La Prometida Gris

30. Preparativos para la boda

30. Preparativos para la boda

—No se puede aprender a amar —respondí, bajando la mirada—. El amor solo se puede sentir. Pero tú dijiste que... que amabas a Greta la Blanca...

—Dije eso para que no pensaras que me mostraría sinceramente afectuoso contigo, para que no te hicieras falsas ilusiones con respecto a mis sentimientos. Pero... he cambiado de parecer. Deseo aprender a amar. Porque me gustas muchísimo, más que cualquier otra persona a la que haya conocido jamás. Por eso no quiero engañarte. Puede que no sea más que pura atracción carnal, como asegura mi hermano. Pero tú sabes amar, ¿verdad? ¿Alguna vez has sentido amor en el pecho, Edelina? —inquirió el rey.

—Mmm. Estuve enamorada en su día. Fue un primer amor, de esos que se apagan con premura. Mejor dicho, un encaprichamiento de juventud. Pero no lo sé... —miré a Jonathan el Blanco—. Es una propuesta tan insólita. Tan extraña. ¿Cómo podría enseñarte yo a amar? No creo que sea capaz.

No pronuncié un «no», pero tampoco proferí un «sí». Me hallaba desconcertada por el proceder de Jonathan el Blanco, asombrada y avergonzada por su ternura y sus besos. Todavía no lograba reponerme del roce de aquellos labios tibios e insinuantes sobre los míos. El corazón amenazaba con salírseme del pecho.

Sin duda por ello Jonathan el Blanco ensombreció el semblante, tomando mis últimas palabras por una negativa. Me soltó la mano y se puso en pie. El inseparable bastón lo ayudó a arrastrar los pasos hasta el umbral del aposento.

—Perdóname, Edelina, te pido demasiado. El odio no se acalla con tanta ligereza. Y yo vengo a hablarte de amor. Cuentan que su poder es tan descomunal que incluso los muertos vuelven a la vida. Tal vez... tal vez aún ames a aquel hombre.

—¡Oh, de ninguna manera! —esbocé una sonrisa y sacudí la mano, como si espantara una mosca impertinente—. Tenía un parecido con Jonathan el Negro: sentía la misma inclinación a correr tras las faldas, como bien dices. Detesto a los hombres así. Si alguna vez llego a entregar mi corazón, será para siempre, para toda la vida...

Jonathan asintió y desvió la mirada.

—Dos centinelas montarán guardia junto a tu puerta —articuló con voz sorda, sin mirarme—. Tienen órdenes estrictas de no franquearle el paso a nadie, especialmente a mi hermano. Y he deshecho el lazo mágico del brazalete; tu magia es libre. Mañana por la mañana despediremos los restos mortales del rey, y luego celebraremos nuestro enlace. Buenas noches, Edelina.

Así pues, el soberano se quedó sin escuchar la respuesta a su pregunta crucial sobre si yo sería capaz de enseñarle a amar; de ahí, probablemente, que se hubiera agriado su talante, sumiéndose en la melancolía.

—Buenas noches, Jonathan —llamé por primera vez al monarca por su nombre llano—. Yo... No sé si resultará algo de todo esto. ¡Pero sí, acepto! Trataré de ayudarte. Al menos, te hablaré sobre el amor —me incorporé del sillón y di un par de pasos hacia él; no quería que se marchara de mi lado con semejante pesadumbre.

El rey se giró con premura.

—Gracias —las arrugas de su entrecejo se suavizaron levemente, y en sus ojos relampagueó un júbilo indisimulado—. ¡Prometo ser un pupilo aplicado y diligente!

Hizo una leve reverencia y cruzó la puerta.

Me desvestí, me aseé, caí rendida sobre el lecho y el sueño me venció en un suspiro: aquella jornada había sido un auténtico desvarío. Decidí que lo pensaría todo al día siguiente. Y en mis sueños se coló Jonathan el Blanco, que continuaba devorando mis labios en la ensoñación.

Al despertar, el palacio era un hervidero de agitación.

Mirabela la Blanca y Mirabela la Negra, que me trajeron el desayuno a los aposentos, comenzaron a relatar a viva voz y arrebatándose la palabra los últimos chismes. Aquellas doncellas semejaban dos llamaradas por fuera y atesoraban un temple idéntico al fuego. Y sus lenguas, de tanto cotilleo, debían de estar al rojo vivo. Me enteré de que el cuerpo del rey Frederik el Blanco ya estaba dispuesto para el ceremonial fúnebre. El mago real, el Sumo Sacerdote y los allegados carnales del difunto Su Majestad (esto era, la reina consorte, sus dos vástagos y el bastardo Janko) se trasladarían a las afueras, rumbo a un túmulo monumental en cuyo interior se erigía la cripta destinada a todos los reyes y reinas de Mixteia. Solo a quienes corre sangre real por las venas les está concedido franquear la entrada del túmulo. Allí, tras rigurosos ritos, el cuerpo del soberano descansaría junto a sus antepasados.

Las sirvientas despacharon todo aquel asunto a trote apresurado e impaciente para saltar de lleno a la comidilla principal de la jornada: mis nupcias con Jonathan el Blanco. Por la tarde tendría lugar el enlace matrimonial. En la corte no se rumoreaba otra cosa. El evento había eclipsado cualquier otra habladuría. Incluso la enigmática defunción del rey.

—¿Y qué murmuran exactamente sobre nuestra ceremonia matrimonial? —inquirí mientras me enfundaba ya en el fastuoso vestido blanco.

Restaban aún varias horas para el oficio, pero los preparativos constituían una faena interminable y tediosa. Enfundarse el vestido, apretar las cintas del corsé y ya está una lista, dirán ustedes. ¡De eso nada!

¿Y el peinado, en manos de la venerable señora Termantia la Blanca? Su hermana, Termantia la Negra, le alcanzaba las horquillas, ensortijaba donde convenía los mechones valiéndose de unas tenacillas mágicas al rojo y no se mordía la lengua con sus comentarios mordaces.




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