La Prometida Gris

31. Nos casamos

31. Nos casamos

—Mirabela, ¿cómo se te ocurre decir semejante cosa? —le increpó la señora Termantia la Negra—. Si todavía no hay nada escrito. Puede que Su Alteza sea capaz de cumplir con todo lo prescrito.

No obstante, la voz de la mujer denotaba una profunda inseguridad; ni ella misma creía en sus propias palabras.

—Ay, perdón, Excelencia —balbuceó con temor Mirabela la Negra al percatarse de que se había ido de la lengua.

En fin, la muchacha tan solo había formulado en voz alta lo que el resto comentaba a mis espaldas.

—Espero que todo salga bien —declaré levantando el mentón con dignidad—. Aunque comprendo que cualquier cosa puede suceder. Con todo, haría bien, Mirabela la Negra, en medir sus palabras. No todo el mundo encaja las sentencias amargas con calma.

La sirvienta comenzó a deshacerse en disculpas nuevamente, mas no presté oídos; bien sabía que, dijera lo que dijese, nada cambiaría mi realidad: además de un casamiento impuesto, ante mí se abría un peligro de muerte.

Hizo su aparición el mayordomo klin Homer para pedirme la mano. Acercó un reluciente sello contra la palma, y este, tras hacerme cosquillas sobre la piel y titilar durante unos instantes con una aureola policromada, quedó grabado en la mano cual singular tatuaje.

—Este sello de autorización mantendrá su vigencia hasta el anochecer, hasta la caída del sol —explicó el mayordomo—. Dado que hoy acompañará a Su Majestad, él mismo la franqueará de regreso al palacio tras el ocaso en caso de que... —el hombre carraspeó— se demoren.

Asentí en silencio. A decir verdad, el rito junto a los vishaps debía concluir bien entrada la noche; además, debíamos desplazarnos a algún punto lejano para llevarlo a efecto.

Las exequias del rey se dilataron más de lo previsto. Aguardé sumida en el aburrimiento la llegada de Jonathan el Blanco. Y no emprendimos el camino hacia el oficio matrimonial a las tres en punto, sino ya bien entrada la tarde.

Ataviada con esmero y manteniendo una calma aparente pese a la procesión que llevaba por dentro, crucé el umbral del palacio real. Junto al acceso aguardaban alineados varios carruajes. Mas justo ante la escalinata deslumbraba una carroza solemne y fastuosa, cuyo techo coronaba un penacho frondoso, elaborado con plumas descomunales de una criatura alada para mí desconocida. Me quedé maravillada: ¡qué tamaño debía tener aquel ser para lucir plumas de casi dos metros de longitud! Desplegadas en un abanico multicolor, arropaban la carroza a modo de dosel, derramándose hasta la mitad de los paneles.

Junto a la portezuela esperaba Su Majestad el rey Jonathan el Blanco, enfundado en un traje inmaculado, tan deslumbrante que lastimaba la vista. Detrás del cortejo real permanecían de pie cerca de sus coches Jonathan el Negro, la reina madre, el mago real y otros tantos próceres. A los polícitas, a ambas Greta y a Janko ya los conocía; al resto, en cambio, los veía por vez primera.

A mi salida del alcázar, todos se inclinaron con reverencia; respondí al saludo de los cortesanos con una leve inclinación de cabeza. Jonathan el Blanco no disimuló su fascinación ante mis encantos: recorrió mi porte de arriba abajo, devorándome con ojos complacidos, y al tenerme a su lado me besó la mano sin privarse del halago:

—¡Edelina, luces un encanto deslumbrante! ¡No pareces de este mundo, sino un sueño!

Le dediqué una sonrisa complacida reconociendo la verdad, pues lucía arrebatadora con la saya nupcial nívea, el velo vaporoso, los escarpines exquisitos (el zapatero logró terminarlos a tiempo) y las deslumbrantes alhajas. ¡El espejo no engañaba!

Y así mismo me sentía: firme, rebosante de brío y decidida. Deseaba fervientemente que de una vez por todas consumáramos las nupcias para dar inicio a ese rito del que todos rehuían hablar. Nadie había tenido a bien explicarme con claridad en qué consistía. Hoy, por fin, llegaría la hora de la verdad y sabría a qué atenerme. Pues estaba resuelta a encarar cuanto viniera y luchar por mantenerme con vida.

Jonathan el Blanco me ofreció el brazo para acomodarme en el coche de la corona. Karena la Blanca y Karena la Negra también venían en la comitiva, pero se encaminaron a las berlinas de la servidumbre, apostadas a la zaga del séquito nupcial. El cochero arreó a los corceles, ataviados asimismo para la solemnidad, y el carruaje emprendió la marcha cruzando un puente anchuroso flanqueado por vergeles y parques estilizados. Con el avance de las ruedas, estos cedieron el sitio a casonas señoriales provistas de pequeños atrios: al fin y al cabo, el viaducto, por colosal que fuera, guardaba una anchura restringida.

A medida que avanzaba la comitiva, más almas asomaban por las calzadas. Se agrupaban o permanecían solitarios. Por pura lógica, cabía esperar que aclamaran las nupcias de su soberano; sin embargo, no acerté a descubrir ni pizca de regocijo en sus semblantes. Varios de ellos mostraban una hosquedad manifiesta.

Jonathan el Blanco advirtió de seguro mi desconcierto, pues con un amargo suspiro me aclaró:

—Los habitantes de la capital contemplan mis bodas no por vez primera. Las tres anteriores, muy en especial la primera de ellas, se festejaron entre júbilos y boatos. Mas luego, cuando las esperanzas populares cayeron en saco roto, perdieron toda fe en que los rituales llegaran a buen puerto. Muchos abandonaron la urbe. Especialmente quienes habitan sobre el tercer puente. Se halla en un estado deplorable. Ciertas balaustradas macizas se han desplomado, y uno de los pilares se agrietó y amenaza con venirse abajo en cualquier instante. Prácticamente nadie abriga esperanzas de que un nuevo enlace y el ceremonial mágico libren a la corte del influjo devastador de los espíritus vishápicos.




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