52. Una misión imposible
¿Matar a mi araña? ¿Había escuchado bien? Me quedé completamente sin habla.
Lupus, entre mis manos, como si hubiese comprendido las palabras del coloso de roca, comenzó a temblar imperceptiblemente, ovillándose sobre sí mismo y parpadeando con todos sus ojillos de un modo que se me antojó aterrado y lastimero.
—Pero ¿cómo que matarlo? —inquirí con desesperación—. ¡Si nosotros lo amamos! —y de pronto añadí, iluminada por una astuta ocurrencia—: ¡Amansar y amar a la araña fue mi primera misión! Pero si le doy muerte, ¿no se considerará que mi encomienda ha fracasado? ¿Acaso no es así? ¡Y yo la he cumplido! Respetable Tartan el Veloz, ¿qué opina usted a este respecto? —me dirigí al primer vishap.
—¡¿De qué estás hablando, Fantir?! —se indignó de súbito el vishap Tartan—. ¿Cómo pretendes que maten a la araña? ¡Es mi fuego! Mi poder. Si cumplen con esa orden, ¡la primera prueba quedará en nada! ¡Carece de toda lógica!
—¡¿Y por qué no?! —retumbó Fantir—. ¡Es difícil! ¡Poco importa la naturaleza de la encomienda mientras resulte ardua, superior a las fuerzas de estas hormigas que bullen en nuestras tierras!
—¡Me niego! ¡El arácnido es mi cometido! ¡Y tú no tienes arte ni parte en él! ¡Discurre el tuyo propio!
Los gigantes de roca se enzarzaron en una agria disputa. Dejaron de prestar atención a Jonathan el Blanco y a mí. Nos cruzamos las miradas. Mi esposo debió de notar el desamparo en mis ojos, pues me apretó la palma con firmeza, sanando así la herida del corte ritual y, a un tiempo, infundiéndome valor y cobijo con su calidez y su ternura.
—No haremos tal cosa, Edelina —me susurró al oído—. No lo consentiré. ¿Ves cómo esos vishaps disputan entre sí? Carecen de pactos comunes, cada cual obra según su antojo; lo que significa que conservamos una oportunidad de salir victoriosos de este lance que han tramado. Al menos lo intentaremos. Lupus se ha convertido en nuestro amuleto protector, en nuestra fiel mascota, en nuestro aliado... ¡jamás lo traicionaremos!
Asentí aliviada, devolviéndole la mirada a mi marido. Después de todo, contar con un apoyo tan firme en circunstancias tan aciagas resultaba un bálsamo invaluable.
Entretanto, la querella entre los vishaps derivó hacia terrenos insospechados. Empezaron a recriminarse mutuamente no haber expulsado todavía a los humanos de las antiguas moradas fúnebres de sus deidades.
—¡Toda la culpa es tuya! —rugía Tartan—. ¡Contigo no hay más que líos y despropósitos!
—¡Habló quien pudo! —le replicaba Fantir—. ¡Tus desafíos para la primera prueba son un juego de niños! ¡Siempre entreteniéndote con tus arañitas! ¡Gran cosa, amansar una araña! ¡Ese bicho me tiene harto! ¡Que acaben con él!
—¡La araña es parte de mi ser! Eso para empezar. Si la matan, mermarán mi fuerza mágica y no lograremos derrumbar con presteza esta gran urbe. Y en segundo lugar, la araña, tal como he sentenciado, ¡es asunto mío! Por sencilla que pareciese, ¡nadie había sido capaz de superarla hasta la fecha! Hasta hoy. Y dado que mi encargo, muy a mi pesar, ha sido culminado, ¡a ti te corresponde imponer el tuyo sin usurpar mis ocurrencias! —el primer vishap entrecerró los ojos y una lluvia de gravilla resbaló por sus párpados de piedra—. ¿O es que no das la talla para concebir algo por ti mismo? ¿Acaso necesitas robarme las mías?
A todas luces Tartan había dado en el clavo, pues Fantir el Feroz se encendió en cólera. Y aquel arrebato se tornó, para nuestro asombro, en una magnífica señal. Bramó con furia:
—¡¿Que yo no doy la talla?! ¡Yo soy capaz de cualquier hazaña! ¡Por supuesto! ¿Cómo se me ocurrió pensar que matar una araña entrañaba dificultad alguna? ¡Se pisa a la sabandija y queda reducida a polvo! ¡Sin esfuerzo alguno! ¡Os impondré a vosotros, míseros mortales, una nueva encomienda! ¡Una de verdad!
Jonathan y yo nos pusimos en guardia. El regusto de victoria en la voz del coloso no presagiaba nada halagüeño.
—¡Deberéis hallar a mi prometida y traerla ante mí antes de que expire la semana!
Tartan, que escuchaba a su pétreo hermano, no pudo reprimir el desconcierto:
—¡Pero si rompisteis vuestro lazo para siempre! Nielia no quiere verte ni en pintura...
—¡Calla, ya he hablado! —lo atajó Fantir—. ¡Esta es mi última palabra! —y a ojos vistas comenzó a petrificarse, regresando a su rigidez original de roca inerte.
—¡Pero si ignoramos dónde buscar a tu prometida! —exclamé yo a viva voz.
Mas Fantir ya reposaba ante nosotros transformado en un ídolo insensible. A su vera, el primer vishap se tornó asimismo de piedra pura. Toda la energía derrochada en despertarlos se había consumido por completo.
—¿Y cómo demonios daremos con su prometida? —miré al rey presa de la consternación—. Será también un vishap, supongo. ¿O cómo se dice... vishapa, hembra vishap? ¡Esto es una injusticia! ¡Acaso yazga hecha añicos en algún confín, sin ser más que un montón de cascotes olvidados!
—Ciertamente, es una encomienda harto difícil de satisfacer —convino Jonathan el Blanco—. Prácticamente imposible, pues a excepción de estos vishaps, no tengo noticia de otros en toda Mixteia.
Guardamos silencio por unos instantes.
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Editado: 22.09.2026