La Prometida Gris

71. Dos deidades

71. Dos deidades

—Eso está por verse, quién se alzará con la victoria —bramó el rey Jonathan, con la sangre hirviéndole en las venas—. ¿Cuándo libraremos el duelo? ¡Estoy preparado! ¡Y cuanto antes, mejor! Si para poner fin a este rito interminable y atroz —donde perecen mis vasallos, sucumbieron las anteriores prometidas y la capital se desmorona— he de destruirte, ¡acometeré la lid en este mismo instante! ¡Es hora de zanjar esto de una vez por todas!

Davon el Mortífero prorrumpió en una carcajada estruendosa, desprendiendo pesadas lascas de roca; lucía colosal y aterrador en su regocijo.

—¡Me resultas cómico, Ansi! ¿Acaso no te convendría adiestrarte primero? Cuentas aún con una semana entera de gracia. La clausura solemne del rito recae en el postrer día del mes. Precisamente por ello te lanzo el desafío con tanta antelación, para que reúnas vigor y temples el espíritu. Así lo estipula la ley sagrada. ¡Soy una divinidad letal e invicta! ¡Y aún osas acariciar esperanzas de triunfo! ¡En cada ocasión en que cruzamos las armas salí victorioso! ¡Tú, en esta nueva reencarnación, no conservas memoria de mi ser! ¡Mas yo guardo intacto el recuerdo de tus miembros retorciéndose bajo mi lanza en la agonía postrera! ¡Y tu mujer pasará a mi lecho! Yo mismo, en mi manifestación mortal, la consolaré con ardor a la sombra de tu cadáver. Y más tarde se transmutará en hembra vishap. ¡Mira nada más: el lugar de Fantir ha quedado vacante! ¡Siempre que se me antoje despertaré para regalarme con ella a mi capricho! —me guiñó un ojo con lascivia insoportable, y sentí que la palidez me cubría el rostro—. Y ahora... pues bien, ya que te muestras tan impaciente en esta era, Ansi, ¡que dé comienzo la carnicería!

—¡Jonathan! —supliqué desolada, aferrándome a su brazo—. ¿Cómo puedes consentir semejante despropósito? ¿Un combate a muerte aquí y ahora? ¡No te precipites! ¡Ignoramos qué clase de numen es este, cuáles son sus flaquezas y sus virtudes, qué arcanos maneja o qué dones despliega! ¡Sería una insensatez obrar a ciegas! ¿Acaso no asiste la razón al vishap cuando propone aguardar y prepararse a conciencia?

Mas Jonathan desoía mis lamentos. Sus pupilas se inyectaron en sangre y sus facciones se desencajaron por la furia.

—¡Pedazo de alcorque petrificado, no sabes más que rebuznar bravatas! ¡Demostremos con hechos y no con baladronadas quién es el invencible! ¡Mi esposa me pertenece únicamente a mí! ¡Ella es mi dariyam! ¡Y ningún miserable osará rozarle un solo cabello de su cabeza!

De improviso, Jonathan me apartó a un flanco con ademán enérgico y me ordenó ponerme a salvo en la linde del bosque, al tiempo que su propia figura comenzaba a agigantarse. Crecía y crecía desmesuradamente, alcanzando la descomunal alzada de Davon el Mortífero. De la nada más absoluta surgieron varias espadas afiladas y esbeltas, semejantes a letales aguijones, y todas encontraron acomodo en los puños de Ansi. ¡En sus ocho extremidades! Pues a la espalda del rey habían brotado unos miembros alargados, erizados de púas venenosas y mortíferas, con articulaciones sinuosas como las patas de una araña monumental. Seis de ellas se alzaban tras sus hombros, mientras sus dos brazos naturales completaban los ocho apéndices que le conferían la traza de un titánico arácnido níveo.

Alrededor de la nuca y el cuello surgieron semicírculos de espinas óseas y afiladas que envolvieron la cabeza de Jonathan cual si fuese una celada guerrera. Su larga melena blanca se abría paso en mechones inquietos a través de aquella celosía calcárea, cayéndole hasta la cintura como cintas vivientes de telaraña. Únicamente las facciones de Ansi preservaban los amados rasgos de mi señor; el resto de su ser había mutado en una estampa alba, espinosa y sobrecogedora. Por el pecho del rey-araña bullían miríadas de diminutos arácnidos de plata que tejían millares de hilos sin descanso, acorazando al gigantesco semidiós bajo un arnés resplandeciente. En un abrir y cerrar de ojos, ante la mirada atónita de los vasallos congregados, se erigía el majestuoso dios araña Ansi en su faz de batalla.

Habiendo sido apartada por Jonathan, permanecí paralizada en la linde, incapaz de desviar los ojos de aquel semidiós sublime, formidable y de una belleza estremecedora.

Mas no solo Jonathan mudaba de aspecto: Davon el Mortífero acometía su propia transfiguración al unísono. Se sacudió con violencia, como una fiera pesada y montaraz, desprendiendo cascotes sobrantes, costras de musgo y líquenes centenarios; de pronto se encorvó y descargó los puños con furia salvaje contra el suelo ante sus plantas. Las manos de cantería del coloso se hundieron en la tierra casi hasta los codos. El suelo entero tembló bajo nuestros pies, recorrido por una onda arrolladora similar a un seísmo devastador. El vishap comenzó a arrancar algo de las entrañas del lecho con formidable esfuerzo. Primero asomó un astil kilométrico, seguido del filo anchuroso y ennegrecido por los siglos de una hacha colosal. Davon la arrancó de cuajo de la tierra, se puso en pie y, asentando el agarre, la hendió en el aire para medir su alcance y peso. Aquel molinete con el arma —a todas luces forjada con magia primigenia— desató una tempestad en el claro: el vendaval arrancó los sombreros de las cabezas de los cortesanos y los empujó en desbandada. Los árboles del contorno gimieron ateridos, doblándose bajo la furia del aire, y algunos ejemplares vetustos y carcomidos cayeron fulminados, arrancados de raíz.

—¡Huid! —grité a la nobleza—. ¡Poneos a salvo! ¡El desenlace de esta lid es incierto! ¡Janko, vela porque todos alcancen cobijo!




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