La Prometida Gris

68. La nueva fuente

68. La nueva fuente

Jonathan y yo nos cruzamos una mirada. Él asintió, corroborando mis sospechas: en verdad se trataba de la prometida del vishap Fantir. Nos sonreía la ventura al haber dado con su rastro a tiempo; por consiguiente, mañana debía resolverse favorablemente la segunda encomienda de los colosos pétreos. Con todo, ¿cómo demonios trasladaríamos a aquella desposada hasta la capital? Arrastrar por tierra una efigie descomunal, de casi cinco varas de alzada, a semejante distancia y con el tiempo en los talones, se antojaba una empresa irrealizable. Precisaríamos alquilar un sinfín de carretas, cuadrillas de peones y hechiceros, amén de recuas de caballos o bueyes capaces de remolcar semejante mole.

—Estimado señor Marseol el Blanco, comparecemos impulsados por un asunto trascendental para la corona y, muy en particular, para mi persona como soberano. Acaso se le antojen insólitas, desmesuradas e incluso ingratas mis palabras venideras —las cuales distan de ser un ruego para trocarse en mandato regio—, ¡pero nos vemos en la necesidad ineludible de trasladar esta fuente a la capital! —Jonathan se mostró tan cortés como inflexible.

El burgomaestre y su hermano nos clavaron los ojos, primero traspasados de asombro y luego teñidos de vivo disgusto.

—Vuestra Majestad, ¿acaso os place bromear? —inquirió el corregidor, extrayendo con pulso trémulo un pañuelo de la faltriquera para enjugarse el sudor del rostro—. ¿Cómo que trasladarla? ¡Pero si es nuestro manantial más vetusto, el más insigne, el emblema de nuestra urbe! ¡Privada de semejante joya, Fontanna perderá su encanto y su gracia ante los viajeros! ¡Rey mío —el hombre estuvo al borde de romper en llanto—, tened piedad! ¡Pretendéis arrancarnos la perla más preciada de Fontanna!

Me apiadé del burgomaestre, pues no le faltaba razón: la ciudad se hallaba habituada a aquel soberbio y monumental surtidor, en torno al cual florecían supersticiones y leyendas, y donde los vecinos reposaban solazándose con el espectáculo de sus aguas...

—Mmm. Nos resulta imposible prescindir de estas efigies —sentenció el monarca—; de ello pende la suerte de nuestro reino entero. Mas... debo meditar la manera de ejecutarlo con el menor quebranto posible... Por lo pronto, disponga que los polícitas acordonen la plaza para impedir el paso a los curiosos. Y retírense todos a prudente distancia; Su Majestad y yo intentaremos despertar a las durmientes de piedra. ¡Acaso despunte una solución favorable a vuestros intereses, señor Marseol el Blanco!

Así pues, se abrió un breve compás de espera en nuestra empresa. Jonathan ordenó a la comitiva despejar los aledaños y quedamos a solas frente al monumento.

—¿Y qué tramas ahora? —inquirí al dueño de mi corazón.

—Probaremos a despertar a las doncellas vishap vertiendo sangre real, tal como hicimos en la capital con los colosos de piedra —me confió el rey—. ¿Estás dispuesta?

Al asentir con la cabeza, trazó sendos cortes en las palmas de nuestras manos; entrelazamos los dedos y dejamos caer unas gotas escarlatas en el agua cristalina. El fluido se dispersó en ondas rojizas hasta lamer los pies pétreos de Nielia. Conteniendo el aliento, clavamos la vista en las figuras de cantería.

En un principio nada se inmutó: el agua continuaba resbalando por la melena de Rivanna y los ojos de Niela seguían destilando su llanto perenne.

¡Mas al latido siguiente se desencadenó el cataclismo! ¡El caudal estalló hacia el firmamento en una tromba ensordecedora que salpicó en todas direcciones! Una mole de agua gélida nos empapó a Jonathan y a mí de pies a cabeza, mientras una ola formidable nos proyectaba por los aires, lejos de la taza donde comenzaba a bullir una liza desenfrenada entre las dos colosales mujeres. Salí despedida cual astilla en el vendaval; por fortuna, mi esposo reaccionó con envidiable celeridad y desplegó sus dones en el acto: caímos juntos sobre un mullido almohadón mágico que nos libró de rodar por el lodo empapado. Jonathan se puso en pie de un salto, me tendió la mano y me estrechó contra su pecho, al tiempo que secaba nuestras ropas con un calor sutil.

—¡Por Santa Justina! —musité sobrecogida—. ¡Si continúan forcejeando!

En efecto: las hembras vishap chapoteaban en el amplio pilón, disputándose con ferocidad la saya nupcial —que resultó ser de un encendido escarlata— cual si fuera una maroma de combate. El agua espumeaba furiosa bajo sus plantas. Se diría que cuando los dioses las castigaron transmutándolas en vishaps petrificadas, ni siquiera alcanzaron a comprender su destino; y al recobrar el aliento en este instante, ignoraban aún su flamante condición.

Por añadidura, las rivales de roca comenzaron a vociferar; o mejor dicho, ¡a desgañitarse a grito pelado!

—¡Jamás te saldrás con la tuya, ramera! ¡Fantir me ama a mí, por muy mentecato que sea! —bramaba Niela.

—¡Suéltalo ya! ¡A mí también me juró amor en su día! Y sospecho que aún me añora, solo que no se ha percatado porque tú, zorra desvergonzada, ¡le sorbiste el seso con tus dengues!

Tiraban con violencia salvaje del paño bermejo, levantando verdaderas cortinas de espuma, pues el torrente que antes acariciaba sus cuerpos se precipitaba ahora al fondo de la pila, agitado por las zancadas de las dos gigantas.

De pronto Jonathan chasqueó los dedos y el velo se rasgó de cuajo en dos mitades, quebrado por la magia regia. Al ceder de golpe la tensión del trofeo, las dos vishaps perdieron el equilibrio y cayeron cuan largas eran dentro de la alberca, levantando una marea de salpicaduras que las empapó por entero. Cada cual quedó aferrada a un jirón de lo que antaño fue un único atuendo ceremonial.




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