67. La fuente «Los celos»
Fontanna se asentaba al sur de Mixteia; marchando a buen paso, era posible alcanzar en medio día aquella urbe erigida a orillas del mar. Debía su renombre a sus prodigiosas y hermosísimas fuentes, de las cuales tomaba su propio nombre. Aquellos manantiales artificiales no eran meros ornamentos que ensalzaban el trazado urbano: se trataba de auténticas obras de arte. Grandes y diminutas; caudalosas, donde el agua se elevaba hacia el cielo en columnas anchas e impetuosas, o provistas de hilos de agua apenas perceptibles; de un solo surtidor o de múltiples chorros entrelazados, iluminadas con destellos multicolores... Aquellas creaciones del ingenio humano deleitaban la mirada con su armonía y su exquisito gusto estético. Y tan solo una fuente, emplazada en el mismísimo corazón de la ciudad, no había sido erigida por manos mortales: su cimiento lo conformaban dos vishaps que se alzaban como efigies petrificadas en medio del torbellino acuático.
Su Majestad y yo nos habíamos demorado un poco en los Puentes Heroicos, por lo que emprendimos la marcha bien avanzada la mañana; mas los corceles que tiraban de la carroza eran briosos y poco después del mediodía ya divisábamos los arrabales de Fontanna. Teníamos previsto regresar a la capital esta misma noche, pues mañana debíamos comparecer ante los ojos del segundo vishap, Fantir el Feroz, trayendo a su prometida o presentándonos sin ella. Si no dábamos con su paradero, todo afán resultaría en vano y la empresa habría naufragado sin remedio. Ignoraba qué suerte correríamos entonces, aun cuando Jonathan se empeñaba en tranquilizarme asegurándome que jamás consentiría que los espíritus oscuros arrebatasen mi alma y me quitaran la vida; pues ahora era un semidiós y, de ser menester, retaría en duelo singular a todos los dioses de la creación con tal de resguardarme. Me acurruqué dulcemente junto a mi esposo y pasamos la travesía entera conversando, besándonos y colmándonos de abrazos. ¡Cuánto amaba a ese hombre: mi amado soberano, semidiós, el esposo más maravilloso sobre la faz de la tierra!
La fuente de los vishaps se erigía en el centro de la urbe, en la plaza mayor, frente a la casa consistorial. El burgomaestre ya había sido prevenido de la visita de los reyes y nos aguardaba al pie de la escalinata de un edificio sobrio y monumental, flanqueado por cuatro columnas cilíndricas coronadas por cariátides en su remate.
Era un varón alto y enjuto, de rostro alargado y melancólico y nariz afilada; a su vera aguardaba su hermano gemelo, empleado asimismo en el consistorio. Con harta frecuencia los gemelos abrazaban el mismo oficio o desempeñaban dignidades parejas. El magistrado y su hermano respondían respectivamente a los nombres de Marseol el Blanco y Marseol el Negro.
Tras los saludos de rigor y las presentaciones mutuas —así como un sinfín de lisonjas que ambos hermanos me prodigaron a porfía, aunque a juzgar por sus semblantes mustios y taciturnos jamás habría imaginado que fueran capaces de conmoverse o de hilvanar frases tan floridas—, nos aproximamos todos juntos a la gran fuente de la plaza mayor, la cual imantaba la mirada sin descanso. Desde que la carroza embocó la plaza, atisbando por la ventanilla aquella asombrosa maravilla escultórica, me invadió un místico sobrecogimiento: las dos mujeres de piedra que allí se erguían sobrecogían el ánimo. Por su belleza, su gracia y... por la ferocidad y la cólera que se adivinaban en sus ademanes en tensión.
A diferencia de los de la capital, los vishaps de Fontanna no daban la menor señal de vida; dormían en un letargo profundo al no haber quebrado nadie su reposo. ¡Con todo, sus cuerpos permanecían inmortalizados en pleno forcejeo!
¡Dos hembras vishap, soberbias, hermosas y perfectas, trabadas en una riña a muerte! Aguardaban enfurecidas, airadas: la cabellera pétrea de una de ellas se desparramaba sobre sus hombros, mientras la otra lucía un tocado alto y extravagante. Sus vestiduras de cantería eran llamativamente cortas, apenas por debajo de las rodillas, en flagrante contraste con la moda contemporánea, donde enseñar el empeine o el tobillo se juzgaba un atropello contra las normas morales y el decoro establecido. Una de ellas, la de la larga melena, atenazaba el hombro de su rival, empujándola y pugnando por arrebatarle algo de entre los dedos.
El agua resbalaba por los cabellos de la mujer de melena infinita, confundiéndose con ellos y precipitándose en una ancha cortina cristalina hacia la amplia copa circular del pilón. De los ojos de la otra dama brotaban finos hilos de agua, asemejándose a un llanto desconsolado.
—¿Qué están haciendo? —inquirí picada por la curiosidad, aun cuando resultaba evidente que aquellas mujeres disputaban agriamente y estaban a un tris de liarse a golpes—. ¿Qué representan esta escultura y esta fuente?
—«La nuera y la suegra», así la apoda el vulgo en tono de chanza. Salta a la vista la trifulca. Mas el título oficial del monumento es «Los celos» —comenzó a relatar el señor Marseol el Blanco, guiándonos más cerca del agua—. Cuenta la leyenda que estas dos damas amaron antaño al mismo varón. Mejor dicho: aquel galán amaba a Niela, esta que venter lágrimas de piedra, mientras que su antigua pretendiente era Rivanna, la de la frondosa melena.
Al arrimarme a aquellas colosales hembras vishap alcancé a apreciar con nitidez el gesto colérico y perverso en el semblante de Rivanna, frente a la mirada desolada y perpleja de Niela.
—En cierta ocasión, aquel caballero acudió ante Niela para pedir su mano; le ofrendó el velo nupcial con el que debía cubrirse para comparecer ante el sacerdote en la consagración de sus votos. Convinieron encontrarse al día siguiente al pie de la Aguja Marina.
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Editado: 22.09.2026