Tomás permaneció varios segundos frente a la puerta de la casa. La guitarra colgaba de su hombro y sus dedos se aferraban a la correa.
Había recorrido el camino hasta allí casi por inercia. No había pensado demasiado en lo que diría cuando llegara. Ahora, frente a la puerta, no encontraba una sola frase que pareciera adecuada.
Soltó el aire lentamente y entró.
La casa seguía igual que siempre, aunque esta vez había algo diferente. Varias envolturas de comida estaban desperdigadas por la sala y algunas habían terminado debajo de los muebles.
Tomás las esquivó y subió las escaleras.
Al llegar al segundo piso se detuvo frente a la habitación de Emily. Levantó la mano, dudó un instante y finalmente tocó.
No obtuvo respuesta. Segundos después lo volvió a intentar y nada.
Como seguía sin recibir respuesta, abrió la puerta.
Emily estaba de espaldas a él, envuelta entre las sábanas. Solo parte de su cabello sobresalía por encima de ellas.
Tomás permaneció junto a la puerta. —¿No tienes calor?
Emily no respondió.
Tomás entró y dejó la puerta entreabierta. —Sabes, estuve escuchando tus bandas underground. No sé cómo descubres nuevos artistas.
Emily siguió mirando hacia la pared.
Tomás dejó escapar una pequeña respiración. —Vamos por algo de comer. Podríamos volver a ese lugar de los dulces al que te llevé.
—Déjame en paz. —la voz apenas atravesó las sábanas.
—¿Qué pasó? ¿Fue por lo de la sinfónica? ¿Por Sandra?
—Déjame en paz.
Tomás se acercó a la cama y se sentó en la orilla. —Esto me recuerda a aquella vez que estabas muriendo de hambre. —intentó reirse.
Ella no reaccionó.
Tomás recorrió la habitación con la mirada.
Las envolturas en el suelo, la ropa tirada y la guitarra abandonada formaban parte del desastre. La mesa que alguna vez había estado despejada ahora se encontraba sepultada bajo montañas de ropa otra vez.
—Siempre me he preguntado por qué tienes tanta ropa y siempre te vistes igual.
Emily se aferró un poco más a las sábanas y escondió el rostro entre el cabello.
Tomás esperó un momento antes de apoyar una mano sobre su hombro.
Emily se apartó de inmediato. —Déjame en paz.
—Emily... —retiró la mano. Sacó su propia guitarra del hombro y la acomodó sobre sus piernas. —Está bien.
Comenzó a tocar.
Las primeras notas salieron limpias, aunque rígidas. Cada cambio de acorde parecía pensado con anticipación. La melodía avanzaba despacio y, de vez en cuando, alguna nota se escapaba de sus dedos.
Emily tomó una almohada y se la colocó sobre la cabeza.
Tomás continuó.
Entonces se equivocó en un acorde.
El sonido desagradable resonó por la habitación.
—Todavía no me sale esta parte —dijo con una pequeña sonrisa —¿Tienes algún consejo?
Emily retiró apenas la almohada de su cabeza. —¿Qué sentido tiene enseñarte si no mejoras?
Tomás dejó los dedos sobre las cuerdas. —¿Qué?
—Te enseñé durante tanto tiempo y sigues tocando igual. Deberías rendirte. Esto no es para aficionados.
Dejó la guitarra a un lado. —Perdón. Pensé que algo de música podría animarte.
Emily volvió a cubrirse.
Él bajó la mirada hacia el instrumento. —Sabes, esto me recuerda a cuando esperaste afuera de mi cuarto y solo tocabas.
—¿Por qué sigues hablando de eso? —preguntó Emily en voz baja —Ya supéralo.
Tomás soltó una risa incómoda. —Perdón, pero no puedo evitar recordar todas esas cosas que vivimos.
—Yo ya lo superé. Deberías hacer lo mismo.
Levantó la cabeza. —¿En serio?
Emily no respondió.
—Pero tú siempre hablabas de tu mamá.
La oreja de Emily se movió un poco al escuchar eso.
—No lo dije con esa intención —añadió rápidamente. —Es solo que siempre mencionabas alguna cosa sobre ella y yo... he...
—¿Y qué hay de la tuya?
Tomás parpadeó. —¿Qué?
—Vienes aquí diciéndome que supere las cosas, pero llevas años intentando demostrarle a tu madre que vales la pena.
Él bajo la cabeza. —Eso no es cierto.
—¿No? —apartó un poco las sábanas de su rostro. —¿Cuántas veces ha hablado contigo tu madre desde que fallaste en tu examen?
—Emily...
—¿Acaso ya te perdonó por fracasar?
—No digas eso.
—Solo digo la verdad.
Tomás apretó los dedos contra la madera de la guitarra. —No sabes de qué estás hablando.
—¿O acaso no pasaste Navidad y Año Nuevo aquí porque nadie te estaba esperando en otro lugar?
Tomás levantó la cabeza. La mandíbula se le había tensado.
Emily lo miró por unos instantes. —Es curioso, ¿sabes?
Él no respondió.
—Yo perdí a mi madre y tú no. Pero, a diferencia de mí, ella decidió no estar contigo.
Tomás cerró los ojos por un instante. —Basta.
Emily sonrió apenas. —No sabía que podías poner esa cara.
Tomás abrió los ojos.
—¿Sabes cuántos profesores terminaban así cuando les decía algo que no les gustaba?
—No fue mi intención.
—Todos venían a hacerme perder el tiempo. Al igual que tú.
Tomás se puso de pie. —Yo... vine porque pensé que necesitabas hablar. Solo quería ayudarte.
Emily dejó escapar el aire por la nariz. —Tú y tu madre se parecen más de lo que crees.
Tomás se quedó quieto. —No vuelvas a compararme con ella.
Emily sonrió. —¿Por qué? ¿Duele?
—Emily...
Ella inclinó ligeramente la cabeza. —Tu madre también decía que quería ayudarte. La única diferencia es que ella terminó aceptando que no podía hacerlo.
Caminó hacia la puerta con la mandíbula tensada.
—¿Toque algo sensible? —esperó hasta que Tomás estuvo a unos pasos de salir. —Pero ¿sabes cuál es el problema?
Tomás se detuvo.
—Que no ayudas a nadie.
Él permaneció de espaldas.
—Solo haces que la gente dependa de ti para sentir que sirves para algo. Por eso sigues viniendo.
—No sabes lo que estás diciendo.