosa eres. —dijo Ana con una risa nerviosa.

—No es para que dé gracia. —respondió Emily y miró a los empleados. —Me hacen perder el tiempo con sus idioteces.

La sonrisa nerviosa del empleado desapareció. —Perdón por distraernos, pero eso no te da derecho a hablarnos así.

—¿No? Entonces, ¿Cómo quieres que te hable? —preguntó Emily con voz seca. —No sabes ni hacer tu trabajo.

—Oye. —Ana intentó colocar su mano sobre su hombro.

Emily la apartó con brusquedad inmediatamente.

—Perdón. —intervino una de las empleadas. —En un momento te lo preparamos…

—Ya no lo quiero. De todos modos, no me comería nada preparado por ustedes. —sin esperar respuesta, se dio media vuelta y comenzó a alejarse.

Ana y Daniela intercambiaron una mirada rápida antes de correr tras ella, no sin antes dejar caer un billete que pagaba mucho más que el helado.

Emily caminaba en línea recta, sin importar a cuantas personas empujaba ligeramente.

—¿Qué fue eso? —preguntó Daniela al alcanzarla y poner su mano sobre el hombro de Emily. —Esas personas no te hicieron nada.

—¿Y a ti qué te importa? —preguntó apenas se giró hacia ella.

—¿Qué?

—Hablas como si los conocieras.

—No necesito conocerlos para saber que eso estuvo mal.

—Claro. Porque siempre tienes que defender a alguien.

Daniela apretó los labios. —No estaba defendiendo a nadie. Eso no te da...

—Entonces deja de actuar como si fueras mi conciencia moral.

—Al menos yo no necesito insultar a los demás para sentirme mejor.

—No. Tú solo necesitas meterte donde nadie te llamó.

—Oigan, tranquilas. —intervino Ana levantando las manos —El helado se va a derretir. Te comparto del mío Emily.

Ninguna respondió.

Ana se acercó despacio a Daniela. —Esto no tenía que pasar así. —susurró.

—¿Qué?

—Tú eres la más tranquila de nosotras. No quería que esto terminara así.

Daniela la observó incrédula. —¿En serio?

—Solo intento que...

—No. —la interrumpió —¿Qué demonios pensabas que iba a pasar hoy?

Ana guardó silencio.

—¿Creíste que la traerías aquí, compraríamos un helado y todo se arreglaría? ¿Por qué me metes en esto?

—Pensé que...

—¿Ahora yo debo cargar con tus errores?

—No son mis errores.

Daniela endureció su expresión. —Claro que sí.

—Yo solo quería ayudar.

—Llevas meses diciendo eso.

—Porque es verdad.

—No. —negó con la cabeza —Tú querías que tu plan funcionara.

A lo lejos las personas caminaban inadvertidas de lo que pasaba en aquel grupo de amigas.

—Sandra se alejó, Iván dejó de hablarte. Y ahora me trajiste aquí sabiendo perfectamente cómo estaba Emily.

—Eso no es cierto... —dijo débilmente con una sonrisa nerviosa.

—Cuando Sandra me contó lo que pasó, no quería creerle. Pero ahora entiendo por qué estaba tan molesta.

La sonrisa de Ana comenzó a temblar y su mirada decayó.

—¿Y sabes qué es lo peor?

Tragó saliva esperando la respuesta. Sus ojos comenzaron a humedecerse.

—Que ni siquiera le preguntaste a Emily qué quería.

—Si le hubiera preguntado, habría dicho que no.

—Exactamente.

—Nosotras te lo dijimos, y aun así decidiste no escucharnos.

Daniela dejó el helado en una banca cercana. —Me voy a mi casa.

—Dani... —intentó tomarla del brazo.

Ella se apartó y dio un pequeño paso hacia atrás. —No. Ya no quiero estar aquí. —se dijo medio vuelta y caminó hacia el otro lado de la calle.




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