La Prometida Gris

50. Y de nuevo hacia los vishaps

50. Y de nuevo hacia los vishaps

Desperté por la mañana entre los brazos de mi amado. ¡Qué dicha tan inmensa contemplar los ojos radiantes de quien se había convertido en el ser más entrañable, más cercano y más valioso de todo el universo! Jonathan comenzó a cubrirme de besos en cuanto despegué los párpados. Volvió a susurrarme promesas de amor que me hacían estremecer el corazón de gozo, anhelando detener aquel instante y transformarlo en eternidad. Y aunque los besos que nos habíamos regalado esta noche habrían bastado para alfombrar un campo entero de flores, empezamos otra vez de cero. Y una vez más, deslumbrantes parterres imaginarios colmaron mi ensueño.

Con todo, era menester levantarse; los quehaceres no daban tregua. Por añadidura, para el día de mañana estaba programado el baile benéfico, y me disponía a reunirme con las damas de honor para ultimar el programa de su desarrollo; el monarca, sin duda, también tenía apremiantes asuntos de Estado que atender.

Jonathan, tras sellar mis labios una vez más, me prometió mandar a las doncellas para que me asistieran con el atuendo y partió. Yo me demoré un rato más entre las sábanas, rememorando nuestros ardientes abrazos y caricias, y otras tantas delicias que me encendían las mejillas en un rubor encarnado y me hacían soñar con la noche venidera.

Luego hicieron su entrada las hermanas Karena, sonriendo con picardía y paseando miradas inquisitivas por la alcoba del rey; me ayudaron a enfundarme el vestido que traían consigo. Regresé a mis estancias llevando conmigo la cesta donde descansaba Lupus, en la cual había dormido a pierna suelta toda la velada.

El desayuno, la audiencia con las damas de honor, el almuerzo, la multitud de asuntos por dirimir a lo largo del día... apenas me quedaba respiro para pensar en los negros nubarrones que pendían como una espada sobre mi cabeza. Las pruebas de los vishaps comenzaban a antojárseme menos temibles. Si había sido capaz de domesticar a aquella abominable araña, cumpliría las demás encomiendas con meticulosa devoción. Pues comprendí que no deseaba morir. Antes tampoco lo deseaba, huelga decirlo. Pero ahora poseía un motivo sagrado por el cual conservar el aliento a toda costa: mi amor, mi Jonathan, a quien amaba con tal frenesí que el mero recuerdo de su semblante me desataba un temblor estremecedor por todo el cuerpo.

Las cenas rituales y, tras ellas, noches enteras de pasión arrebatada: esos eran los anclajes invisibles de mis jornadas, los instantes que más atesoraba. Cada noche mi soberano me colmaba de flores, y yo le correspondía con un torrente de besos.

¡El baile benéfico resultó un triunfo absoluto! Bailé hasta el cansancio con mi amado, me deleité con las melodías y la función teatral de los infantes y, lo más trascendental, recaudamos una suma considerable para los orfanatos de los bajopuentes. Aquel caudal bastaría para apuntalar y consolidar las plataformas donde se alzaban sus edificios.

Asimismo, Jonathan y yo tuvimos una conversación en torno al regicidio. El mensajero despachado a la taberna de la frontera regresó con las manos vacías. Nadie recordaba a un varón calzado con borceguíes de hebillas plateadas. Como si a todos les hubieran nublado la vista con algún encantamiento. O tal vez así fuera en verdad. No obstante, asomó un hilo del que tirar. En una villa colindante con la frontera se había esfumado un reputado alquimista de nombre Saman. El pesquisidor real lo descubrió gracias a un bando fijado en el poste de avisos limítrofe entre ambos reinos. Sus deudos lo buscaban con desesperación. Jonathan me enseñó el retrato y reconocí de inmediato a la víctima del ignoto criminal que había perecido ante mis propios ojos. Mas la identidad de aquel asesino continuaba envuelta en las sombras.

El soberano ordenó además a los criados reunir todos los guantes de su guardarropa. ¡Y todos, sin excepción, tenían su pareja correspondiente! Vale decir, ¿aquel guante que el alquimista recibió para destilar su veneno no pertenecía en verdad al príncipe? ¿Fue por tal motivo que el rey sucumbió? Por desgracia, examinar las pertenencias del difunto monarca —en particular sus guantes— resultaba ya una quimera, pues tras su deceso todas sus prendas fueron repartidas entre los menesterosos de los hospicios, según mandaba la usanza.

Se sucedieron los días. Y todo parecía discurrir a pedir de boca: las damas de honor se tornaron entrañables compañeras, las sirvientas se desvivían con reverente premura por adelantarse a cada uno de mis antojos y mandatos, los cortesanos me prodigaban genuflexiones y sonrisas complacientes a cada paso... Daba la impresión de que todos en palacio me habían acogido como su soberana; y quien albergaba reparos, guardaba prudente silencio sin evidenciar disgusto alguno. Las duquesas Greta habían abandonado el palacio real aquella misma noche memorable y, según confiaba, también los Puentes Heroicos.

Jonathan el Negro, entretanto, se eclipsó de las galerías y estancias del alcázar. A decir verdad, apenas se dejaba ver en público, acaso por el hematoma que le cruzaba la faz tras el golpe del rey. Aunque, bien mirado, semejante contratiempo no justificaba su retiro, pues hoy día los cardenales se disipan en minutos mediante las artes de la sanación. Abrigaba la sospecha de que se mantenía agazapado a la espera. ¿A la espera de qué? De que el tiempo apagara los ecos del altercado frente a mis aposentos (¡un suceso que tuvo a las malas lenguas de palacio entretenidas durante jornadas enteras!) y pudiera retomar su vida mundana, reanudando sus intrigas y fechorías. Por descontado, Jonathan el Negro aguardaba asimismo el desenlace del juicio de los vishaps, cuando yo sucumbiera o saliera triunfante. Confiaba en que aquel canalla hubiera asimilado que jamás sería suya, resignándose y cejando en sus viles ardides para agraviar a su hermano. Mas yo no bajaba la guardia. Llevaba conmigo a todas partes a mi arácnido salvador.




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