La Prometida Gris

51. La segunda prueba

51. La segunda prueba

—Vuestra Majestad, ¡¿qué le ocurre?! —me precipité hacia mi esposo y le así la mano. Delante de los vasallos siempre nos expresábamos con arreglo a la más estricta cortesía, de «usted»—. ¿Acaso vuestra maldición ha dado la cara? ¿Qué debemos hacer?

Reclamaron de urgencia al sanador. Mas antes de que este hiciera acto de presencia, el mago real, tras desplegar sus dotes sobre el cuerpo del soberano, sentenció con amargura:

—Vuestra Majestad, la trama de la maldición ancestral se ha ramificado por ambas piernas. Me temo que no os será posible dar un solo paso. Quizá los sanadores conciban algún remedio, pero es perentorio que acudáis de inmediato a las salas de curación. La invasión mágica de vuestro organismo se ha acelerado de manera alarmante. Juzgo indispensable dar con chamanes vetustos o con hechiceros versados en los entresijos de este sortilegio. Soy un mago de gran calibre, pero ante semejante urdimbre me declaro impotente.

Cuando el sanador llegó a la carrera, Jonathan el Blanco lo rechazó de un manotazo implacable. Ordenó sin vacilar:

—Buscad de inmediato a quienes puedan trasladarme. ¡Iré al encuentro de los vishaps de todos modos!

—¡No! —chillé descompuesta—. ¡No lo hagas, Jonathan! ¡Debes ponerte a salvo y cuidarte! ¿Y si los sanadores descubren un remedio? ¡Iré sola y lo afrontaré todo! ¡Soportaré lo que haga falta con tal de que tú estés a salvo! —olvidé de golpe la etiqueta regia y a los cortesanos congregados; solo existían ante mí los ojos de Jonathan el Blanco, anegados de sufrimiento y zozobra.

—¡No, partiré contigo! ¡Para despertar al segundo vishap se requiere la sangre de ambos! —rebatió él, forcejeando por ponerse en pie.

Las piernas no le respondían, pero porfiaba una y otra vez. Se aproximaron dos lacayos que, con presteza y vigor, lo tomaron por debajo de los brazos y casi lo llevaron en volandas hasta la carroza, acatando su mandato. Marché tras la comitiva con el alma en un hilo. ¡Qué desgracia tan atroz! ¡Había que buscar una salida a toda costa! ¡No consentiría que semejante calamidad me arrebatase al hombre de mi vida!

Y aunque yo misma me hallaba cercada por una encrucijada agónica y casi sin salida, el primer y único desvelo de mi pensamiento era mi amado Jonathan.

Acomodaron al monarca en el interior del carruaje y tomé asiento a su vera. Se impartió la orden de procurar unas andas para transportar al rey a través de la floresta hasta los vishaps. Mientras aguardábamos el cumplimiento de la orden, Jonathan recobró el resuello y su semblante se serenó.

—Hasta el último instante me negué a creer que perdería el uso de las piernas. Por alguna razón albergaba la vana ilusión de que la trama mágica detendría su avance. Ya ves cómo son las cosas. Mas no pienso dejarte sola, Edelina, a merced de los vishaps. Esta prueba no te pertenece únicamente a ti: ¡es de ambos! ¡La superaremos juntos!

—O no la superaremos —musité bajando la vista, conteniendo a duras penas el llanto.

Una oleada de infinita ternura y gratitud me anegó el pecho. Jonathan el Blanco, incluso en semejante quebranto, velaba por mí. Mas también la compasión me desbordaba, junto al anhelo desesperado de socorrerlo y ser su sostén.

—Edelina, estamos juntos, ¡y eso es lo que cuenta! ¡Te amo, flor mía! —Jonathan selló mis labios con un beso que me impulsó a estrecharme contra su pecho. Me rodeó con sus brazos, encendiendo en mi ser aquel fuego embriagador que siempre estallaba cuando sus manos rozaban mi piel. Fue un beso febril, impaciente, voraz. Como si en ese preciso segundo ambos hubiésemos asimilado que todo cuanto existe bajo el sol es mudable, frágil y efímero... Y por ello comenzamos a atesorar con más fervor cada instante compartido. Cuantos besos nos prodigáramos a partir de ese momento cobraban un valor incalculable, pues el porvenir se tornaba brumoso e indescifrable; mi amado y yo solo poseíamos el presente, lo que latía aquí y ahora. ¿Acaso habría un después para nosotros? Imposible saberlo.

El carruaje se puso en marcha; la servidumbre había dispuesto al fin las andas requeridas.

Apenas presté atención a la calzada por la que avanzábamos, incapaz de despegarme de Jonathan, así como él no se apartaba de mí. Con todo, reparé en que a ambos márgenes del Puente Cálido se agolpaba una multitud de lugareños que vitoreaban y proferían exclamaciones, procurando infundirnos aliento al monarca y a mí. La capital entera sabía que hoy se libraba la segunda fase del juicio. Y que, según se decía, habíamos superado la primera al amansar a la espantosa araña.

Nuestra «espantosa araña», a decir verdad, había crecido con creces a lo largo de aquellas jornadas: lucía un pelaje más denso y una coloración mucho más viva; las motas negras que moteaban su lomo al principio se habían difuminado por completo, dejando a Lupus teñido de un rojo encendido, ¡casi flamígero! Pese a todo, su miríada de pupilas blancuzcas continuaba pestañeando sobre su testa hirsuta, y los quelíceros se erizaban con un aspecto inquietante capaz de helar la sangre...

¡Capaz de asustar, claro está, a quien no conociera a nuestro insólito animal! Resultaba ser una criatura sumamente noble, lista, afable y... canora. De cuando en cuando desgranaba unos gorjeos y melodías tan primorosos que dejaban estupefacto a cualquiera. En la corte comenzaban a acostumbrarse a su presencia; ciertas damas de honor incluso se aventuraban a acariciarle el abdomen velludo, gracia que él agradecía dedicándoles sus cantos...




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