La Prometida Gris

64. Las órdenes del rey

64. Las órdenes del rey

Observé atónita cómo Jonathan el Negro se desplomaba con lentitud, primero de rodillas y luego de bruces, a los pies del legítimo rey de Mixteia. Retrocedí un par de pasos, sin saber cómo reaccionar ante aquel nuevo ser que se erguía frente a mí.

Un torbellino blanco, tejido de sutiles telarañas, envolvía a modo de largo manto regio al hombre más hermoso y majestuoso de este mundo.

Había cambiado. En apariencia conservaba la misma anatomía exenta de tacha alguna, salvo que sus hombros cobraban mayor amplitud y las facciones de su rostro se habían afilado, tornándose más enérgicas y viriles. Sus ojos castaños se habían transmutado en un crisol de tonos cenizos, añiles y celestes. Según hacia dónde y hacia quién dirigiera la vista, las pupilas mudaban de color: ora recordaban a una nube de tormenta, ora se clavaban en el fondo del alma con el fulgor diáfano del firmamento. Una larga melena blanca le caía a la espalda en espesa cascada, de un matiz idéntico al de mis propios cabellos encantados.

Se palpaba físicamente que ya no pertenecía a la raza de los simples mortales. Poseía una presencia perfecta, una omnipotencia divina, un poderío mágico desbordante que se traslucía en cada uno de sus gestos y palabras.

Con todo, era mi añorado Jonathan el Blanco, mi amado esposo, a quien me colmaba de tanta dicha contemplar que no pude reprimir un sollozo de puro júbilo, anegada por una marea arrolladora que sacudió todo mi ser.

Atravesado por la aguda hoja, Jonathan el Negro yacía a los pies de ambos; y si acaso brotó sangre de su herida mortal sobre el entarimado, resultó invisible: bermejo sobre bermejo... qué providencial.

En el instante mismo en que la deidad hizo su aparición, la muchedumbre prorrumpió en un único alarido: mezcla de deslumbramiento, alivio y sobrecogimiento. Nadie alcanzaba a vislumbrar qué depararía la conducta del soberano renacido, manifestado de forma tan intempestiva y presto a ajusticiar a su propio hermano sin miramientos.

Jonathan el Blanco ni siquiera se dignó a bajar la mirada hacia el falso rey derrocado; avanzó hacia mí, me escrutó los ojos y susurró:

—Edelina, mi dariyam, mi esposa...

De pronto hincó una rodilla ante mi persona y, con la frente inclinada, proclamó con voz potente, audible para toda la multitud que contenía el aliento a nuestro alrededor:

—¿Habrás de concederme tu perdón, esposa mía, por no haber permanecido a tu vera en la hora más aciaga? ¿Por haberte dejado expuesta a padecer tantas desdichas y sobrellevar tantas pruebas sin mi brazo para sostenerte y ampararte? Ahora que he renacido, conozco al detalle cuanto padeciste antes de mi regreso... ¿Me perdonarás? Apenas hace un instante culminé mi transformación y recobré la memoria de cuanto colma mi esencia mortal. ¡Y no la colma más que el amor que te profeso, reina mía! ¿Acaso alienta todavía en tu pecho una brizna de amor hacia mí, Edelina la Gris? ¡Pues descubro turbación y lágrimas en el fondo de tu alma!

Sus pupilas parecían leer directamente en mis entrañas.

—En efecto, Jonathan, media turbación en mí, pues contemplo a un dios y no al varón que amo —le respondí al rey—. Y estas lágrimas... brotan del gozo inmenso de saberte vivo, de comprobar que no padecí en vano... ¿Que si he de perdonarte? ¿Acaso se le exige perdón al viento por desgajar las ramas? ¿O al agua por horadar la roca? Tú tampoco precisas disculpas: estaba en tu naturaleza mudar de ser y renacer; no te cupo culpa alguna en que la metamorfosis sobreviniera justo cuando más te necesitaba... ¡Mas me libraste de la muerte, acudiste a tiempo, estás aquí! Y si en verdad te has erigido en deidad, ¡distinguirás no solo lo que acabas de mentar, sino también la inmensidad de mi amor! ¡Jonathan, te amo con toda mi alma!

Incapaz de contenerme, me arrojé a los brazos de mi esposo, ansiando que me estrechara, que me pegara a su pecho, necesitada del calor de sus palmas y de la ternura de sus labios.

Jonathan se puso en pie de un salto y me envolvió con vehemencia en su regazo; dio con mi boca y comenzó a besarme con voraz anhelo, derramando en aquel roce apasionado todo el fervor de su corazón...

¡Cuánto tiempo hacía que mis labios no paladeaban los codiciados besos de mi amado, cuánto tiempo sin sentirme resguardada y en calma al abrigo de su abrazo!

—¡¿Acaso es este un rey?! —resonó de pronto un chillido—. En nada se asemeja a Su Majestad Jonathan el Blanco. ¡Ese hombre pereció! Y aun de seguir con vida, una vez transfigurado, ¡ha perpetrado el asesinato de su hermano carnal! ¡Es un homicida! ¡Y ella no es más que otra criminal! ¡Procede castigar a ambos con el cadalso!

Era Greta la Blanca, quien, tras sacudirse al fin la estupefacción, comenzó a vociferar acusaciones contra Jonathan el Blanco.

El soberano me soltó con suavidad y dio un paso al frente, plantándose ante la muchedumbre muda y deslumbrada por su porte majestuoso y su carisma sobrenatural, para sentenciar con voz de trueno:

—Yo, el rey Jonathan el Blanco, conforme a las antiguas tradiciones, he renacido como Ansi, el dios araña que siempre desciende sobre Mixteia en tiempos de hondas convulsiones y mudanzas. ¡Todos vosotros habéis escuchado dicha leyenda!

La multitud prorrumpió en cuchicheos y asentimientos, corroborando las palabras del monarca. Él, entretanto, prosiguió:




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