La Prometida Gris

70. La tercera prueba

70. La tercera prueba

—¡Bien sabía yo que no la hallarían! —tronó a su vera el vishap Tartan el Veloz.

El tercer vishap guardaba silencio por el momento. Fantir comenzó a pasear la mirada por los alrededores, mas Nielia no daba señales de vida. Aterrada ante la posibilidad de que la doncella faltara a su palabra, alcé la voz para sobreponerme al crujido de sus coyunturas pétreas: el coloso agitaba los brazos con desespero, haciendo llover guijarros y musgo directamente sobre las cabezas de Jonathan y la mía:

—¡Sí, dimos con Nielia; nos aseguró que comparecería en el rito! ¿Acaso no convendría aguardar unos instantes?

Jonathan me atenazaba la mano con firmeza para infundirme aliento, mas sentía cómo el pulso le temblaba por la zozobra.

—¡Aguardé centurias enteras! —rugió Fantir, consumido por el dolor al no hallar a aquella por quien su alma palpitaba—. ¡Os aplastaré bajo mi bota aquí mismo, malditos insectos! —al gigante le temblaba la mole entera. Comenzó a despegar con lentitud del suelo su pie de piedra, hundido casi hasta el tobillo.

Jonathan retrocedió paso a paso, arrastrándome consigo. ¡Cielos, ¿acaso Nielia nos había tendido un lazo? ¿No vendría? ¿Quebrantaría el corazón de su prometido de semejante manera?

¿Albergan acaso corazón los ídolos de roca? ¿Pueden amar con la misma vehemencia que los simples mortales? Mas aquel vishap, a diferencia de sus iguales, había sido de carne y hueso en tiempos pretéritos; soñó, amó y sintió en sus entrañas. Y aún profesaba devoción a su desposada. Imaginé por un latido padecer semejante calvario: verme forzada a aguardar centurias enteras el regreso de mi Jonathan... Era un suplicio inhumano. En tal desamparo, cualquiera terminaría aborreciendo al orbe entero y maldiciendo a la estirpe de los hombres; siquiera por pura envidia al verlos vivir, amar y sentir, mientras uno yace petrificado, incapaz del menor movimiento, sepultado en una mole de cinco varas de alzada.

—Buenos días, amor mío —resonó de pronto una melodiosa voz femenina a nuestras espaldas.

Mi esposo y yo nos volvimos en redondo. En mitad del claro se erguía Nielia. ¡Y qué porte lucía! Llevaba una larga túnica nívea coronada por un velo escarlata, descorrido en ese instante de modo que dejaba al descubierto sus soberbias facciones de cantería. Me pregunté de dónde habría sacado tan fastuoso atavío; mas los vishaps albergaban sus propios arcanos, y a buen seguro lo había urdido con su magia.

—¡Nielia! —bramó Fantir despegando al fin la planta derecha del suelo para dar una formidable zancada al encuentro de su amada.

Jonathan y yo corrimos a ponernos a salvo a un costado, contemplando cómo aquellas esculturas enamoradas acortaban la distancia. Prodigiosas, pétreas, deslumbrantes en su anhelo supremo de fundirse en un solo ser. Con cada paso que daban sobre la hierba, sus anatomías se transmutaban a ojos vistas.

Al asentir la primera pisada, del cuerpo de Fantir comenzaron a desprenderse arena y lascas menudas; a la segunda zancada, su coraza de roca se quebró en mil hendiduras; y la tercera desató una auténtica lluvia de cascotes desde los hombros del titán... El granito se desmoronaba en pedazos, jalonando su avance con un reguero de ruinas, mas el vishap desoía el derrumbe: con los ojos clavados en su prometida, avanzaba y menguaba, metamorfoseándose en un varón de carne y hueso. Ante Nielia —quien avanzaba al unísono hacia su galán, despojándose paso a paso de su envoltura pétrea— se plantó al fin un joven apuesto, empolvado de caliche, de buena estatura y porte distinguido, con barba recortada y bigote, y un gozo indecible resplandeciendo en su mirada.

—¡Nielia, eres tú! ¡Has venido!

—Sí, amado mío; he regresado para consagrarme a ti por toda la eternidad.

Fantir le tendió la mano y ella entrelazó sus dedos con los suyos. Los amantes se quedaron suspendidos en su propio universo, ciegos a cuanto los rodeaba.

—Guardo tanto que revelarte... —susurró el antiguo coloso—. Decirte cuánto te amo, confesarte que a lo largo de estos siglos no hubo un solo latido en que no pensase en ti, dueña mía...

—Y yo en ti, Fantir —gorjeó Nielia arrimándose a su pecho y dejándose envolver en su abrazo—. ¡Fui tan insensata! ¡Tú me amabas con locura, hoy lo sé de sobra! Los dioses impidieron tus nupcias con Rivanna porque llegué a tiempo, no me demoré. ¡Habría bastado con ocupar el lugar de mi rival para consagrarnos en matrimonio! ¡Y me enredé en reclamos absurdos!

—¡Qué rival ni qué ocho cuartos! ¡Jamás tuviste rivales ni las tendrás en este mundo! —proclamó Fantir—. ¡Eres la mujer más primorosa de la creación! ¡Mi ensueño! ¡Nos desposaremos ahora mismo! ¡Aquí!

Paseó la mirada por la comitiva nobiliaria apostada al borde del claro, que contemplaba la escena con un mutismo de pasmo e incredulidad, y reparó en el Sumo Sacerdote ataviado con su solemne manto ceremonial.

—¡Mira, allí aguarda un sacerdote; consagrará nuestra unión de inmediato! ¡Máxime cuando portas tu velo nupcial! ¡Todas las fórmulas están colmadas! —y Fantir, desentendiéndose del resto del orbe, tiró con júbilo de la mano de Nielia para conducirla ante el ara.

—¡Eh, aguardad! —reclamó Jonathan alzando la voz—. ¿Acaso significa que hemos superado la segunda encomienda?

Mas Fantir ni oía ni miraba: solo tenía ojos para su amada. Fue el tercer vishap quien tomó la palabra por él; la colosal masa de piedra había cobrado vida y contemplaba la estampa nupcial con marcado desagrado desde su imponente alzada.




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