La Prometida Gris

56. La muerte del rey

56. La muerte del rey

—¿El rey se está transformando? —me asombré—. ¿En qué, por todos los cielos?

Escudriñé el semblante pálido y ceniciento de Jonathan el Blanco. El encaje, semejante a un sinfín de grietas, le cubría la piel por entero; lucía extenuado, completamente inmóvil, mas en sus ojos aún titilaba un brillo de viva curiosidad; sin duda, las palabras del bajopuente también lo habían tomado por sorpresa.

—En una araña.

Me quedé mirando a Michael con los ojos desorbitados por el espanto. A mis espaldas, las señoras Termantia ahogaron un grito y comenzaron a cuchichear a toda prisa entre sí. A todas luces, sabían de qué se trataba. En mi mente, en cambio, cobró forma al instante la imagen de una araña colosal y abominable en la que se transfiguraría mi amado Jonathan. Y enseguida acudió el recuerdo de Lupus. ¡Oh, no! ¡No lo soportaría si además del arácnido de los vishaps tuviera que lidiar con un Jonathan convertido en semejante engendro! ¿Cómo era posible algo así?

Al advertir el pánico reflejado en mis pupilas, Michael reaccionó azorado y se apresuró a matizar:

—Me he expresado con torpeza. ¡Por supuesto que no en una araña común y corriente! Así es como llamamos entre nosotros al legendario Ansi*, el dios de plata. ¿Acaso desconocéis dicha leyenda?

—No —sacudí la cabeza—. ¿Quién es?

—Es una historia prolija —explicó Michael visiblemente conmovido—. Su Majestad goza en verdad de una salud de hierro; se halla simplemente inmerso en la transformación que en su día me refirió mi abuelo el chamán. Distingo con claridad todas las señales: el encaje argénteo entregado al soberano por nuestro custodio chamán, la inmovilidad absoluta que precede a la muerte aparente, y el posterior renacer purificado. ¡Bendita la hora en que me mandasteis llamar! ¡Habría sido un yerro monumental dar sepultura al monarca cuando pierda el conocimiento! Presentará toda la traza de un cadáver, mas no será más que una ilusión superficial. En su organismo se están desencadenando procesos que alteran la naturaleza humana, transmutándolo en algo enteramente distinto. En un semidiós, por así nombrarlo. Las crónicas sobre la epifanía del dios de plata se transmiten de padres a hijos desde hace generaciones entre los bajopuentes. ¡Qué dicha tan inmensa haber sido testigo de tan magno acontecimiento!

A Michael le temblaba el cuerpo de pura devoción y recogimiento. Volví los ojos hacia Jonathan. Yacía ya con los párpados sellados. El encaje ceniciento había perdido brillo, tiñendo su piel de un tono enteramente grisáceo; su semblante, en verdad, no se diferenciaba del de un difunto.

—¡Por San Eufemio y Santa Justina! ¿Es así como debe acontecer? ¡Dígame que Jonathan no ha muerto! —me arrojé despavorida hacia mi esposo y le así la mano. Estaba gélida como un carámbano.

—Tiene, como bien advertí, el semblante de la muerte. Mas no, ¡no ha perecido! —sentenció el señor Michael con voz firme.

—¡Pero si está idéntico a un cadáver! —clamé, estrechando contra mi pecho la mano inerte de mi marido.

—¿Qué pasa, ya estiró la pata? —la voz de Jonathan el Negro me golpeó como un latigazo por la espalda, arrancándome un respingo estremecido. ¡Maldito buitre carroñero, cómo lo había olido para presentarse aquí!—. ¿Y a qué viene tanta chusma en este recinto? ¡Solo concedí licencia a la reina para permanecer junto al lecho de muerte de su marido! ¡Fuera todo el mundo de aquí! ¡Sacadlos de inmediato!

Tras los pasos de Jonathan el Negro aguardaban varios hombres. Dos soldados gemelos se abalanzaron sobre Michael y mis sirvientas, empujándolos sin miramientos hacia el exterior.

—¡El rey ha muerto; procede trasladarlo a la capilla real y disponerlo para los ritos fúnebres! Las exequias tendrán lugar mañana a primera hora, ¡no vamos a andarnos con demoras! ¡A partir de este instante soy vuestro rey! —Jonathan se irguió henchido de soberbia, adoptando un porte aún más estirado y vanidoso—. ¡Cumplid mis órdenes de inmediato!

Dos lacayos gemelos portando unas andas avanzaron hacia el lecho, junto al cual yo permanecía de hinojos al lado de mi esposo.

—¡No, no! —me puse en pie de un salto y me planté ante Jonathan el Negro—. ¡No ha muerto! ¡Se halla sumido en un letargo profundo! ¡Sanará, volverá en sí y renacerá! Ese hombre que acaba de salir lo sabe de buena tinta...

—¡Parece que la reina también precisa de auxilio! —esbozó una mueca sardónica Jonathan el Negro—. Se halla un tanto desquiciada por el deceso del monarca; ¡llevadla a sus aposentos y echad la llave por fuera hasta que recobre el juicio! ¡Y entregadme la llave a mí! Más tarde me acercaré a visitar a la desdichada dama para brindarle consuelo. ¡Ahora, que repose! ¡Eh, vosotros, los de ahí fuera!

De la estancia contigua irrumpieron otros esbirros, me atenazaron los brazos y tiraron de mí hacia la salida.

—¡No, no lo hagáis! ¡No se puede dar sepultura a Jonathan el Blanco! ¡Está vivo! ¡¿Es que no lo comprendéis?!

Grité y forcejeé sin descanso, pugnando por zafarme de las garras de la servidumbre, mas nadie prestó oído a mis súplicas. Me arrastraron con rudeza hasta las puertas de mis aposentos y me encerraron bajo siete llaves. En mi impotencia, comencé a aporrear la madera con los puños, desgañitándome en alaridos...

—Vuestra Majestad, por favor, sosiegue —alguien me posó la mano sobre el hombro con suavidad, me condujo hasta una butaca, me ayudó a sentarme y me alargó un vaso de agua fresca.




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