Cuando el sol apuntaba el medio día. Emily apenas se levantaba de la cama.
Caminó hasta el baño con movimientos mecánicos y después se dirigió a la cocina.
Su cabello volvía a estar desarreglado y la ropa que llevaba tenía varias arrugas.
Mientras comía, el diminuto ruido del motor del refrigerador comenzaba a hacerse más fuerte con cada segundo. Y la gota que chorreaba del fregadero, comenzó a taladrar sus oídos. Ploc. Una y otra vez.
Emily dejó el trozo de jamón sobre el plato. Y miró hacia el fregadero, pero el sonido no ceso. Terminó de comer lo más rápido que pudo y regresó a su habitación.
Al entrar, se dejó caer sobre la cama. Permaneció allí unos segundos hasta que sus ojos se encontraron con la guitarra, apoyada en una esquina. Se acomodó sobre la cama y comenzó a tocar.
Entonces escuchó un taladro a lo lejos.
Emily cerró los ojos durante un instante. —No... —intentó continuar. Al principio logró concentrarse. Incluso sonrió cuando el ruido coincidió por accidente con una de las notas que acababa de tocar. Pero la coincidencia duró poco. El taladro volvió a adelantarse. Después pareció retrasarse. Por momentos desaparecía y, cuando Emily empezaba a relajarse, regresaba desde algún lugar de la casa vecina.
Una nota salió mal.
Negó con la cabeza y volvió al inicio de aquella parte. Instantes después, otra equivocación. Detuvo la guitarra y retrocedió unos segundos. —Otra vez. —Tocó más despacio. Luego un poco más rápido y volvió a equivocarse.
El ruido del taladro regresó y ella solo apretó los dientes.
Conforme más tocaba, más comenzaba a escuchar Canon in D. Y los recuerdos de aquella sinfónica comenzaban a aparecer en su mente. Todos aquellos instrumentos entrando y saliendo de la música sin estorbarse.
Emily sacudió la cabeza y volvió a empezar. —Cállate —murmuró.
De pronto, lo único que escuchaba era el sonido del taladro impidiendo escuchar sus notas.
Emily intentó cubrirlo con la guitarra. Tocó más fuerte. Las notas comenzaron a salir atropelladas y varios acordes quedaron incompletos. Sus dedos se movían cada vez con menos precisión. El sudor comenzó a acumularse en su frente y tuvo que limpiárselo con el brazo sin detenerse.
Otra nota y otro error.
—Vamos... —apretó la mandíbula y volvió a intentarlo.
El ruido aumentó y ella siguió sin encontrar el ritmo, una y otra vez. Y luego, ya no podía escuchar su propia música. Tocó más fuerte, luego con más fuerza y finalmente más rápido. El sonido ya era inexistente para ella. Comenzó a morder su propio labio, hasta que un tirón seco atravesó la guitarra.
¡PANG!
La cuerda salió disparada.
Y el ruido del taladro, antes fuerte, regresó a la normalidad.
Por primera vez en varios minutos, la habitación quedó completamente quieta.
Emily se quedó inmóvil unos segundos. Observó la guitarra, al mismo tiempo que un pequeño chorro de sangre comenzó a brotar de su labio. —¡Puta mierda! —su grito resonó por toda la habitación.
Un golpe seco respondió desde la pared. —¡Cállate! —gritó el vecino. —Tocas como loca. Deja de hacer ruido.
Emily se levantó de golpe. —¿Qué dijiste?
—Aprende a tocar o deja de hacer ruido.
Emily lo escuchó desde el otro lado de la pared. —Vete a la mierda.
—¿Qué?
—¡Que te vayas a la mierda!
—Le diré a tu padre sobre esto.
—Como si me importará.
El vecino siguió murmurando algo más, pero Emily ya no prestó atención. Miró la guitarra y la dejó caer sobre el suelo. Luego se sentó en la cama y recogió las piernas contra el pecho. —El imbécil del vecino, me arruinó mi guitarra... —miró la cuerda rota. —Debería aventarle un petardo para que entienda.
El ruido del taladro ya había desaparecido. Aun así, la habitación seguía siendo insoportablemente ruidosa. Frente a ella, la cuerda rota colgaba de la guitarra.
Y, a pesar de todo, Canon in D seguía reproduciéndose en algún rincón de su cabeza. —No me importa. —murmuró. Se dejó caer sobre el colchón y cubrió su rostro con una almohada.
De pronto su celular comenzó a vibrar. Ana le estaba llamando.
Emily observó el teléfono y no contestó.
Al cabo de unos segundos este dejó de vibrar. Pero no pasó mucho para que lo hiciera de nuevo.
Ana marcó una y otra vez.
Después de unas cuantas veces más Emily tomó el teléfono.
—Hola.
—No.
—Ni siquiera te he preguntado nada.
—Tampoco quiero saber.
Ana suspiró al otro lado. —Daniela quiere invitarte un helado.
—No.
—Ni siquiera es mi idea.
—Tampoco quiero verla.
—Ya decía yo que estabas enojada.
—No estoy enojada.
—Claro
—No lo estoy.
—Entonces ven
Emily no respondió.
—Te envío la ubicación y la hora. No nos hagas esperar. —dijo antes de colgar.
La llamada terminó y otra vez el silencio entró en su cuarto.
Sus ojos fueron hasta la guitarra. La tomó con cuidado y examinó la zona donde se había roto la cuerda. Al bajar la mirada, descubrió un pequeño rasguño en uno de sus dedos. —Puta madre… —murmuró y movió apenas sus dedos. Después acomodó la guitarra sobre sus piernas. Apoyó los dedos sobre las cuerdas que todavía quedaban.
Antes de tocar, el teléfono volvió a vibrar.
Se trataba de un mensaje de Tomás, preguntando por ella.
Emily observó la pantalla durante unos segundos. Luego soltó un suspiro cansado y apagó el teléfono. —Déjenme en paz.
Finalmente, sus dedos encontraron algo de ritmo y comenzó a tocar algunas notas entrecortadas. Las primeras notas fueron débiles e inseguras. Se detuvo una vez, pero no volvió al principio.
La luz de la ventana comenzó a cambiar mientras avanzaba la tarde. El cuarto se fue llenando de sombras hasta que el sol desapareció detrás de los edificios.
Emily siguió tocando. No sonaba perfecto, pero no le importó.