Un fino olor se coló por debajo de la puerta.
Emily se incorporó y, después de un momento, bajó despacio las escaleras.
En la cocina, su padre se encontraba frente a la estufa, con la mirada fija en el sartén mientras removía su contenido.
—Emily. —pronunció apenas ella se acercó. —Buenos días. Preparo el desayuno.
Ella se acercó al sartén. Su somnolencia desapareció casi de inmediato, reemplazada por desagrado. —¿Cebolla?
—¿Qué tiene?
—No me gusta.
Detuvo la espátula y revisó lo que estaba preparando. —No lo sabía, perdón. Pero ya estás grande, debes aprender a comer.
Ella retrocedió y luego le dio la espalda. —Ya me voy. No tengo hambre.
—Emily, ya preparé el desayuno.
—No lo quiero.
—¿A dónde vas?
—Comprar. —respondió. Caminó hacia la puerta y, antes de poner la mano en la manija, su padre habló.
—¿No te vas a cambiar?
Ella bajó la mirada y observó su ropa: una camiseta grisácea y arrugada, junto con unos shorts por encima de la rodilla. Acercó la camiseta a su nariz y la olió.
Sin decir nada más, subió las escaleras. Lo siguiente que se escuchó fue la puerta del baño al cerrarse.
Cuando el ruido de la regadera cesó, intentó encontrar algo para secarse, pero, salvo la cortina, no había nada más.
Abrió la puerta despacio y se colocó en posición para correr, cuando una toalla apareció frente a ella.
—Toma, lo olvidaste.
Intercambió una mirada rápida con su padre. Luego tomó la toalla y volvió a encerrarse.
Su padre suspiró.
—Te dejo tu ropa en el piso. Pero antes de que te vayas, come.
—No tengo hambre.
Él se llevó las manos a la cara. —Está bien.
Después de cambiarse, Emily se miró fijamente al espejo. Llevó los dedos primero a sus labios, ligeramente secos, y luego a su cabello, todavía mojado.
Acomodó su blusa y, con una liga, se amarró el cabello.
Se observó nuevamente, dándose los últimos retoques. Cuando terminó, sonrió al espejo.
El trayecto no fue largo. De vez en cuando miraba a alguna persona; en otras ocasiones, alguien le sonreía.
Llegó hasta la tienda de música sin pensarlo demasiado.
Jugaba con su ropa mientras observaba el local frente a ella. Sin demorarse, tomó aire y caminó hacia la puerta.
Al entrar, algunos empleados la miraron desde lejos.
Ella lo notó, pero mantuvo el paso hacia la caja. Al llegar, el gerente permanecía firme detrás del mostrador. Hizo una seña a los empleados; algunos se fueron a la bodega, mientras otros concentraron su atención en los clientes.
Él la miró con atención mientras ella buscaba las palabras.
Emily apretó su brazo antes de hablar. —Quiero unas cuerdas para guitarra. —hizo una pausa. —Por favor... —susurró.
—No
Emily levantó la mirada y la cruzó con la del gerente, pero rápidamente volvió a bajarla. —Por favor...
—Te dije que no te íbamos a vender. ¿Recuerdas por qué?
—Porque... eran idiotas
—Retírate, por favor.
—No. Lo siento, pero es que los empleados...
—¿Y eso te da el derecho de insultarlos?
—No, pero...
—¿Pero qué? —preguntó con firmeza.
Emily tragó saliva. Volvió a levantar la mirada y se encontró con aquel espejo de la vez pasada. Apartó la mirada y volvió a encontrarse con los ojos del gerente. —Perdón, por eso.
—¿Eso qué?
—Ya sabe.
—No, no sé. Dímelo.
Aflojó los hombros. —Por insultar su local, sus empleados y a usted.
El gerente la miró unos segundos más. Emily fue la primera en apartar la mirada.
—¿Podría venderme unas cuerdas?... por favor
Él no reaccionó de inmediato a la petición. Esperó y, finalmente, después de varios segundos, estiró la mano debajo del mostrador y sacó un sobre. —Ernie, ¿verdad?
Ella asintió. Estiró la mano para tomarlas, pero el gerente las colocó rápidamente a la altura de su cabeza. —Espero que hayas aprendido la lección.
Emily no respondió. Tan solo volvieron a mirarse.
—Te pareces a mi hija. — soltó de repente, después de unos segundos.
Ella levantó una ceja.
—En vez de secarse el cabello, tiene la mala costumbre de dejarlo mojado.
Emily se llevó las manos al cabello. —Con razón me siento fresca. —susurró.
El gerente la escuchó y soltó una pequeña risa. —Pero —continuó —Me molesta que mi hija descargue su irá en otros.
—Fue realmente difícil enseñarle. Sabes, le dije: primero siente tu emoción, luego...
La voz del gerente comenzó a desvanecerse en la cabeza de Emily. Llevó la mirada hacia las cuerdas. Luego hacia las guitarras, el reloj, cualquier cosa menos al hombre que hablaba frente a ella.
—¿Estas escuchando? —preguntó después de un momento.
—¿Qué?
Él frunció el ceño. —¿Enserio? Estoy hablando contigo y no pones atención.
—Es que no me interesa. ¿Debería hacerlo?
—Por respeto sí.
—Pero no se lo pedí.
—¿No sabes que hay que poner atención cuando alguien te cuenta algo?
—No sabía.
El gerente volvió a mirarla con atención.
Emily se quedó quieta, sin saber si debía o no decir algo.
Finalmente, él soltó una carcajada. —Pensé que eras una niña malcriada. Pero veo que ni siquiera llegas a eso.
—¿Qué significa eso?
—¿Tu qué crees?
—¿Me llamas idiota?
—No todos quieren pelear contra ti. El mundo no gira alrededor de ti, ¿sabes?
—Pues ojalá lo hiciera.
El gerente volvió a sonreír. —Y a todo esto, ¿Qué fue del chico que te acompañaba?
Ella se enmudeció. Escondió la cabeza entre los hombros.
—Ya veo. Lamento que hayan terminado. Era un buen chico.
—Fue mi culpa. —interrumpió —Quiero decirle, pero...
—Bueno, tarde o temprano tendrás que verlo. ¿Qué pensabas decirle?
—No lo he pensado. Quizá ya no desea hablarme. —su respiración se entrecorto — Él siempre me aguantó y, al final, lo jodí. Le dije cosas horribles.
—¿Por qué le dijiste eso, entonces?