Tomás permanecía tendido sobre la cama, con la vista fija en el techo. Apenas respiraba. Levantó las manos, todavía temblorosas, y las observó durante unos segundos antes de dejarlas caer.
La luz de la luna se filtraba por la ventana y, afuera, los grillos no dejaban de cantar.
Apenas unos instantes después volvió a levantar las manos. Su respiración se entrecortó. Las bajó de nuevo y cerró los ojos. —Idiota… —murmuró.
Su teléfono vibró de repente.
¿Entonces mañana a la 1?
Preguntaba Iván.
Tomó su celular y respondió con una sola palabra.
Sí
La respuesta llegó acompañada de un sticker con una mano levantando el pulgar.
Dejó el teléfono a un lado y volvió a contemplar sus manos. Entonces, cerró los ojos con fuerza.
Los minutos se convirtieron en horas.
Tomás daba vueltas sobre el colchón sin encontrar una posición cómoda. De vez en cuando abría los ojos para comprobar que sus manos seguían ahí. Las giraba lentamente, examinaba las palmas y volvía a cerrar los párpados. No pasaban más de unos minutos antes de repetirlo.
Finalmente se incorporó.
Caminó hasta el lavabo y abrió la llave. Dejó que el agua recorriera sus manos y las frotó una vez. Después otra. Y otra más. Cuando levantó la cabeza, su reflejo lo esperaba en el espejo. Apartó la mirada.
Regresó a la habitación y volvió a dejarse caer sobre la cama.
La luna seguía entrando por la ventana. Los grillos continuaban cantando. Todo parecía exactamente igual.
Tomás se cubrió el rostro con los brazos. La misma imagen regresaba una y otra vez: Emily inmóvil frente a él, su mano sujetando la tela de su camiseta y aquel instante en que creyó que quizá no sería capaz de detenerse.
Abrió los ojos de golpe.
El primer rayo de sol comenzaba a entrar por la ventana.
Se frotó el rostro y salió de la habitación.
A la hora acordada, Tomás llegó antes que Iván.
Nada más llegar, se sentó en una de las bancas libres. Consultó el reloj. Después de unos segundos, volvió a hacerlo. El tiempo parecía avanzar más despacio de lo normal.
—¿Para qué me llamabas con tanta urgencia? —preguntó Iván a sus espaldas.
Tomás se dio la vuelta. Tenía ojeras marcadas y el cabello revuelto.
—Te ves como si no hubieras dormido. —Iván sonrió apenas, pero la expresión desapareció enseguida. —¿Qué pasó?
—Yo... —desvió la mirada. Sus manos volvieron a inquietarse. —Estuve a punto de hacer algo horrible.
Iván no dijo nada.
—Me moleste. —tragó saliva. —No me gustó lo que dijo, pero no es excusa... Y... —se cubrió las manos al rostro. —Soy horrible.
—Fue por algo de Emily, ¿verdad?
Tomás asintió. —¿Cómo sabes?
—Ana me pidió tu número. —soltó el aire lentamente. —No debí habérselo dado. Perdón. —hizo una pausa. —¿En qué problema te metió?
—Me dijo que hablara con Emily. Y... —dudó. —Dije algo que no debía y discutimos —bajó las manos —Terminé sujetándola del cuello de la camiseta.
Iván tomó asiento a su lado.
—Y por un momento pensé en golpearla —admitió Tomás.
Iván permaneció quieto durante unos segundos. —¿La golpeaste?
—No.
—¿Por qué no?
Tomás tardó en responder. —Porque... es Emily.
Iván giró ligeramente hacia él. —¿Y si no hubiera sido Emily?
Tomás se quedó pensando. —No lo sé.
Iván no supo que decir enseguida. —Estuviste a punto de lastimarla. Eso es grave.
Tomás apretó las manos entre las piernas. —No sé qué hacer. Quiero que me ayudes.
Él lo miró. —No sé qué decirte. Nunca me ha pasado algo así.
Tomás bajó la cabeza.
—Pero no podemos fingir que no pasó nada solo porque no llegaste a hacerlo.
—Lo sé.
Iván tardó unos segundos. —¿Me llamaste para que te diga que no eres una mala persona?
—No.
—¿Entonces qué quieres que te diga?
—No sé.
—Yo tampoco.
Ambos permanecieron unos segundos mirando hacia el frente.
—¿Crees que podría volver a pasar?
—No lo sé.
Iván soltó el aire. —¿Qué quieres hacer ahora?
Tomás se quedó pensando. —Quiero saber si está bien.
—Entonces pregúntale.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque después de lo que pasó no sé si quiera verme. —volvió a observar sus manos. —¿Y si me enojo otra vez?
—Te vas.
—¿Así nada más?
—Sí.
—¿Y si ella está diciendo algo horrible?
—Te vas.
—¿Y si...?
—Te vas. Si no te gustaba la conversación pudiste irte.
—No era tan fácil.
—No, pero era mejor opción que lo que pasó. Si no te gustaba cómo estaba pasando todo, podías salir de ahí.
—Si me hubiera ido cuando la conocí nunca la habría conocido.
Iván abrió la boca para responder. Luego volvió a cerrarla. Se rascó la cabeza. —Cierto... pero aun así creo que era mejor irte si sentías que perdías el control.
El silencio regresó. Iván trataba de pensar y Tomás esperaba.
—No sabría que otra cosa decirte. Pero creo que es la mejor decisión.
Tomás no respondió.
—Mira. —se volvió a rascar la cabeza —Emily es una chica complicada. Temperamental, sarcástica, burlona y lo que se te ocurra. Pero sabes, siempre hablas de Emily. Cuando se enoja vas tras ella, cuando se pelea con alguien, estás ahí. Yo me hubiera cansado de hacer eso. Quizá eso también significa algo.
—¿A qué te refieres?
Se llevo la mano a la mandíbula para ordenar sus pensamientos. —Quiero decir tu siempre estás ahí para ella. Pero ¿últimamente le has preguntado que quiere o cómo se siente?
Tomás empezó a asimilar lo dicho. —Aún me preocupa que vuelva a pasar.
—Entonces, la próxima vez que sientas que estás llegando a ese punto, vete.
—¿Qué?
—No sé Iván hizo un gesto con la mano. —Camina, respira, háblale a alguien, cualquier cosa. Pero no te quedes ahí cargando con todo.
La brisa refrescó por unos instantes a los dos chicos sentados en la banca.